Por: Esteban Jáquez Hernández (Psicólogo clínico y terapeuta familiar).
Hay fenómenos que no pueden comprenderse mirando únicamente a la persona que ocupa el escenario. A veces, para entender a un individuo, hay que observar la sociedad que lo rodea y preguntarnos qué necesidad colectiva viene a representar.
La irrupción
de Santiago Matías, conocido como “Alofoke”, en la escena política dominicana
merece ser analizada más allá de simpatías, rechazos o posiciones partidarias.
Hasta hace poco, su nombre pertenecía principalmente al mundo del
entretenimiento digital. Comunicador, líder de redes sociales, surgido desde el
barrio y con un estilo directo, provocador y desafiante, hoy trabaja en la
constitución de un partido y aspira a la Presidencia.
Pero quizás la
pregunta más importante no sea quién es Santiago Matías, sino:
¿Qué está
ocurriendo dentro de nuestra sociedad para que una figura como esta pueda
convertirse en una posibilidad política?
Desde una
mirada psicológica, el fenómeno puede entenderse no solo como la historia de un
individuo, sino como la expresión de procesos de identificación, frustración,
idealización y búsqueda de respuestas que llevan años desarrollándose en el
imaginario social dominicano.
Tal vez no
estemos simplemente frente al ascenso de un hombre, sino ante una sociedad que,
cansada de buscar respuestas en los lugares tradicionales, ha comenzado a
buscarlas en otros espacios.
¿Cómo se
construyó este fenómeno?
El vacío ético
y la desconfianza crónica
La
desconfianza hacia las instituciones no surge de un día para otro. Se construye
lentamente después de promesas incumplidas, corrupción, mal manejo de recursos
y la sensación de que las reglas no funcionan igual para todos.
Con el tiempo
se instala un pensamiento colectivo: “todos roban”, “las leyes dependen de
quienes las incumplen”, “los de arriba nunca cambian”.
Cuando las
instituciones que deberían representar y proteger decepcionan repetidamente, la
confianza comienza a desplazarse. Se deja de creer en las estructuras y se
empieza a creer en personas.
Ya no importa
únicamente el programa político o la trayectoria. Importa quién genera emoción,
quién parece cercano y quién transmite la sensación de: “él es uno de
nosotros”.
Aquí aparece
uno de los mecanismos psicológicos más importantes: la identificación. No
siempre seguimos a quien consideramos más preparado; muchas veces seguimos a
quien sentimos más cercano.
La cultura del
sensacionalismo
Vivimos en una
época donde captar la atención se ha convertido en una forma de poder. Las
redes sociales han transformado la manera de consumir información y construir
opiniones. Lo breve compite con lo profundo y lo polémico suele imponerse sobre
lo reflexivo.
La pregunta
deja de ser: “¿Qué tan sólido es esto?”, para convertirse en: “¿Cuánto impacto
produce?”
Santiago
Matías conoce ese universo. Sabe captar atención, generar reacciones y
comprender los códigos emocionales de una audiencia acostumbrada a la
inmediatez.
Pero él no
creó ese escenario. Una sociedad acostumbrada al espectáculo termina
percibiéndolo como algo natural. Lo que antes podía interpretarse como falta de
formalidad, hoy puede verse como espontaneidad y autenticidad.
La política
comienza entonces a adoptar códigos del entretenimiento, y la frontera entre
líder político y figura mediática se vuelve cada vez más delgada.
La necesidad
de ídolos: idealizar para no sentir desamparo
Cuando las
instituciones dejan de transmitir seguridad, las personas buscan refugio
psicológico en figuras individuales. Surge la necesidad de encontrar a alguien
que represente fuerza, esperanza o cambio.
Desde una
mirada psicoanalítica, una sociedad puede depositar en un líder aquello que
desea encontrar fuera de sí misma: seguridad, poder, reparación o incluso
salvación.
Así aparece la
idealización: se magnifican las virtudes, se minimizan los defectos y se le
atribuyen al líder capacidades que quizás todavía no ha demostrado.
No siempre
vemos al líder como realmente es, sino como necesitamos que sea.
Cuando una
sociedad se siente frustrada, abandonada o impotente, puede surgir la necesidad
colectiva de creer que alguien resolverá aquello que durante años nadie ha
podido resolver. No se trata únicamente de razonamiento; también se trata de
deseo.
Y el deseo,
cuando encuentra una figura sobre la cual proyectarse, puede ser más poderoso
que cualquier argumento racional.
La decepción
acumulada y la transformación de los valores
Las figuras
políticas tradicionales, incluso aquellas con formación y experiencia, también
han decepcionado. Para una parte importante de la población, los títulos, la
preparación y las buenas maneras no siempre se han traducido en mejores
condiciones de vida.
Cuando aquello
que una sociedad aprendió a valorar la decepciona repetidamente, comienza a
reorganizar su escala de valores.
Entonces:
•Lo rudo puede
interpretarse como honestidad.
•Lo impulsivo
puede percibirse como valentía.
