Por Franklin Duarte
Todos, alguna
vez, hemos imaginado algo tan extraño como revelador:
morir y, de
alguna manera, tener la oportunidad de quedarnos cerca de nuestro propio ataúd.
No para volver a la vida, sino para mirar.
Mirar quién
llega.
Quién llora.
Quién
realmente siente nuestra ausencia.
Quién se queda
en silencio porque le duele.
Y también
quién aparece con el rostro compungido,
abraza a la
familia, pronuncia palabras bonitas
y representa,
hasta en la muerte,
el papel de
hipócrita que tan bien desempeñó mientras estábamos vivos.
Pero quizá la
verdadera sorpresa no estaría en lo que veríamos durante el funeral.
Estaría en lo
que veríamos después.
Porque apenas
unos días después del sepelio,
la vida
comenzaría a acomodarse sin nosotros.
La casa
volvería a abrir sus puertas.
El teléfono
dejaría de sonar.
El trabajo
continuaría.
Las
conversaciones volverían a ser sobre otras cosas.
Los problemas
seguirían apareciendo.
Las personas
volverían a reír.
Y cada uno,
poco a poco, retomaría su camino.
Y entonces
comprenderías, quizá demasiado tarde,
una de las
verdades más duras de la existencia:
No eras
imprescindible.
Aquello por lo
que te estabas destruyendo continuó sin ti.
Las personas
por las que sacrificabas tu paz aprendieron a vivir con tu ausencia.
Ese trabajo
que te quitaba el sueño encontró la manera de funcionar.
Ese problema
que parecía imposible de resolver terminó resolviéndose —o simplemente dejó de
importar.
Y aquellos a
quienes entregabas tu vida… continuaron viviendo la suya.
Qué golpe tan
brutal para el ego.
Pero también
qué liberación.
Porque
entender que no eres imprescindible no significa que no seas importante.
Significa que
no puedes convertir tu existencia en un sacrificio permanente
por cosas y
personas que, llegado el momento, tendrán que continuar sin ti.
Por eso hay
que aprender algo mientras todavía estamos vivos:
Tú también
tienes que ser una prioridad.
No la última
opción.
No el que
siempre está disponible.
No el que se
queda sin tiempo para sí mismo porque todos los demás necesitan algo.
Tienes derecho
a cuidarte.
A descansar.
A construir
tus sueños.
A proteger tu
paz.
A disfrutar lo
que has conseguido.
A decir que
no.
A elegirte.
Porque quizá
llevas años intentando demostrarle al mundo cuánto vales,
cuando lo
verdaderamente importante es que tú no olvides cuánto vale tu propia vida.
Y lo más
irónico es que no necesitas morir para descubrirlo.
No necesitas
imaginarte dentro de un ataúd para entender que el mundo seguirá girando.
Estás vivo.
Todavía puedes
abrazar a quien amas.
Todavía puedes
pedir perdón.
Todavía puedes
comenzar de nuevo.
Todavía puedes
abandonar aquello que te está destruyendo.
Todavía puedes
dejar de vivir para satisfacer expectativas ajenas
y comenzar a
construir una vida que también tenga tu nombre escrito en ella.
Así que no
esperes a que tu ausencia le enseñe a los demás cuánto valías.
Enséñatelo tú
mientras estás aquí.
Porque cuando
llegue ese día —y llegará para todos—
ya no tendrás
oportunidad de corregir prioridades.
Pero hoy sí.
Hoy puedes
elegirte.
Hoy puedes
vivir.
Y quizá la
gran lección no sea descubrir que el mundo puede vivir sin ti…
sino aprender,
mientras estás vivo, a no olvidarte de vivir tu propia vida
por estar
demasiado ocupado sosteniendo la de los demás.

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