M E M
O R I A S
Fue el
30 Julio 2013 que el autor hizo este escrito lo envía a nuestra redacción para
su publicación.
Corrían
los años de mi niñez, y en Las Gordas de Nagua, el lugar donde nací, cada día
traía su propia aventura, y el día menos pensado había un corre corre con
alguien.
En
aquellos días, mi primo Hermano Daniel, el hijo de mi tía Emma, buscaba
prestado un rifle de pescar de madera, hecho a mano por Ramón Jutina; quien
también le prestaba una careta de buceo negra de vidrio redondo con mucho
aumento; para ir a pescar a un rio que le dicen el arroyito, esto es en el
Drago; Era más el paseo que otra cosa, porque no recuerdo haber pescado nada.
Avanzábamos
gozosos por el camino, contemplando el panorama que nos brindaba el paisaje,
mientras en mi mente, se formaban heroicos, los personajes que Daniel admiraba
y de los cuales él iba narrando historias hasta que llegábamos al rio.
Hablaba
mucho de Juan La Ñola, el hijo de Sitico Peña, como uno de los grandes
nadadores, cazadores y pescadores de la época; en mi opinión, si en ese tiempo,
en Las Gordas había alguna persona meritoria al título de Tarzán, para mí ese era
Juan La Ñola. Daniel contaba de las habilidades que Juan tenía para pescar
anguillas grandes cuando el rio Boba estaba turbio, y de las batallas que tenía
para agarrarlas con las manos cuando las sacaba a tierra. Yo, por mi parte;
recuerdo que Juan era un amante de la caza y la pesca; le vi un día cualquiera
en el caserío, que iba urgente para el hospital de Nagua para retirarse un
anzuelo, porque se inventó una vara de pescar, y en su afán de probarla en el
charco más cercano, el anzuelo lo pescó a el mismo por una canilla; Y así
también Daniel hablaba de Héctor Mosquea y de Juanes Mosquea; pero creo que al
que Daniel más admiraba de todos, era a Juanes. Por los canastos que hizo en el
rio y por los grandes peces que pescaba,
según Daniel, con una figa al estilo indio.
Y
así íbamos por el camino. Daniel; dejando reflejar en su rostro la esperanza
que tenía de atrapar algún pez; mientras yo, en mi mente, recorría como
películas las historias que Daniel me había recién contado, preocupado en
cierto modo, de que a Daniel no le saliera una de las anguillas grandes de las
que había hablado, y que enfurecida le hiciera salir corriendo del rio.
Al
llegar al arroyito, Mi primo tomaba siempre la delantera, caminando rio arriba,
buscando como experto el lugar ideal para zambullirse, y cuando veía un pequeño
charco, se llenaba los pulmones de aire y buscaba por largo rato debajo de las
balsas y palos. Yo, estando arriba en lo seco, daba por cierto, que algún pez
grande iba a traer enganchado en la barrilla del rifle, pero el siempre subía a
la superficie desesperado en busca de aire, porque Daniel esperaba hasta el
último momento debajo del agua, me parece que Daniel no quería subir vacío; Y
esto hacia una y otra vez, moviéndonos de un lugar a otro, hasta que la hora
nos convencía de regresar a casa.
En
uno de esos viajes, pasamos por un lugar que me gustaría volver a visitar;
había un patio enorme que la naturaleza misma se encargó de decorar: Lo que
puedo recordar aunque yo tenía como 10 años de edad, es que los Mangos ya
comenzaban a madurarse y la hora rondaba cerca del mediodía; había sombras en
todo el lugar porque habían muchos árboles altos, y una brisa fresca que fluía
envidiablemente, y que tenía como el poder de convencer a todo el que pasaba, a
echarse una siesta; habían muchas matas altas de mangos y otros árboles que no
recuerdo y en un lado del patio había un montón de matas de bambú, que parecían
estar en la competencia de cual tocaría primero el cielo.
Algunas
de las personas que vi al pasar, parecían estar en el reposo de la comida,
sentados en sillas de guano, reclinados bajo los árboles, tan cómodos, como si
no le importase que en otros lugares se acabase el mundo; algunos niños,
alertados por la insistencia de un pero que ladraba, nos miraban como extraños,
agarrados de un lado de la puerta de la casa; las gallinas, gallos y pollitos
se paseaban como si fueran los dueños del patio; mientras que unos caballos
descansaban amarrados bajo la sombra de un árbol, esperando la hora, para
llevar los hombres de nuevo a los conucos.
Era
un camino el que atravesaba aquel hermoso lugar, solo un camino.
Por
Ángel Ventura
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