“Entre la falta de información y la desinformación”
Por Edwin
DeLaCruz/edwindelacruzr@gmail.com
En tiempos en los que la información circula con una velocidad nunca antes vista, conviene detenernos a distinguir entre dos conceptos que con frecuencia utilizamos como si significaran lo mismo: la falta de información y la desinformación. No son iguales, aunque ambas pueden producir consecuencias similares: confusión, incertidumbre y decisiones equivocadas.
La falta de
información ocurre cuando un hecho, una decisión o un acontecimiento no es
comunicado oportunamente, cuando los datos disponibles son insuficientes o
cuando las personas no tienen acceso a las fuentes necesarias para comprender
una determinada situación.
En términos
sencillos, es aquello que no sabemos porque nadie nos lo ha explicado, porque
la información no ha sido divulgada o porque no hemos podido acceder a ella.
La
desinformación, en cambio, va un paso más allá. Se produce cuando se difunden
contenidos falsos, manipulados, distorsionados o engañosos que pueden llevar a
las personas a interpretar la realidad de manera equivocada.
No se trata
simplemente de no saber; se trata de creer o reproducir algo que no corresponde
con los hechos.
Esta
diferencia es fundamental, especialmente en la era de las redes sociales. Una
institución que no informa sobre una decisión deja un vacío. Ese vacío, tarde o
temprano, puede ser ocupado por rumores, especulaciones o versiones sin
fundamento.
Y cuando esas
versiones comienzan a circular como si fueran ciertas, el problema deja de ser
solamente una falta de información y puede convertirse en un escenario de
desinformación.
Por eso,
informar no consiste únicamente en publicar comunicados o colocar contenidos en
las plataformas digitales. Informar significa hacerlo de manera oportuna,
clara, completa, verificable y comprensible. La comunicación responsable debe
procurar que la ciudadanía tenga los elementos necesarios para formarse su
propio criterio.
También existe
una responsabilidad individual. En una sociedad hiperconectada, cada persona se
ha convertido, de alguna manera, en un potencial multiplicador de información.
Compartir una
noticia sin verificarla puede contribuir a que una falsedad alcance a miles de
personas en cuestión de minutos. El botón de “compartir” no debería sustituir
al criterio.
Las
instituciones, los medios de comunicación y los ciudadanos tenemos, por tanto,
una tarea común: reducir los espacios para la confusión. Una información que
llega tarde puede generar incertidumbre; una información falsa puede generar
daños mayores. Frente a ambas amenazas, la respuesta debe ser la transparencia,
la verificación y el ejercicio responsable de la comunicación.
Porque entre
no saber y saber algo que no es cierto existe una diferencia sustancial. La
primera situación puede corregirse informando. La segunda exige, además,
desmontar la falsedad y recuperar la confianza.
En definitiva,
la falta de información deja un vacío; la desinformación lo llena con una
versión distorsionada de la realidad. Y en una sociedad democrática, donde la
información es indispensable para tomar decisiones, ninguna de las dos debería
ser tomada a la ligera.
Sobre el autor
Edwin de la
Cruz es periodista y abogado con una destacada trayectoria dedicada a la
comunicación y la promoción de la justicia social. Su trabajo combina la
cobertura informativa con un profundo compromiso con los derechos humanos y la
defensa de la dignidad de las personas.
A lo largo de
su carrera, Edwin ha mostrado un alto interés en la lucha por los derechos
laborales y en visibilizar las causas sociales que fortalecen la equidad y la
protección de los más vulnerables. Su enfoque periodístico busca generar
conciencia, fomentar el respeto y promover un diálogo ético en torno a temas de
relevancia social y humana.

No hay comentarios:
Publicar un comentario