Análisis Se daba
como un hecho que la cabeza de Miguel Vargas Maldonado rodaría sin importar los
resultados electorales, pero ahora eso no está muy claro
SANTO DOMINGO. En boca de los principales analistas
políticos se convirtió en un axioma que si el Partido Revolucionario Dominicano
(PRD) ganaba las elecciones del pasado domingo Miguel Vargas sería echado del
partido, y que lo mismo ocurriría si el partido blanco perdía.
Sin embargo, cristalizada ya la derrota, emergen tres
elementos de peso a favor del presidente del partido: primero, a lo interno del
PRD empieza a tomar cuerpo la idea de que el principal causante de la derrota
fue el propio candidato, con una hilera de errores, algunos de proporciones
negativas mayúsculas; o sea, que como el personaje Chacumbele, que él mismito
se mató. Un segundo juicio, ligado al primero, es que no son pocos los que
piensan que con Miguel Vargas como candidato, los resultados electorales
hubiesen sido otros, porque al deseo de cambio de la población sólo lo pudo
asustar un candidato que no representaba nada nuevo y que se esmeró en sembrar
incertidumbre durante todo el proceso.
Lo tercero que favorece a Miguel Vargas es que
recurrentemente, Mejía y la gente de su entorno decían que el partido estaba
integrado a la campaña en un 99%. Inclusive, Mejía llegó a proclamar, ante los
fallidos intentos de reunirse con el presidente del partido: "No hay
fecha, ni me importa tampoco". Sobre la no integración de Vargas, a
Milagros Ortiz Bosch se le oyó decir: "Ninguna personalidad es
indispensable para el triunfo del PRD".
Así las cosas, al culpable habría que buscarlo en más de
un lugar, lo que daría oportunidad a que Vargas prepare la base argumental de
su defensa para recomponer el partido y ganar el tiempo que le permita
reagrupar a sus seguidores los que, cumplido su compromiso electoral, podrían
volver a insuflar el 47% que el presidente del partido obtuvo en la convención
interna, y que fue desdeñado por los seguidores de Mejía.
Precisamente por ese punto (el menosprecio de las fuerzas
de Miguel Vargas) debe comenzar el análisis objetivo de las razones que llevaron
al PRD a la debacle electoral. Los antecedentes históricos atestiguan que las
veces que el PRD ganó las elecciones lo hizo sobre la base de alianzas entre
ganadores y perdedores de la convención interna. Cuando Antonio Guzmán ganó
(1978), buscó a Salvador Jorge Blanco; lo mismo hizo Salvador con Jacobo
Majluta (1982), e Hipólito (2000) con Milagros Ortiz, Fello Suberví y Hatuey De
Camps.
Ahora se hizo todo lo contrario. Fue memorable la rueda de
prensa en que la Comisión Organizadora, encabezada por Esquea Guerrero, selló
de manera sumaria con los boletines consecutivos 1, 2 y 3 el triunfo de Mejía
53% con 47% de Vargas. No hubo espacio para la necesaria negociación ni para
pactar. Ni siquiera se tomaron en cuenta los alegatos del aspirante perdedor de
que en la convención no se impidió el voto de electores del PLD y del PRSC y
que fueron usurpadas las funciones de la Convención Nacional, al proclamar a
Mejía antes de terminar el escrutinio, y de que el padrón de concurrentes había
sido secuestrado. Tampoco hicieron caso a la propuesta de que la candidatura
vicepresidencial correspondiera al equipo de Vargas y que Mejía respaldase su
nominación para el 2016.
El triunfalismo
Para coronar la sucesión de errores, ensimismado por la
gran ventaja de entre 17 y 20 puntos que le daban las encuestas frente a un
innominado rival del PLD, Mejía se esmeró en sus errores y, a la vez que
marginaba a Miguel Vargas y a sus seguidores, compactó las filas del PLD, al
anunciar que metería presos a los corruptos, empezando por Félix Bautista, que
precisamente encabezaba a un grupo de senadores "neutrales", que
todavía hacían resabios ante la escogencia de Danilo Medina como candidato. No
conforme, Mejía escogió como el blanco de su campaña a Leonel Fernández y, como
si fuera poco, sus "piropos" fuera de tono tocaron hasta a la Primera
Dama, lo que hizo del PLD, un partido que de por sí es fuerte, una masa
monolítica.
Mejía anduvo durante toda la campaña de error en error, lo
que ha sembrado en la mente de muchos perredeístas la idea de que a la hora de
señalar culpables de la derrota, a Hipólito hay que servirle su comida aparte.
El futuro incierto
Cuando se aplaquen los estertores de que le hicieron
fraude, clamor acuñado precisamente para edulcorar ante las bases del PRD la
amarga derrota; y cuando el panorama post electoral se disipe, habrá llegado el
momento de sacar las cuentas en claro.
Los perredeístas debieran, imbuidos de un espíritu autocrático
muy grande, evitar una nueva fractura de su estructura aunque, en honor a la verdad,
si la evaluación se realiza de manera desapasionada, no hay camino que evite un
proceso de "desgarrapatización" del "buey que más jala",
porque ahí dentro hay gente que no come en el mismo plato.
El pleito está "casao" en el PRD, y si hablamos
de pleito es porque hay más de un gladiador en la arena, contrario a lo que se
pensaba de que el problema se reducía a quitar a Vargas.
Parece que será un pleito largo, que pasa por la peligrosa
convocatoria del Comité Ejecutivo Nacional (CEN), única instancia que, hasta
que se pueda reunir la Convención Nacional, tendrá la fuerza estatutaria y
legal para validar cualquier salida e inclinar la balanza hacia el lado que
tenga más peso específico en la estructura del partido.

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