El fenómeno Santiago Matías: una mirada psicológica a una sociedad en búsqueda de respuestas

martes, 25 de agosto de 2026

Publicado por prensalibrenagua.blogspot.com


Por: Esteban Jáquez Hernández (Psicólogo clínico y terapeuta familiar). 

Hay fenómenos que no pueden comprenderse mirando únicamente a la persona que ocupa el escenario. A veces, para entender a un individuo, hay que observar la sociedad que lo rodea y preguntarnos qué necesidad colectiva viene a representar.

La irrupción de Santiago Matías, conocido como “Alofoke”, en la escena política dominicana merece ser analizada más allá de simpatías, rechazos o posiciones partidarias. Hasta hace poco, su nombre pertenecía principalmente al mundo del entretenimiento digital. Comunicador, líder de redes sociales, surgido desde el barrio y con un estilo directo, provocador y desafiante, hoy trabaja en la constitución de un partido y aspira a la Presidencia.

Pero quizás la pregunta más importante no sea quién es Santiago Matías, sino:

¿Qué está ocurriendo dentro de nuestra sociedad para que una figura como esta pueda convertirse en una posibilidad política?

Desde una mirada psicológica, el fenómeno puede entenderse no solo como la historia de un individuo, sino como la expresión de procesos de identificación, frustración, idealización y búsqueda de respuestas que llevan años desarrollándose en el imaginario social dominicano.

Tal vez no estemos simplemente frente al ascenso de un hombre, sino ante una sociedad que, cansada de buscar respuestas en los lugares tradicionales, ha comenzado a buscarlas en otros espacios.

¿Cómo se construyó este fenómeno?

El vacío ético y la desconfianza crónica

La desconfianza hacia las instituciones no surge de un día para otro. Se construye lentamente después de promesas incumplidas, corrupción, mal manejo de recursos y la sensación de que las reglas no funcionan igual para todos.

Con el tiempo se instala un pensamiento colectivo: “todos roban”, “las leyes dependen de quienes las incumplen”, “los de arriba nunca cambian”.

Cuando las instituciones que deberían representar y proteger decepcionan repetidamente, la confianza comienza a desplazarse. Se deja de creer en las estructuras y se empieza a creer en personas.

Ya no importa únicamente el programa político o la trayectoria. Importa quién genera emoción, quién parece cercano y quién transmite la sensación de: “él es uno de nosotros”.

Aquí aparece uno de los mecanismos psicológicos más importantes: la identificación. No siempre seguimos a quien consideramos más preparado; muchas veces seguimos a quien sentimos más cercano.

La cultura del sensacionalismo

Vivimos en una época donde captar la atención se ha convertido en una forma de poder. Las redes sociales han transformado la manera de consumir información y construir opiniones. Lo breve compite con lo profundo y lo polémico suele imponerse sobre lo reflexivo.

La pregunta deja de ser: “¿Qué tan sólido es esto?”, para convertirse en: “¿Cuánto impacto produce?”

Santiago Matías conoce ese universo. Sabe captar atención, generar reacciones y comprender los códigos emocionales de una audiencia acostumbrada a la inmediatez.

Pero él no creó ese escenario. Una sociedad acostumbrada al espectáculo termina percibiéndolo como algo natural. Lo que antes podía interpretarse como falta de formalidad, hoy puede verse como espontaneidad y autenticidad.

La política comienza entonces a adoptar códigos del entretenimiento, y la frontera entre líder político y figura mediática se vuelve cada vez más delgada.

La necesidad de ídolos: idealizar para no sentir desamparo

Cuando las instituciones dejan de transmitir seguridad, las personas buscan refugio psicológico en figuras individuales. Surge la necesidad de encontrar a alguien que represente fuerza, esperanza o cambio.

Desde una mirada psicoanalítica, una sociedad puede depositar en un líder aquello que desea encontrar fuera de sí misma: seguridad, poder, reparación o incluso salvación.

Así aparece la idealización: se magnifican las virtudes, se minimizan los defectos y se le atribuyen al líder capacidades que quizás todavía no ha demostrado.

No siempre vemos al líder como realmente es, sino como necesitamos que sea.

Cuando una sociedad se siente frustrada, abandonada o impotente, puede surgir la necesidad colectiva de creer que alguien resolverá aquello que durante años nadie ha podido resolver. No se trata únicamente de razonamiento; también se trata de deseo.

Y el deseo, cuando encuentra una figura sobre la cual proyectarse, puede ser más poderoso que cualquier argumento racional.

La decepción acumulada y la transformación de los valores

Las figuras políticas tradicionales, incluso aquellas con formación y experiencia, también han decepcionado. Para una parte importante de la población, los títulos, la preparación y las buenas maneras no siempre se han traducido en mejores condiciones de vida.

Cuando aquello que una sociedad aprendió a valorar la decepciona repetidamente, comienza a reorganizar su escala de valores.

