EN NAGUA: CENTRO DENTAL DR. RENE RAPOZO CABRERA

Un lugar inolvidable

miércoles, 15 de junio de 2016

Publicado por prensalibrenagua.blogspot.com
M   E   M   O   R   I   A   S
Fue el 30 Julio 2013 que el autor hizo este escrito lo envía a nuestra redacción para su publicación.
Corrían los años de mi niñez, y en Las Gordas de Nagua, el lugar donde nací, cada día traía su propia aventura, y el día menos pensado había un corre corre con alguien.
En aquellos días, mi primo Hermano Daniel, el hijo de mi tía Emma, buscaba prestado un rifle de pescar de madera, hecho a mano por Ramón Jutina; quien también le prestaba una careta de buceo negra de vidrio redondo con mucho aumento; para ir a pescar a un rio que le dicen el arroyito, esto es en el Drago; Era más el paseo que otra cosa, porque no recuerdo haber pescado nada.
Avanzábamos gozosos por el camino, contemplando el panorama que nos brindaba el paisaje, mientras en mi mente, se formaban heroicos, los personajes que Daniel admiraba y de los cuales él iba narrando historias hasta que llegábamos al rio.
Hablaba mucho de Juan La Ñola, el hijo de Sitico Peña, como uno de los grandes nadadores, cazadores y pescadores de la época; en mi opinión, si en ese tiempo, en Las Gordas había alguna persona meritoria al título de Tarzán, para mí ese era Juan La Ñola. Daniel contaba de las habilidades que Juan tenía para pescar anguillas grandes cuando el rio Boba estaba turbio, y de las batallas que tenía para agarrarlas con las manos cuando las sacaba a tierra. Yo, por mi parte; recuerdo que Juan era un amante de la caza y la pesca; le vi un día cualquiera en el caserío, que iba urgente para el hospital de Nagua para retirarse un anzuelo, porque se inventó una vara de pescar, y en su afán de probarla en el charco más cercano, el anzuelo lo pescó a el mismo por una canilla; Y así también Daniel hablaba de Héctor Mosquea y de Juanes Mosquea; pero creo que al que Daniel más admiraba de todos, era a Juanes. Por los canastos que hizo en el rio y por  los grandes peces que pescaba, según Daniel, con una figa al estilo indio.
Y así íbamos por el camino. Daniel; dejando reflejar en su rostro la esperanza que tenía de atrapar algún pez; mientras yo, en mi mente, recorría como películas las historias que Daniel me había recién contado, preocupado en cierto modo, de que a Daniel no le saliera una de las anguillas grandes de las que había hablado, y que enfurecida le hiciera salir corriendo del rio.
Al llegar al arroyito, Mi primo tomaba siempre la delantera, caminando rio arriba, buscando como experto el lugar ideal para zambullirse, y cuando veía un pequeño charco, se llenaba los pulmones de aire y buscaba por largo rato debajo de las balsas y palos. Yo, estando arriba en lo seco, daba por cierto, que algún pez grande iba a traer enganchado en la barrilla del rifle, pero el siempre subía a la superficie desesperado en busca de aire, porque Daniel esperaba hasta el último momento debajo del agua, me parece que Daniel no quería subir vacío; Y esto hacia una y otra vez, moviéndonos de un lugar a otro, hasta que la hora nos convencía de regresar a casa. 
En uno de esos viajes, pasamos por un lugar que me gustaría volver a visitar; había un patio enorme que la naturaleza misma se encargó de decorar: Lo que puedo recordar aunque yo tenía como 10 años de edad, es que los Mangos ya comenzaban a madurarse y la hora rondaba cerca del mediodía; había sombras en todo el lugar porque habían muchos árboles altos, y una brisa fresca que fluía envidiablemente, y que tenía como el poder de convencer a todo el que pasaba, a echarse una siesta; habían muchas matas altas de mangos y otros árboles que no recuerdo y en un lado del patio había un montón de matas de bambú, que parecían estar en la competencia de cual tocaría primero el cielo.  
Algunas de las personas que vi al pasar, parecían estar en el reposo de la comida, sentados en sillas de guano, reclinados bajo los árboles, tan cómodos, como si no le importase que en otros lugares se acabase el mundo; algunos niños, alertados por la insistencia de un pero que ladraba, nos miraban como extraños, agarrados de un lado de la puerta de la casa; las gallinas, gallos y pollitos se paseaban como si fueran los dueños del patio; mientras que unos caballos descansaban amarrados bajo la sombra de un árbol, esperando la hora, para llevar los hombres de nuevo a los conucos.
Era un camino el que atravesaba aquel hermoso lugar, solo un camino. 
Por Ángel Ventura                                                                                                                                                                                     


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