El autor es Profesor, comunicador y abogado.
En la víspera de la celebración del natalicio del hombre que concibió la gran idea de crear una nación libre e independiente de toda potencia extranjera, resulta oportuno reflexionar sobre su legado. Fue él quien dio nombre a una media isla: República Dominicana; quien soñó con una patria dotada de
bandera, escudo y un hermoso himno nacional.Ese hombre,
que a pesar de haber tenido la oportunidad de vivir cómodamente en otra nación,
decidió regresar a su tierra para traer la libertad a los criollos, quienes más
adelante se llamarían dominicanos, llevaba por nombre Juan Pablo Duarte y Díez.
Nació el 26 de enero de 1813, en el seno de una familia de clase media.
Inspirado por
Dios y movido por un profundo amor a la patria, creó la sociedad secreta La
Trinitaria, donde junto a otros héroes se diseñó un proyecto de nación que
culminó con la liberación del yugo haitiano en 1844. Resulta emocionante
analizar las hazañas realizadas por este hombre en favor de esta tierra
bendecida por Dios.
Sin embargo,
más allá del estudio histórico, es propicia la ocasión para detenernos a
pensar:
¿Cómo sería
Duarte en este siglo XXI?
¿Cómo
reaccionaría ante esta posmodernidad?
¿Qué pensaría
al presenciar tantas injusticias, una corrupción que parece extenderse sin
límites y una sociedad marcada por profundas desigualdades? Podemos dejar volar
nuestra imaginación y traer al Patricio a la actualidad para preguntarle, con
respeto y honestidad:
¿Cómo se
siente al ver el país que usted creó, y en qué se ha convertido hoy?
Perfecto. A
continuación continúo el texto imaginario, dándole voz a Duarte en el siglo
XXI, y luego añado una conclusión reflexiva, manteniendo un tono respetuoso,
crítico y patriótico.
Duarte en el
Siglo XXI (Continuación)
Si Duarte
caminara hoy por las calles del país que ayudó a fundar, su mirada reflejaría
una mezcla de orgullo y profunda preocupación. Se alegraría al ver que la
República Dominicana sigue siendo libre y soberana, que su bandera aún ondea en
lo alto y que su nombre permanece vivo en plazas, escuelas y avenidas. Sin
embargo, no podría ocultar su dolor al contemplar cómo muchos de los ideales
por los que luchó han sido debilitados por el egoísmo, la ambición y la falta
de compromiso ciudadano.
Tal vez nos
diría que la independencia no se defiende solo con armas ni con discursos, sino
con honestidad, justicia y amor verdadero por la patria. Nos recordaría que una
nación no se construye únicamente con obras materiales, sino con valores
morales firmes, con respeto a las leyes y con una ciudadanía consciente de sus
deberes y derechos.
Duarte
probablemente levantaría su voz contra la corrupción, al verla como una nueva
forma de opresión, tan peligrosa como el dominio extranjero que combatió en el
siglo XIX. Nos advertiría que un pueblo que tolera la injusticia se convierte
en cómplice de su propia decadencia, y que la libertad sin ética pierde su
verdadero sentido.
A los jóvenes,
en especial, les recordaría que ellos son los herederos del sacrificio de los
padres de la patria, y que el futuro de la nación depende de su educación, su
pensamiento crítico y su participación activa en la vida democrática. Les
pediría no rendirse ante la indiferencia ni dejarse vencer por la desesperanza.
En conclusión,
Pensar en Duarte en el siglo XXI no es solo un ejercicio de imaginación, sino
un llamado urgente a la conciencia nacional. Su pensamiento sigue siendo una
guía vigente para enfrentar los desafíos actuales de la República Dominicana.
Más que honrar su memoria con actos simbólicos, debemos hacerlo viviendo sus
ideales: defendiendo la justicia, practicando la honestidad y trabajando por
una patria verdaderamente libre, soberana y digna.
Duarte no
pertenece únicamente al pasado; vive en cada dominicano que se niega a aceptar
la corrupción como norma y la injusticia como destino. Solo cuando asumamos ese
compromiso, podremos decir con orgullo que el sueño de Duarte sigue vivo en el
siglo XXl.
Por: Carlos Miguel Rodríguez
Tel: 809-785-4299.
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