Por Edwin De La Cruz
Hablar de seguridad social en tiempos de Juan Pablo Duarte puede parecer un ejercicio anacrónico. El concepto moderno como sistema organizado de protección frente a riesgos de la vida no existía en el siglo XIX. Sin embargo, su ideario contiene principios que hoy fundamentan cualquier
política de protección social. Duarte concebía la República como una
comunidad basada en la justicia y la dignidad. En sus propias palabras: “Sed
justos lo primero, si queréis ser felices”. Esta frase no es solo un llamado
moral; es una advertencia política: sin justicia social, no hay bienestar
colectivo. Desde esa perspectiva, la seguridad social no puede reducirse a un
favor o a un negocio, sino que es un deber del Estado hacia sus ciudadanos.
Para Duarte,
la ley debía servir al interés general y no a privilegios particulares. Como él
decía: “La ley es la regla a la cual deben acomodar sus actos, así los
gobernados como los gobernantes”.
Aplicado al
presente, esto implica que un sistema de seguridad social que no proteja al
trabajador frente a la enfermedad, la vejez o la vulnerabilidad incumple con el
principio republicano que defendía.
Además, Duarte
enfatizaba que el poder público existe para servir al pueblo: “Trabajemos por y
para la patria, que es trabajar para nuestros hijos y para nosotros mismos”.
En términos
actuales, esto se traduce en garantizar que la protección social alcance a
todos, no solo a quienes pueden pagarla o a sectores privilegiados. La
obligación del Estado es anticipar riesgos y atender necesidades, cumpliendo
con su responsabilidad histórica.
Duarte también
sostenía que la dignidad humana es la base de la República: “La verdadera
libertad consiste en obrar con justicia y no en ser esclavo de la injusticia”.
Un sistema de
seguridad social deficiente o excluyente es, entonces, un obstáculo para la
libertad y la justicia que él soñaba. La protección frente a la enfermedad, la
cesantía o la vejez no puede depender de la fortuna individual, sino de la
acción organizada del Estado en favor de la comunidad.
Hoy, la
República Dominicana cuenta con un sistema de seguridad social formal, pero
enfrenta desafíos serios: pensiones insuficientes, acceso desigual a la salud y
estructuras que favorecen más la rentabilidad financiera que el bienestar
humano.
Duarte nos
recordaría que la legitimidad de cualquier institución depende de su apego a la
justicia y al interés general, no solo de la eficiencia administrativa.
La seguridad
social no es un lujo ni un negocio; es un derecho y una obligación del Estado,
reformarla, fortalecerla y humanizarla es un deber moral y republicano, porque,
como enseñó Duarte, la patria se mide por la justicia que garantiza a quienes
la sostienen con su trabajo y su vida.
Sobre el autor
Edwin DeLaCruz
es periodista y abogado, dedicado al ejercicio profesional del periodismo. Ha
sido reportero y se desempeña principalmente en el ámbito de las relaciones
públicas y la comunicación estratégica. Es productor de programas de televisión
y creador del espacio motivacional Edwin Inspira, orientado a promover la
superación personal y el crecimiento humano. Además, es dirigente sindical, con
una trayectoria vinculada a la defensa de los derechos laborales y sociales.
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