Jasmiley Ortiz/Abogada
Sin desconocer el trabajo de aquellos legisladores que ejercen sus funciones con compromiso, representan dignamente a sus electores y cumplen de manera efectiva su labor de fiscalización, resulta oportuno reflexionar sobre la calidad del ejercicio legislativo en la República Dominicana.
El Congreso
Nacional no fue concebido únicamente como un órgano encargado de aprobar leyes.
La Constitución también le atribuye funciones de representación y fiscalización
de los fondos y administración de lo público, lo que exige que la actividad
legislativa vaya más allá de la simple producción normativa. Si nos
circunscribimos al ejercicio legislativo, es necesario mencionar que todo
proyecto de ley debe responder a un análisis jurídico, técnico y social que
permita valorar su necesidad, viabilidad e impacto, garantizando normas capaces
de responder a las necesidades de la sociedad y fortalecer la seguridad
jurídica.
Sin embargo,
es lamentable mencionar que muchas de las iniciativas legislativas de mayor
incidencia para la vida nacional son aprobadas con una rapidez que limita el
debate parlamentario, provocando esto que proyectos de gran trascendencia
atraviesen el proceso legislativo sin observaciones sustanciales ni un análisis
crítico de su contenido, permitiendo que el consenso político sustituya el
deber constitucional de examinar y perfeccionar las iniciativas antes de su
aprobación.
A ello se suma
una agenda legislativa que, con frecuencia, prioriza iniciativas de escaso
impacto práctico, como declaraciones de días conmemorativos o reconocimientos
honoríficos. Y es que si bien estas propuestas poseen un valor simbólico,
difícilmente deberían desplazar la discusión de proyectos de mayor
trascendencia ni el ejercicio de funciones esenciales del Congreso, como el
control político, la fiscalización de la Administración Pública y la
supervisión del uso de los recursos públicos.
También
resulta necesario considerar la capacidad real de aplicación de las leyes que
se aprueban. No basta con establecer nuevas obligaciones o mecanismos si las
instituciones responsables de ejecutarlos no cuentan con las herramientas, los
recursos o la estructura necesaria para hacerlo de manera efectiva. En nuestro
país, algunas disposiciones, aun cuando persiguen objetivos importantes,
enfrentan dificultades al momento de ser implementadas. Por ello, el proceso
legislativo debe tomar en cuenta no solo la necesidad de una norma, sino
también las condiciones existentes para su aplicación, procurando que lo
aprobado pueda traducirse en resultados concretos y no permanezca únicamente en
el texto de la ley.
Más allá de
aprobar leyes, el verdadero reto del Congreso Nacional consiste en procurar un
ejercicio legislativo de mayor calidad y ejercer plenamente las atribuciones
que la Constitución le confiere. Esto requiere que cada ley sea el resultado de
un debate serio, un análisis técnico suficiente y una discusión que permita
identificar y corregir sus deficiencias antes de su aprobación. Un Congreso que
fiscaliza de manera efectiva fortalece la rendición de cuentas, protege el
interés público y promueve una actuación más transparente y responsable de las
instituciones públicas. Ese es el Congreso que demanda la ciudadanía: uno que
más allá de aprobar leyes también ejerza con independencia las funciones de
control que le asigna la Constitución, en defensa del interés colectivo.

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