NO TIENES QUE MORIR PARA DARTE CUENTA

sábado, 22 de agosto de 2026

Publicado por prensalibrenagua.blogspot.com


Por Franklin Duarte

Todos, alguna vez, hemos imaginado algo tan extraño como revelador:

morir y, de alguna manera, tener la oportunidad de quedarnos cerca de nuestro propio ataúd.

No para volver a la vida, sino para mirar.

 

Mirar quién llega.

Quién llora.

Quién realmente siente nuestra ausencia.

Quién se queda en silencio porque le duele.

Y también quién aparece con el rostro compungido,

abraza a la familia, pronuncia palabras bonitas

y representa, hasta en la muerte,

el papel de hipócrita que tan bien desempeñó mientras estábamos vivos.

 

Pero quizá la verdadera sorpresa no estaría en lo que veríamos durante el funeral.

Estaría en lo que veríamos después.

 

Porque apenas unos días después del sepelio,

la vida comenzaría a acomodarse sin nosotros.

La casa volvería a abrir sus puertas.

El teléfono dejaría de sonar.

El trabajo continuaría.

Las conversaciones volverían a ser sobre otras cosas.

Los problemas seguirían apareciendo.

Las personas volverían a reír.

Y cada uno, poco a poco, retomaría su camino.

 

Y entonces comprenderías, quizá demasiado tarde,

una de las verdades más duras de la existencia:

No eras imprescindible.

 

Aquello por lo que te estabas destruyendo continuó sin ti.

Las personas por las que sacrificabas tu paz aprendieron a vivir con tu ausencia.

Ese trabajo que te quitaba el sueño encontró la manera de funcionar.

Ese problema que parecía imposible de resolver terminó resolviéndose —o simplemente dejó de importar.

Y aquellos a quienes entregabas tu vida… continuaron viviendo la suya.

 

Qué golpe tan brutal para el ego.

Pero también qué liberación.

 

Porque entender que no eres imprescindible no significa que no seas importante.

Significa que no puedes convertir tu existencia en un sacrificio permanente

por cosas y personas que, llegado el momento, tendrán que continuar sin ti.

 

Por eso hay que aprender algo mientras todavía estamos vivos:

Tú también tienes que ser una prioridad.

No la última opción.

No el que siempre está disponible.

No el que se queda sin tiempo para sí mismo porque todos los demás necesitan algo.

 

Tienes derecho a cuidarte.

A descansar.

A construir tus sueños.

A proteger tu paz.

A disfrutar lo que has conseguido.

A decir que no.

A elegirte.

 

Porque quizá llevas años intentando demostrarle al mundo cuánto vales,

cuando lo verdaderamente importante es que tú no olvides cuánto vale tu propia vida.

 

Y lo más irónico es que no necesitas morir para descubrirlo.

No necesitas imaginarte dentro de un ataúd para entender que el mundo seguirá girando.

 

Estás vivo.

Todavía puedes abrazar a quien amas.

Todavía puedes pedir perdón.

Todavía puedes comenzar de nuevo.

Todavía puedes abandonar aquello que te está destruyendo.

Todavía puedes dejar de vivir para satisfacer expectativas ajenas

y comenzar a construir una vida que también tenga tu nombre escrito en ella.

 

Así que no esperes a que tu ausencia le enseñe a los demás cuánto valías.

Enséñatelo tú mientras estás aquí.

 

Porque cuando llegue ese día —y llegará para todos—

ya no tendrás oportunidad de corregir prioridades.

Pero hoy sí.

Hoy puedes elegirte.

Hoy puedes vivir.

 

Y quizá la gran lección no sea descubrir que el mundo puede vivir sin ti…

sino aprender, mientras estás vivo, a no olvidarte de vivir tu propia vida

por estar demasiado ocupado sosteniendo la de los demás.


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