•La falta de
preparación formal puede verse como cercanía.
•Lo informal
puede sentirse como libertad.
No
necesariamente porque esas características hayan cambiado, sino porque ha
cambiado la manera de interpretarlas. Lo que antes generaba admiración dejó de
producir esperanza y aquello que antes generaba dudas comenzó a parecer una
alternativa.
¿Por qué surge
y por qué recibe apoyo?
El candidato
como espejo
Una de las
claves del fenómeno es la identificación. Su lenguaje, su origen y su estilo
generan en muchas personas una sensación de reconocimiento: “es como yo”.
Y esa
identificación emocional puede pesar más que cualquier título universitario.
Su historia
también puede convertirse en un símbolo: si alguien que no pertenece a los
espacios tradicionales logró ascender, otros pueden proyectar en él la
posibilidad de que ellos también puedan ocupar lugares que antes parecían
inaccesibles.
El grito de
los invisibles
Detrás de
muchos apoyos existe una necesidad profunda de ser visto y escuchado.
Una parte de
la juventud ha crecido sintiendo que el sistema no le ofrece suficientes
oportunidades ni representa sus expectativas. El apoyo a nuevas figuras puede
ser, entonces, más que una adhesión personal: puede convertirse en una forma de
protesta.
Un “ya basta”
convertido en respaldo.
La
autenticidad que llena vacíos
En una
sociedad donde existe desconfianza hacia los discursos políticos tradicionales,
quien parece decir lo que piensa puede resultar atractivo, incluso cuando sus
palabras sean incómodas o cuestionables.
La sinceridad
imperfecta puede parecer más confiable que una perfección cuidadosamente
construida.
En este
sentido, no importa solamente lo que el líder dice, sino también lo que hace
sentir a quienes lo escuchan.
Las sombras
que no debemos ignorar
La
idealización es inestable. Quien hoy es colocado en un pedestal puede mañana
ser derribado. Cuando idealizamos, dejamos de ver al ser humano real, y la
desilusión suele ser proporcional al tamaño de la idealización.
Por otra
parte, captar la atención no es lo mismo que gobernar. La política requiere
capacidad técnica, equipos competentes, planificación, experiencia,
institucionalidad y sostenibilidad.
Ningún
liderazgo debería convertirse en una fantasía de salvación. Una sociedad
necesita líderes, pero también instituciones fuertes. Depositar todas las
esperanzas en una sola persona puede llevarnos a repetir el mismo ciclo que
criticamos.
Y quizás la
reflexión más incómoda sea esta: todos somos parte del fenómeno.
Santiago
Matías no puede analizarse únicamente como un individuo. Su aparición y el
apoyo que recibe también hablan de lo que hemos tolerado, consumido y permitido
como sociedad.
El hombre y el
síntoma
Quizás la
pregunta no sea únicamente si Santiago Matías representa una amenaza o una
esperanza.
Antes habría
que preguntarnos:
¿Qué necesidad
colectiva está logrando representar?
Santiago
Matías no necesariamente es la causa. Puede ser, en gran medida, el resultado
de años de desconfianza, frustración, decepción, espectáculo y abandono
institucional.
Desde una
mirada psicológica, incluso podríamos considerarlo un síntoma social.
Y los síntomas
no aparecen de la nada. Expresan algo que, por alguna razón, no ha podido ser
dicho o resuelto de otra manera.
Quizás este
fenómeno está expresando el malestar de una sociedad que ya no quiere sentirse
representada por las mismas voces; una población que necesita sentirse vista,
escuchada e incluida.
Por eso, más
que concentrarnos exclusivamente en el individuo, deberíamos preguntarnos qué
está revelando su aparición.
Porque los
síntomas pueden combatirse, pero si no comprendemos su origen, probablemente
volverán a aparecer de otra forma.
El verdadero
cambio no dependerá únicamente de una persona, un partido o una figura
carismática. Dependerá de nuestra capacidad para reconstruir instituciones,
valorar lo sólido sin despreciar lo cercano, exigir preparación sin
desconectarnos de la realidad y no confundir entretenimiento con capacidad de
gobierno.
Y, sobre todo,
de comprender una verdad fundamental:
Ningún líder
podrá reparar completamente aquello que una sociedad se niega a mirar dentro de
sí misma.
Tal vez
Santiago Matías no sea la respuesta. Pero el hecho de que tantas personas
puedan verlo como una posible respuesta debería llevarnos a una pregunta mucho
más profunda:
Es posible que
este fenómeno que estamos analizando no sea la pregunta. Tal vez sea el
síntoma. Y si es así, ¿qué es aquello que nuestra sociedad lleva tanto tiempo
intentando decir y que todavía no hemos querido escuchar?
Autor: Esteban
Jáquez Hernández M.A. (Psicólogo clínico y terapeuta familiar).
Puedes
encontrarnos en el Centro de Psicología Integral Jáquez.
Para citas:
809-359-3928.

No hay comentarios:
Publicar un comentario