Por Manuel Antonio Vega
Lo que sucedió
fue un "Secuestro de la Fé"
La madrugada
del 17 de julio de 1971 no fue una mañana cualquiera en la Villa de Salvaleón de Higüey.
Cuentan que la mañana de aquel día, el aire, usualmente cargado de incienso y promesas, se tornó denso, irrespirable.
La noticia
corrió como un escalofrío por la espina dorsal de la isla: el cuadro de la
Virgen de la Altagracia había desaparecido.
Tras la alerta
del hurto,
Higüey
despertó bajo un estado de sitio no declarado.
La Basílica,
ese coloso de concreto inaugurado apenas meses antes, lucía un vacío aterrador
en su nicho central.
En las calles,
la parálisis era total; el comercio cerró sus puertas y los rostros de los
feligreses, bañados en lágrimas, se congregaban en las plazas.
Mientras
tanto, la maquinaria del orden de Joaquín Balaguer se puso en marcha con una
eficiencia quirúrgica.
Los "calieses" (espías) registraban
los campos, la policía controlaba cada salida del pueblo y en el Aeropuerto Las
Américas, hasta el último equipaje era desvalijado buscando la imagen
milenaria, aquel lienzo con marco de oro y esmeraldas que databa de los albores
de la colonia.
Entre la
Sacristía y el Cuartel, el caso tomó tintes oscuros rápidamente.
En un giro que
olía a persecución política, la policía arrestó inicialmente al ex cura Zenón
Castillo.
Se le acusaba
de vínculos con el general Elías Wessin y Wessin, quien semanas atrás había
fallado en un intento de golpe de Estado.
El robo de la
"Chiquita de Higüey" parecía ser la cortina de humo perfecta para
silenciar los ruidos de sables que aún resonaban en los cuarteles.
Finalmente, la
versión oficial señaló a los "verdaderos" culpables: Enrique Antonio
Paulino Cueto (Henry), un comerciante oriundo de Hato Mayor, radicado en La
Romana, señalado como el cerebro, y Juan Bautista Silverio, el ejecutor material.
Según el
informe policial, lo hicieron por una suma irrisoria: cinco mil pesos.
Paulino Cueto,
además, fue tildado de "protestante" que no creía en milagros, un
detalle que en la sociedad católica de 1971 funcionó como gasolina para el odio
público.
El
"Milagro" de Balaguer
El cuadro
apareció, según la policía, enterrado en un patio de La Romana.
La ceremonia
de devolución fue un despliegue de poder, pues allí estaba el doctor Joaquín
Balaguer, el "astuto zorro", rodeado de la alta jerarquía
eclesiástica y militar.
En un gesto
que mezclaba la devoción con la ambición más pura, el presidente pasó sus manos
sobre el lienzo recuperado y, en voz alta, le pidió a la Virgen "una
prórroga de diez años más" de gobierno.
Monseñor
Beras, en un arranque de gratitud oficialista, calificó la aparición como
"un milagro de la Virgen y del Gobierno".
Un Final con
Interrogantes
El desenlace
de esta crónica parece sacado de una novela de suspenso político, pues Paulino
Cueto, el supuesto ladrón de la virgen,
escapó de un hospital en 1972, dónde fue llevado enfermo.
Tras ser
recapturado, apareció ahorcado en su celda con una camiseta. Ademas tenía un
pañuelo y una media dentro de la boca para "no hacer ruido", una
versión oficial que la prensa independiente recibió con absoluto escepticismo.
"El
informe al Vaticano dejaba traslucir la creencia de que el robo obedeció a
intereses políticos para desviar la atención del complot de Wessin y perjudicar
a Monseñor Pepén por su defensa a los campesinos".
El periodista, Juan Bolívar Díaz (1972),
consideró que lo del robo fue una estrategia del gobierno para desviar la
atención con el intento golpista de Eliasy Wessin Wessin contra Balguer.
Hoy, el cuadro
descansa en su altar, pero la historia de su desaparición queda como un
testimonio de una época donde la fe de un pueblo fue utilizada como pieza de
ajedrez.
Entre el
incienso de la Basílica y el salitre de La Romana, la verdad del robo de 1971
sigue siendo un secreto que solo la mirada serena de la Virgen parece
custodiar.

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