Por Víctor Grimaldi
Mi abuelo no
era hombre de discursos largos. No citaba libros ni necesitaba levantar la voz.
Le bastaba una frase corta, lanzada con aparente descuido, como quien deja caer una moneda sobre la mesa para que suene y todos entiendan que el asunto está cerrado.
Una de esas
frases —quizás la más contundente— era: “Ese toto ya no es suyo”.
La decía sin
rabia, sin burla y sin morbo.
La decía como
quien enciende una luz en un cuarto oscuro para evitar que alguien se golpee
contra la pared.
Era un
consejo, no una sentencia. Un aviso temprano para ahorrarle al otro la
humillación tardía.
En el Caribe,
donde el lenguaje es exuberante y la metáfora camina descalza, esa frase no
necesitaba traducción.
Todos sabían
de qué hablaba, pero también sabían que no hablaba solo de cuerpos.
Hablaba de
algo más profundo: del momento exacto en que uno deja de tener derecho sobre lo
que insiste en creer que todavía le pertenece.
Mi abuelo
había vivido lo suficiente para entender que la mayor parte de los conflictos
humanos no nacen de la ambición, ni siquiera del odio, sino de la incapacidad
de aceptar la pérdida.
La gente no se
equivoca cuando desea; se equivoca cuando se aferra. Se equivoca cuando no
entiende que hay un instante preciso —silencioso, casi invisible— en el que
algo deja de ser suyo, aunque el corazón se niegue a firmar el acta de entrega.
Por eso esa
frase funcionaba como un bisturí. Cortaba de raíz la ilusión peligrosa de que
el pasado puede reclamarse con derechos de propiedad.
Servía para el
amor que se fue, para el negocio que ya cambió de manos, para el poder que
alguien cree conservar después de haberlo perdido, para la autoridad que sigue
hablándole al mundo como si nadie hubiera notado que ya no manda.
He visto
hombres arruinarse por no escuchar ese consejo. No porque fueran pobres, sino
porque se comportaron como ricos de un capital que ya no existía.
He visto
políticos dar órdenes que nadie obedecía, exjefes exigir respeto que ya no
inspiraban, amantes tardíos reclamar fidelidades que el tiempo había disuelto.
Todos
compartían el mismo error: confundir el recuerdo con la posesión.
Mi abuelo, que
nunca estudió psicología ni filosofía, entendía algo que muchos intelectuales
descubren tarde: el respeto por los límites no es una renuncia, es una forma de
dignidad.
Saber cuándo
retirarse es una inteligencia silenciosa. No insistir donde ya no se es
bienvenido es una elegancia moral.
En su frase
había, además, una ética completa. No se trataba de cinismo ni de resignación.
Era una invitación a aceptar la realidad sin autoengaños.
A no mendigar
lo que ya no se ofrece. A no reclamar lo que ya fue entregado a otro destino. A
no vivir de títulos vencidos ni de nostalgias con pretensión jurídica.
Con los años
entendí que esa frase también tenía una dimensión política. Los pueblos, como
las personas, sufren cuando no aceptan que ciertas etapas se cerraron.
Las naciones
que no entienden cuándo un poder terminó, cuándo una hegemonía se agotó o
cuándo una fórmula dejó de funcionar, suelen pagar ese error con crisis
prolongadas.
El pasado mal
digerido se convierte en una enfermedad crónica.
Mi abuelo no
hablaba de geopolítica, pero la intuía. Sabía que el orden —en la casa, en el
barrio, en el país— depende de reconocer a tiempo quién manda, quién decide y
quién ya no.
El caos
comienza cuando alguien insiste en ocupar un lugar que ya no le corresponde. Y,
sin embargo, la frase no tenía crueldad. No se decía para humillar, sino para
salvar. Era una advertencia a tiempo. Un gesto de compasión disfrazado de
picardía.
Porque en el
Caribe, como en las novelas de García Márquez, la sabiduría suele venir
envuelta en risa, en doble sentido, en palabras que parecen ligeras, pero
cargan siglos de experiencia.
Hoy, cuando
veo el mundo lleno de disputas inútiles, de egos que no aceptan su ocaso, de
amores convertidos en pleitos y de poderes que no saben retirarse, recuerdo a
mi abuelo con una mezcla de ternura y asombro.
Él entendió,
antes que muchos, que la paz comienza cuando uno reconoce que ya no es dueño de
todo lo que amó.
“Ese toto ya
no es suyo” no era vulgaridad: era realismo. No era burla: era pedagogía. No
era resignación: era sabiduría práctica.
Y como todos
los buenos consejos, no evitaba el dolor, pero evitaba algo peor: el ridículo
de pelear por lo que ya no nos pertenece.
Fuente:
Acento.
No hay comentarios:
Publicar un comentario