Por Camile Roldán Soto/end.croldan@elnuevodia.com
Estaba oscuro. Sus manos, todo su cuerpo, temblaba. El terror le impedía a Deborah Rivera encontrar la llave de la puerta para entrar a su casa. Esa noche pensaba huir. Entonces él llegó. Se lo avisó una corriente que recorrió su cuerpo y una sensación extraña en la espalda. No hizo caso. Siguió en la batalla por entrar a la casa. Hasta que fue inevitable voltear. Tras de ella estaba él, su entonces esposo. Tenía en el rostro una expresión que ella reconoció; una expresión de furia desenfrenada.
Empuñaba una cuchilla y con ella la había cortado ya varias veces en la espalda. Al verle la cara no se detuvo. La golpeó y siguió hiriendo su cuerpo con la cuchilla, exactamente 29 veces.
Recibió 2,877 puntos de sutura para sanar esas heridas. Pasó dos años en un albergue junto a su hija menor. Al salir de allí, el hombre que la dejó al borde de la muerte ya estaba libre.
Ha pasado casi una década. Deborah se volvió a casar. Perdonó. Al borde de la muerte, salió del ciclo de maltrato que soportó ocho años. Hoy dedica sus días a orientar a otras mujeres en peligro de morir por no tomar la decisión de abandonar una relación dañina.
Cuenta todo con detalles, se deja retratar. Quiere que las mujeres que enfrentan maltrato no lo piensen más. Que salgan de ese círculo dañino que puede costarles la vida. Conoce su historia.
¿Cómo era la relación al principio?
Era una relación muy bonita. Él era un hombre serio, no mataba una mosca. Me sentía bien porque era un hombre grande, musculoso y me enamoré de él como los locos. Todo estaba de lo más bien. Nunca hubo un problema en el comienzo.
¿Cuándo y cómo empezó a cambiar?
Noté que tomaba y se ponía agresivo verbalmente. Era humillante y decía palabras que me herían, pero yo pensaba que era el alcohol.
¿Qué otras cosas hacía?
Me daba unas miradas escalofriantes. Me amenazaba indirectamente. Siempre me estaba velando, con quién hablaba, con quién andaba. Pensaba yo que era todo efecto del dichoso alcohol.
¿Hablaban al respecto?
La primera vez que me dio le puse una Ley 54. Lo sacaron de la casa y como a los dos meses él buscó la forma de hablar conmigo. Me prometió que íbamos a buscar ayuda, que se iba a quitar del alcohol, que le diera otra oportunidad. Yo creí en él. Quizás porque estaba tan enamorada.
¿Cómo te sentías cuando te trataba así?
Era bien difícil, no sabía lo que estaba pasando. Después fui entendiendo y se me fue quitando la ilusión que tenía. Él era tan posesivo que yo no podía ni compartir con mi hijo porque eso era malo. Con cualquier hombre él tenía celos, siempre tenía duda. Algo había que mostraba su coraje y entendí que era una obsesión que tenía. No era otra cosa.
En el transcurso del maltrato dices que rechazaste muchas ayudas. ¿De quién o quiénes?
Siempre eran mis hijos. Especialmente mis dos hijas. Ellas siempre tenían ese temor de que él me iba a hacer algo. Me decían que les daba miedo, pero yo no quería escuchar, no escuchaba nada. Verdaderamente, la primera ayuda fueron mis hijos y no los escuché. Para mí él era el número uno y tenía que seguirlo a él. Me echaba a mis hijos de enemigos porque los hacía sentir como que me estaban estorbando y él era mi pareja y yo no iba a dejarlo por ellos.
Fuera de la vida familiar ¿cómo era él?
Después de todo lo que ha pasado me enteré de que fue usuario de drogas, que en el ciclo familiar había violencia todo el tiempo, había vicio penosamente, desde el papá a sus sobrinos. Además problemas con el alcohol. Fue triste aceptar que él tenía un vicio fuerte y que no iba a cambiar por mí.
¿Cuántas órdenes de protección radicaste? ¿Cómo eran esos procesos?
