El autor es educador
Cada 26 de enero, la República Dominicana se detiene para recordar el natalicio de Juan Pablo Duarte. No se trata únicamente de un ejercicio de memoria histórica, sino de una interpelación profunda al presente y al porvenir. Duarte no fue solo el artífice intelectual de la independencia
política; fue, ante todo, un educador del pensamiento, un formador de conciencias, un hombre convencido de que la libertad no se decreta: se aprende, se cultiva y se defiende con conocimiento.Cuando
afirmamos que “el legado de Duarte vive en la educación”, estamos reconociendo
que su proyecto de nación no descansaba exclusivamente en la ruptura con el
dominio extranjero, sino en la construcción de un pueblo ilustrado, crítico y
éticamente comprometido. Para Duarte, la patria no podía sostenerse sobre la
ignorancia ni sobre la obediencia ciega. La soñó libre porque la soñó educada.
En el
pensamiento duartiano, la libertad no era un concepto abstracto ni un
privilegio de élites ilustradas. Era un derecho colectivo que debía sostenerse
sobre una ciudadanía formada. Duarte comprendió, con una claridad adelantada a
su tiempo, que un pueblo sin educación es vulnerable, manipulable y fácilmente
sometido, aun cuando formalmente se declare independiente.
Por eso, su
lucha no se limitó a la conspiración política o a la organización
revolucionaria. Fue también una lucha pedagógica. A través de sociedades
secretas, círculos de discusión y formación cívica, Duarte apostó por sembrar
ideas, valores y principios republicanos. Entendía que la independencia
verdadera no se consolidaba con la expulsión de un poder extranjero, sino con
la capacidad del pueblo de gobernarse a sí mismo con criterio, responsabilidad
y sentido moral.
La educación,
en este contexto, se convierte en el principal escudo de la libertad. No solo
enseña a leer y escribir, sino que forma ciudadanos capaces de discernir, de
cuestionar, de participar y de defender el bien común. Esa es, precisamente, la
libertad que Duarte imaginó: una libertad consciente, no impulsiva; una
libertad que nace del conocimiento y se sostiene en la ética.
Hablar de
educación en clave duartiana es hablar de patria. No de una patria reducida a
símbolos o consignas, sino de una patria viva, construida diariamente en las
aulas, en los hogares y en los espacios de participación social. Duarte
concebía la nación como un proyecto colectivo, donde cada ciudadano tenía un
rol que cumplir, y donde la educación era el hilo conductor que articulaba ese
esfuerzo común.
La patria que
Duarte soñó no podía ser obra de improvisaciones ni de caudillismos. Requería
instituciones sólidas, leyes justas y, sobre todo, ciudadanos formados para
respetarlas y hacerlas valer. En ese sentido, la educación no es un complemento
del Estado: es su columna vertebral. Sin educación, no hay democracia
sostenible; sin educación, la soberanía se debilita; sin educación, la patria
se fragmenta.
Cada maestro
que enseña con vocación, cada estudiante que se esfuerza por aprender, cada
familia que apuesta por la formación de sus hijos, está dando continuidad al
proyecto nacional iniciado por Duarte. Educar es, en esencia, un acto
patriótico.
Duarte
depositó una confianza extraordinaria en la juventud. Él mismo fue joven cuando
concibió y lideró el movimiento independentista. Creyó en la capacidad
transformadora de las nuevas generaciones y en su potencial para asumir
responsabilidades históricas. Esa visión mantiene plena vigencia.
Hoy, cuando la
República Dominicana enfrenta desafíos complejos en lo social, lo económico y
lo institucional, la educación vuelve a ser la herramienta decisiva. La
juventud dominicana necesita una formación que vaya más allá de la acumulación
de contenidos. Requiere pensamiento crítico, conciencia histórica, valores
democráticos y sentido de pertenencia.
Educar a las
nuevas generaciones en la libertad implica enseñarles a ejercerla con
responsabilidad. Implica formar ciudadanos que comprendan sus derechos, pero
también sus deberes; que valoren la independencia conquistada, pero que no la
den por garantizada; que entiendan que la patria se fortalece cuando se
participa, se propone y se cuida.
En cada aula
del país, desde las zonas urbanas hasta las comunidades rurales más apartadas,
se está jugando el futuro de la nación. Allí se decide si la República
Dominicana continuará el camino de Duarte o si se apartará de su visión
fundacional.
Uno de los
aspectos más profundos del pensamiento de Duarte es su dimensión ética. Para
él, la libertad sin moral era una contradicción. La educación debía formar no
solo mentes brillantes, sino conciencias rectas. En ese equilibrio entre
conocimiento y valores reside la fortaleza de una república.
La educación
duartiana promueve el respeto a la ley, la honestidad en la vida pública, el
rechazo a la corrupción y la defensa del interés general por encima de los
intereses particulares. No es una educación neutra ni indiferente: es una
educación comprometida con la justicia, la dignidad humana y la soberanía
nacional.
En este
sentido, fortalecer la patria de Duarte hoy implica revisar constantemente el
papel de la educación en la formación ética de la sociedad. Implica
preguntarnos qué tipo de ciudadanos estamos formando y qué valores estamos
transmitiendo. La calidad educativa no se mide solo en indicadores académicos,
sino en la capacidad de formar personas íntegras, solidarias y conscientes de
su rol social.
El legado de
Duarte no pertenece únicamente al pasado ni se limita a las efemérides. Es un
llamado permanente a la acción. A las generaciones pasadas, les recordó que la
independencia fue fruto del sacrificio y del pensamiento ilustrado. A la
generación presente, le exige coherencia entre el discurso patriótico y la
práctica cotidiana. A las generaciones futuras, les deja la responsabilidad de
preservar y perfeccionar la obra iniciada.
La educación
es el puente que conecta esas generaciones. A través de ella se transmite la
historia, se reinterpretan los valores y se proyecta la nación hacia el futuro.
Cada vez que se enseña quién fue Duarte y qué defendió, no se está repitiendo
una lección, sino reafirmando un compromiso.
La República
Dominicana necesita, hoy más que nunca, reencontrarse con ese legado educativo.
Necesita entender que invertir en educación es invertir en soberanía, en
democracia y en desarrollo humano. Necesita asumir que la libertad no se hereda
intacta: se construye y se defiende, generación tras generación, desde el aula.
Duarte soñó
una patria libre, soberana y justa. Ese sueño no se agotó con la proclamación
de la independencia ni con la fundación del Estado. Sigue en construcción. Cada
escuela que abre sus puertas, cada maestro que enseña con compromiso, cada
estudiante que aprende con sentido crítico, aporta un ladrillo a esa obra
inconclusa.
Decir que el
legado de Duarte vive en la educación no es una metáfora retórica. Es una
afirmación histórica y política. Vive en la conciencia que se forma, en la
libertad que se entiende, en la patria que se construye día a día.
Este 26 de
enero, al recordar su natalicio, la mejor forma de honrar a Juan Pablo Duarte
no es solo con palabras ni homenajes formales. Es reafirmando, desde la
educación, el compromiso con la libertad, la ética y la nación que él imaginó.
Porque mientras haya educación con sentido patriótico, la patria de Duarte
seguirá viva.
Por: Wailly
Lewis/Educador

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