El día que un hatomayorense se robó la imagen de la Virgen de la Basílica en Higüey

miércoles, 21 de enero de 2026

Publicado por prensalibrenagua.blogspot.com


Por Manuel Antonio Vega

Lo que sucedió fue un "Secuestro de la Fé"

La madrugada del 17 de julio de 1971 no fue una mañana cualquiera en la Villa de  Salvaleón de Higüey.

Cuentan que la mañana de aquel día, el aire, usualmente cargado de incienso y promesas, se tornó denso, irrespirable.

La noticia corrió como un escalofrío por la espina dorsal de la isla: el cuadro de la Virgen de la Altagracia había desaparecido.

Tras la alerta del hurto,

Higüey despertó bajo un estado de sitio no declarado.

La Basílica, ese coloso de concreto inaugurado apenas meses antes, lucía un vacío aterrador en su nicho central.

En las calles, la parálisis era total; el comercio cerró sus puertas y los rostros de los feligreses, bañados en lágrimas, se congregaban en las plazas.

Mientras tanto, la maquinaria del orden de Joaquín Balaguer se puso en marcha con una eficiencia quirúrgica.

 Los "calieses" (espías) registraban los campos, la policía controlaba cada salida del pueblo y en el Aeropuerto Las Américas, hasta el último equipaje era desvalijado buscando la imagen milenaria, aquel lienzo con marco de oro y esmeraldas que databa de los albores de la colonia.

Entre la Sacristía y el Cuartel, el caso tomó tintes oscuros rápidamente.

En un giro que olía a persecución política, la policía arrestó inicialmente al ex cura Zenón Castillo.

Se le acusaba de vínculos con el general Elías Wessin y Wessin, quien semanas atrás había fallado en un intento de golpe de Estado.

El robo de la "Chiquita de Higüey" parecía ser la cortina de humo perfecta para silenciar los ruidos de sables que aún resonaban en los cuarteles.

Finalmente, la versión oficial señaló a los "verdaderos" culpables: Enrique Antonio Paulino Cueto (Henry), un comerciante oriundo de Hato Mayor, radicado en La Romana, señalado como el cerebro, y Juan Bautista Silverio, el  ejecutor material.

Según el informe policial, lo hicieron por una suma irrisoria: cinco mil pesos.

Paulino Cueto, además, fue tildado de "protestante" que no creía en milagros, un detalle que en la sociedad católica de 1971 funcionó como gasolina para el odio público.

El "Milagro" de Balaguer

El cuadro apareció, según la policía, enterrado en un patio de La Romana.

La ceremonia de devolución fue un despliegue de poder, pues allí estaba el doctor Joaquín Balaguer, el "astuto zorro", rodeado de la alta jerarquía eclesiástica y militar.

En un gesto que mezclaba la devoción con la ambición más pura, el presidente pasó sus manos sobre el lienzo recuperado y, en voz alta, le pidió a la Virgen "una prórroga de diez años más" de gobierno.

Monseñor Beras, en un arranque de gratitud oficialista, calificó la aparición como "un milagro de la Virgen y del Gobierno".

Un Final con Interrogantes

El desenlace de esta crónica parece sacado de una novela de suspenso político, pues Paulino Cueto, el supuesto  ladrón de la virgen, escapó de un hospital en 1972, dónde fue llevado enfermo.

Tras ser recapturado, apareció ahorcado en su celda con una camiseta. Ademas tenía un pañuelo y una media dentro de la boca para "no hacer ruido", una versión oficial que la prensa independiente recibió con absoluto escepticismo.

"El informe al Vaticano dejaba traslucir la creencia de que el robo obedeció a intereses políticos para desviar la atención del complot de Wessin y perjudicar a Monseñor Pepén por su defensa a los campesinos".

 El periodista, Juan Bolívar Díaz (1972), consideró que lo del robo fue una estrategia del gobierno para desviar la atención con el intento golpista de Eliasy Wessin Wessin contra Balguer.

Hoy, el cuadro descansa en su altar, pero la historia de su desaparición queda como un testimonio de una época donde la fe de un pueblo fue utilizada como pieza de ajedrez.

Entre el incienso de la Basílica y el salitre de La Romana, la verdad del robo de 1971 sigue siendo un secreto que solo la mirada serena de la Virgen parece custodiar.


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