Le puse siete órdenes de protección. Y las siete se las quité. Pero pasaban cuatro o cinco meses y volvía la desconfianza, volvía a darme. Yo me cansaba, me iba y le ponía otra orden. Así estuvimos continuamente. Él me decía que no lo iba a volver a hacer, que iba a buscar ayuda, que lo perdonara, que me amaba. Era un ciclo y yo no me daba cuenta. Para los jueces era frustrante. Les decía que era la última vez y volvía. Para ellos yo estaba jugando con la ley. Pero yo no quería quitarme porque lo quería tanto, quería perdonarlo. En ese momento no veía que la ley estaba a mi favor. Estaba ciega y pensaba que todo lo que él me hiciera lo tenía que perdonar.
¿En algún momento llegó a buscar ayuda?
Él una vez fue a la iglesia, pero no volvió más. La que me quedé fui yo. Él siguió en lo mismo.
¿Cuándo finalmente decidiste salir del ciclo?
Tú vives en la expectativa de que algo te va a pasar y ese día cuando me dio el puño dije ya no aguanto más. Eran las siete de la mañana y yo me dije no aguanto más un puño. Tomé por primera vez la decisión firme de no ceder más. Hasta ese día para mí era un juego. Ese día sentí temor de verdad, mi mente, mi corazón, todo a la misma vez. No puedo explicar la emoción que sentí, si era coraje o temor. Estaba cansada.
¿Qué les dices a otras mujeres que están soportando maltrato?
Yo toqué puertas que cerraba. No entendía que podían ayudarme. Estaba ciega, pensaba que el maltrato se iba a acabar. Hasta ese día entendí que no era así. Pero hay salida. Si tocan una puerta para conseguir ayuda, que no echen para atrás. Que se dejen ayudar. A mí me tocó vivir todo lo que viví para entenderlo.
Después de todo lo que pasó fuiste llevada a un albergue. ¿Cómo recuerdas esa experiencia?
A mí me llevaron directo a un albergue. Temían (las autoridades) por mi vida. Era en Fort Lauderdale y me fui con mi nena, que tenía unos 14 años. Lo que vivimos no se lo deseo a nadie. Estuvimos allí dos años y cuatro meses. En un albergue en Estados Unidos tú llegas y al mes te tienes que tirar a buscar trabajo. Tienes horas de entrada y salida. No hay días fuera del albergue sin permiso. Para hacer una diligencia tienes que tener autorización. Es otra prisión. Sales de una presión y entras a otra. Es una de las cosas que criticamos, que no te dan el espacio para entender qué es lo que estás viviendo y cómo vas a salir. Nosotras luchamos mucho. Mi hija era asmática crónica y tenía lupus. Todo era una complicación. Todavía tenía las manos enyesadas y así me tiré a trabajar en un ‘call center’ de mercadeo. Así estuve hasta que pude guardar dinero para regresar.
¿Tienes alguna crítica respecto al manejo de casos como el tuyo? ¿Qué entiendes se debe mejorar?
Lo más importante es el compromiso en la sentencia. Si un juez le dice a una persona te vamos a sentenciar por tanto tiempo, por qué por buena conducta en dos años lo sueltan. Cómo me puede asegurar un juez o cualquier persona que en dos años una persona se va a rehabilitar teniendo un ciclo desde su niñez. A mí me tomó muchos años perdonar.
¿Cómo trabajaste con tu sanación emocional?
Mi hija me veía 'down' y me subía. Me hablaba mucho, me daba la importancia que había perdido, el valor que ya yo no sentía por mí misma. Es bien emocionante ver que mi hija pequeña era la que me daba el ánimo. Me decía tú puedes todavía, no estás fea, las heridas se van, olvídate mamá. Todas esas cosas llenan.
¿Cuáles son tus planes ahora?
Voy a estudiar. Quiero ser trabajadora social con especialidad en violencia doméstica. Es algo que he hecho muy mío. Viví una experiencia amarga y a través de lo que viví puedo ayudar a mucha gente. Quiero ayudar a otras a levantarse porque como dije, nunca es tarde.

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