Por Francis Frias
Cuando un poeta se marcha, no se va del todo; se queda suspendido entre las líneas que escribió y en la memoria de quienes alguna vez encontraron refugio en sus palabras. La muerte de un creador de versos no es un silencio
absoluto, sino el eco prolongado de una voz que supo traducir el alma humana.Cuando un
poeta se va, el silencio queda las palabras.
Se dice con
frecuencia que los artistas alcanzan la inmortalidad a través de su obra, pero
cuando un poeta se va, el mundo experimenta un tipo de orfandad muy particular.
No se apaga una luz cualquiera; se cierra una ventana única a través de la cual
contemplábamos la realidad, el amor, el dolor y el misterio de la existencia.
Isidro Ventura
fue un poeta, por definición, un guardián de lo invisible. Le daba belleza a lo
cotidiano, le daba nombre a las tristezas que no sabemos cómo explicar y el prestaba
su voz a los sentimientos más profundos de una comunidad. Por eso, su partida
física deja un vacío que se siente denso, como una página en blanco que nadie
más sabrá cómo llenar.
Sin embargo,
la muerte de un poeta es también una paradoja. A diferencia de otros adioses,
el suyo viene acompañado de un eco imperecedero.
Cuando un
poeta calla:
Sus versos
cobran nueva vida: Las metáforas se resignifican. Aquellos poemas que
hablaban de la brevedad del tiempo o de la despedida se transforman en su
propio epitafio y en su victoria contra el olvido.
La herencia se
vuelve colectiva: Sus palabras dejan de pertenecerle del todo para
transformarse en el patrimonio emocional de sus lectores. Cada vez que alguien
recita una de sus líneas, el poeta vuelve a respirar.
Se abre el
espacio para la memoria: La comunidad, los amigos y los creadores se reúnen no
solo para lamentar la pérdida, sino para celebrar el mapa de sentimientos que Isidro
trazó en vida.
La tinta tiene
una resistencia tenaz contra el tiempo. Los gobiernos pasan, las
infraestructuras se deterioran, las épocas cambian, pero el poema permanece
intacto, latiendo con la misma intensidad con la que fue concebido, por eso las
letras, los poemas de Isidro Ventura siempre estarán presentes en cada uno de
nosotros.
Cuando un
poeta se va, nos queda la tarea de ser los custodios de su fuego. Nos
corresponde abrir sus libros, repasar sus versos y permitir que su sensibilidad
siga transformando el mundo. Porque un poeta solo muere de verdad cuando se le
deja de leer; mientras haya una mirada que se detenga en sus letras, su voz
seguirá siendo un faro en la penumbra.
Isidro Ventura,
tu partida es la de un creador y no es un punto final, sino un punto y seguido
en la gran literatura de la vida.
Vete con Dios
hermano, colega locutor, que tristeza tengo, porque viniste a mi casa a
saludarme y no estaba, parece era la despedida.
Descansa en
Paz.

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