Entonces:

•Lo rudo puede interpretarse como honestidad.

•Lo impulsivo puede percibirse como valentía.

•La falta de preparación formal puede verse como cercanía.

•Lo informal puede sentirse como libertad.

No necesariamente porque esas características hayan cambiado, sino porque ha cambiado la manera de interpretarlas. Lo que antes generaba admiración dejó de producir esperanza y aquello que antes generaba dudas comenzó a parecer una alternativa.

¿Por qué surge y por qué recibe apoyo?

El candidato como espejo

Una de las claves del fenómeno es la identificación. Su lenguaje, su origen y su estilo generan en muchas personas una sensación de reconocimiento: “es como yo”.

Y esa identificación emocional puede pesar más que cualquier título universitario.

Su historia también puede convertirse en un símbolo: si alguien que no pertenece a los espacios tradicionales logró ascender, otros pueden proyectar en él la posibilidad de que ellos también puedan ocupar lugares que antes parecían inaccesibles.

El grito de los invisibles

Detrás de muchos apoyos existe una necesidad profunda de ser visto y escuchado.

Una parte de la juventud ha crecido sintiendo que el sistema no le ofrece suficientes oportunidades ni representa sus expectativas. El apoyo a nuevas figuras puede ser, entonces, más que una adhesión personal: puede convertirse en una forma de protesta.

Un “ya basta” convertido en respaldo.

La autenticidad que llena vacíos

En una sociedad donde existe desconfianza hacia los discursos políticos tradicionales, quien parece decir lo que piensa puede resultar atractivo, incluso cuando sus palabras sean incómodas o cuestionables.

La sinceridad imperfecta puede parecer más confiable que una perfección cuidadosamente construida.

En este sentido, no importa solamente lo que el líder dice, sino también lo que hace sentir a quienes lo escuchan.

Las sombras que no debemos ignorar

La idealización es inestable. Quien hoy es colocado en un pedestal puede mañana ser derribado. Cuando idealizamos, dejamos de ver al ser humano real, y la desilusión suele ser proporcional al tamaño de la idealización.

Por otra parte, captar la atención no es lo mismo que gobernar. La política requiere capacidad técnica, equipos competentes, planificación, experiencia, institucionalidad y sostenibilidad.

Ningún liderazgo debería convertirse en una fantasía de salvación. Una sociedad necesita líderes, pero también instituciones fuertes. Depositar todas las esperanzas en una sola persona puede llevarnos a repetir el mismo ciclo que criticamos.

Y quizás la reflexión más incómoda sea esta: todos somos parte del fenómeno.

Santiago Matías no puede analizarse únicamente como un individuo. Su aparición y el apoyo que recibe también hablan de lo que hemos tolerado, consumido y permitido como sociedad.

El hombre y el síntoma

Quizás la pregunta no sea únicamente si Santiago Matías representa una amenaza o una esperanza.

Antes habría que preguntarnos:

¿Qué necesidad colectiva está logrando representar?

Santiago Matías no necesariamente es la causa. Puede ser, en gran medida, el resultado de años de desconfianza, frustración, decepción, espectáculo y abandono institucional.

Desde una mirada psicológica, incluso podríamos considerarlo un síntoma social.

Y los síntomas no aparecen de la nada. Expresan algo que, por alguna razón, no ha podido ser dicho o resuelto de otra manera.

Quizás este fenómeno está expresando el malestar de una sociedad que ya no quiere sentirse representada por las mismas voces; una población que necesita sentirse vista, escuchada e incluida.

Por eso, más que concentrarnos exclusivamente en el individuo, deberíamos preguntarnos qué está revelando su aparición.

Porque los síntomas pueden combatirse, pero si no comprendemos su origen, probablemente volverán a aparecer de otra forma.

El verdadero cambio no dependerá únicamente de una persona, un partido o una figura carismática. Dependerá de nuestra capacidad para reconstruir instituciones, valorar lo sólido sin despreciar lo cercano, exigir preparación sin desconectarnos de la realidad y no confundir entretenimiento con capacidad de gobierno.

Y, sobre todo, de comprender una verdad fundamental:

Ningún líder podrá reparar completamente aquello que una sociedad se niega a mirar dentro de sí misma.

Tal vez Santiago Matías no sea la respuesta. Pero el hecho de que tantas personas puedan verlo como una posible respuesta debería llevarnos a una pregunta mucho más profunda:

Es posible que este fenómeno que estamos analizando no sea la pregunta. Tal vez sea el síntoma. Y si es así, ¿qué es aquello que nuestra sociedad lleva tanto tiempo intentando decir y que todavía no hemos querido escuchar?

Autor: Esteban Jáquez Hernández M.A. (Psicólogo clínico y terapeuta familiar).

Puedes encontrarnos en el Centro de Psicología Integral Jáquez.

Para citas: 809-359-3928.

 

 

 

 


No hay comentarios: