León Asensio: "Nuevo modelo económico requiere consenso".

viernes, 23 de julio de 2010

Publicado por prensalibrenagua.blogspot.com

Por José Tejada Gómez/ Diario DigitalRD.Com
SANTO DOMINGO, 20 DE JULIO 2010.-El presidente del Grupo León Jimenes, José León Asensio destaco este martes ante el presidente de la Republica y la Primera Dama, Margarita Cedeño, el rol del sector industrial de Republica Dominicana en la generación de empleos y riquezas.
Expresó, durante el Almuerzo Anual de la Asociación de Industrias de la República Dominicana, que en la creación de un nuevo modelo económico en República Dominicana se requiere de la participación consensuada de todos los sectores de la sociedad.
El planteamiento del empresa se produce en momento en que el Gobierno, a través de la secretaría de Economía, Planificación y Desarrollo, el Gobierno ha anunciado que traerá de Francia a un grupo de expertos que ayuden a establecer un nuevo modelo económico en Republica Dominicana.
“Los dominicanos acarreamos dos grandes déficits nacionales. Primero, tenemos el desempleo, el cual todavía afecta al 15 por ciento de la fuerza laboral. En segundo lugar tenemos la pobreza, que aún aflige a más del 40 por ciento de nuestros ciudadanos" dijo el lider empresarial.
Agregó que la economía nacional no está creando los empleos necesarios para absorber las cien mil personas que se suman anualmente a la población económicamente activa.
Y sostuvo que se crean aproximadamente setenta y tres mil nuevos empleos, tres cuartas partes de ellos a través de plazas pertenecientes a la economía informal.
"Esa realidad sólo subraya lo obvio: las grandes empresas no están creando los empleos que el país necesita y ni siquiera el sector informal llena todas las necesidades”, expuso León Asensio.
León Asensio explicó que ante ésta y otras realidades que afectan la competitividad local es vital que todos los sectores de la sociedad asuman el rol que les corresponde para mejorar la economía, no sólo para algunos pocos, sino para todos los ciudadanos.
“Este reclamo requiere de la consecución de un gran proyecto de nación para el cual es necesario formular un nuevo modelo económico, pues nos queda claro que el actual no llena ni las necesidades, ni mucho menos las aspiraciones de nuestro pueblo ”, explicó.
El desempleo, la pobreza, la falta de educación, la salud, la ética laboral y el creciente problema de la corrupción y el narcotráfico fueron algunos de los puntos tratados por José León en su discurso, los cuales catalogó como los ejes fundamentales causantes de los grandes déficits de la nación.
“En los últimos cincuenta años, nuestro país ha hecho significativos avances. Sin embargo, tenemos serios rezagos y adolecemos de significativas desventajas competitivas para enfrentar un entorno económico que cada día exige de una mejor preparación y calificación del capital humano para poder salir adelante”, añadió.
En los últimos años, la economía dominicana creció a un ritmo anual de un 5.3 por ciento, superando al resto de América Latina y el Caribe, que reflejaron un crecimiento promedio de 3.8 por ciento. Sin embargo, a juicio de León Asensio, este avance enmascara una gran debilidad estructural, aun contando con tasas de crecimiento económico superiores a la media regional.
Ante esto, José León propone soluciones prácticas. Plantea la necesidad de trabajar en un proyecto de nación que frene efectivamente la corrupción y el narcotráfico; que aumente la inversión en la educación y salud del pueblo; que focalice el gasto público en actividades que incentiven a los sectores productivos para solventar una mayor creación de empleos; y que provea estímulos para la creación de riquezas orientadas a la reinversión y expansión de los negocios que operan en el país.
“La sociedad civil, el empresariado, el gobierno y todos los partidos políticos, en fin, todas las fuerzas vivas del país, tienen la responsabilidad de hacerle frente a esos desafíos y son las llamadas a tornar este círculo vicioso de limitaciones en un círculo virtuoso de realizaciones que sumen calidad de vida, bienestar y progreso para todos los dominicanos. El nuevo modelo que emerja de la suma colectiva de nuestro pensamiento tiene que reflejar el pensar de todos los sectores de nuestra sociedad”.
José León concluyó su disertación exhortando a todos los sectores de la sociedad a eliminar el egoísmo y la resignación de sus gestiones, y a adoptar un nuevo tono y estilo de diálogo que permita el libre flujo de ideas sin recriminaciones ni reprobaciones.
“Denoto una creciente actitud de resignación ante el mal de la corrupción, tanto pública como privada, que hoy también es incentivada por la ola de narcotráfico que nos arropa. Aceptar que ‘así son las cosas en este país’, quedarnos indiferentes y dejar que el parche de la impunidad disimule la herida de la corrupción y esconda el tumor del narcotráfico es hipotecar valores esenciales de lo que debe de ser la conducta de un pueblo”, manifestó.
Las palabras de bienvenida al acto fueron pronunciadas por el presidente de la AIRD, Manuel Diez Cabral, quien valoró la importancia de la Ley de Competitividad promulgada hace dos años por el Poder Ejecutivo.
Argumentó que el pasado año las 286 empresas registradas en Proindustria exportan unos 601 millones de dólares al año, aportando unos 68 mil 925 empleos directos.
“Estos son los logros realizados en su gestión señor Presidente. Sigamos dándoles el apoyo a esta institución para ver aumentar los empleos y las exportaciones”, refirió el destacado empresario al dirigirse al primer mandatario.
Diez Cabral también destacó los aprestos para la Estrategia Nacional de Desarrollo, una agenda común que impulsan los sectores productivos, la sociedad y el Gobierno.
La presencia del mandatario en el acto de los industriales ocurre en medio de las quejas del sector industrial por los planes del secretario de Hacienda Vicente Bengoa de enviar proyectos de leyes les afectarían
El mandatario acudió a la actividad acompañado de la Primera Dama Margarita Cedeño.
La actividad anual que organiza la entidad que agrupa a los industriales de todo el país, reunió a funcionarios del gobierno, legisladores y miembros del cuerpo diplomático acreditados en el país.

DISCURSO COMPLETO

Excelentísimo señor presidente constitucional de la República Dominicana, Leonel Fernández Reyna;
presidente de la Asociación de Industrias de la República Dominicana, señor Manuel Diez Cabral;
honorable Primera Dama de la República, Margarita Cedeño de Fernández;
honorables ministros de Estado y funcionarios del Gobierno dominicano;
Distinguida directiva de la AIRD, amigas y amigos, todos.

Agradezco la oportunidad que me han brindando de hablarles sobre un importante tema que, desde que empezara a hacer mis primeros pininos en estos menesteres, ha ocupado mi atención: el rol del empresariado en la discusión de los grandes temas nacionales en apoyo del desarrollo socioeconómico de la República Dominicana.
Aquella época en que dejaba atrás las teorías universitarias para enfrentar las realidades de la calle eran otros tiempos. Esta ciudad tenía otro nombre. Acabábamos de salir de una terrible conflagración mundial; muchos pueblos, con serias cicatrices físicas, sicológicas y económicas, empezaban a sentir las presiones y tensiones producto de la naciente bipolaridad ideológica. Eran tiempos difíciles, años de estrechez, días de penurias. Eran todo eso y algo más.
Era una época en la que la visión y el optimismo de prohombres públicos—Churchill, Eisenhower y De Gaulle—servían de inspiración, alimentaban las aspiraciones y potenciaban las esperanzas de sociedades que buscaban una salida de sus angustias coyunturales.
Eran tiempos en los que se respiraba un gran sentido de compromiso nacional, de magnánimos sacrificios personales y de una emprendedora y, al mismo tiempo, solidaria participación empresaria con un claro propósito: la búsqueda de una salida común a la problemática nacional. El liderazgo de unos y el esfuerzo de muchos resultó ser la fórmula exitosa para que un gran número de pueblos superaran el atraso y la desesperanza.
No habíamos ido a la Luna. Ni teníamos televisión a color. Ni mucho menos telefonía celular. Ni hablar de la Internet. Nos enterábamos de lo que acontecía a través de noticiarios de media hora de duración al final del día.
Hoy vivimos otros días. A paso más acelerado. Asaltados por el incesante cúmulo de información que recibimos a través de nuestros celulares y computadoras cada minuto del día. Vivimos en otro mundo. Pero vivimos retos similares.
Atravesamos por una de las peores crisis financieras en la historia de la humanidad. Vivimos días de estrechez, carencias, penurias y de una desgarradora bipolaridad entre los que tienen medios económicos y los que viven en la más extrema pobreza. Eso plantea, aún más, la necesidad de que cada uno de nosotros, como lo hicieron las generaciones de empresarios que nos antecedieron, asumamos el rol que nos corresponde para mejorar la economía, no solo para algunos pocos, sino, para todos los ciudadanos dominicanos.
Ese reclamo, procedente de múltiples sectores, que cada día se hace con mayor tono de urgencia requiere de la consecución de un gran proyecto de nación para el cual es necesario formular un nuevo modelo económico pues nos queda claro que el actual no funciona. No llena ni las necesidades, ni mucho menos las aspiraciones de nuestro pueblo.
Ello queda claramente expuesto en la Estrategia Nacional de Desarrollo que formuló el Ministerio de Economía, Planificación y Desarrollo en un documento que sirve de catálogo de desafíos y acopio de aspiraciones y que hoy se encuentra sometido al análisis y evaluación de múltiples sectores de nuestra sociedad. Veamos cuáles son esos retos.
En los últimos cincuenta años, nuestro país ha hecho significativos avances. Sin embargo, tenemos serios rezagos y adolecemos de significativas desventajas competitivas para enfrentar un entorno económico que cada día exige de una mejor preparación y calificación del capital humano para poder salir adelante.
En ese plazo de tiempo la economía del país creció a un ritmo anual de un cinco punto tres por ciento, superando al resto de América Latina y el Caribe que reflejaron un crecimiento promedio de tres punto ocho por ciento.
Ello permitió que el ingreso promedio per cápita del dominicano se incrementara lo suficiente para que el país hoy no esté entre los más paupérrimos de la región.
Esos avances que, bajo ningún concepto son de menor cuantía enmascaran, sin embargo, una gran debilidad estructural que no parece tener fin ni siquiera con tasas de crecimiento económico superiores a la media regional. Y es por ello que hoy, acarreamos dos grandes déficits nacionales:
Primero: el desempleo todavía afecta al quince por ciento de la fuerza laboral.
Segundo: la pobreza aún aflige a más del cuarenta por ciento de nuestros ciudadanos.
Estos dos déficits, íntimamente entrelazados, siguen deteriorándose pues, según nos informa Naciones Unidas, la economía nacional no está creando los empleos necesarios para absorber las cien mil personas que se suman anualmente a la población económicamente activa.
Creamos aproximadamente setenta y tres mil nuevos empleos, tres cuartas partes de ellos a través de plazas—entre otras, de domésticas, conductores de motoconcho, cobradores de guaguas, colmaderos y peluqueras—pertenecientes a la economía informal.
Esa realidad sólo subraya lo obvio: las grandes empresas no están creando los empleos que el país necesita. Las pequeñas y medianas empresas—que ya suman uno de cada tres empleos y, en su agregado, representan el veintitrés por ciento del Producto Interno Bruto—tampoco. Y, ni siquiera el sector informal llena todas las necesidades. Como resultado, estamos agregando veinte siete mil personas anuales a las ya abultadas filas del desempleo.
Ese es un saldo inadmisible, amén de ser preocupante, porque fomenta más pobreza, aviva una mayor dependencia y, sobre todo, sirve de caldo de cultivo para la delincuencia y el narcotráfico.
La resultante inhabilidad del modelo actual de hacer un aporte significativo al proyecto de creación de puestos de trabajo tiene una explicación estructural: los sectores que más empleos creaban—la agropecuaria y la manufactura—ya no tienen el dinamismo para hacerlo; los que sí están creciendo—primordialmente los servicios—no crean los puestos suficientes; y aquéllos que tienen la mayor capacidad para poder reducir significativamente la brecha—la pequeña y mediana empresa—no tienen acceso a los recursos que requieren para hacerlo.
Este serio déficit explica el porqué, ante la falta de oportunidades y la desesperanza, muchos de nuestros compatriotas arriesgan sus vidas abordando embarcaciones de todo tipo para, a través de la emigración forzosa, buscar una salida a sus penurias.
Esos desesperados conciudadanos, sumados a otros que legalmente han salido del país, integran una creciente diáspora que erosiona valiosos recursos del banco de talento nacional y aviva una cultura de dependencia económica a través de las remesas que un creciente número de ciudadanos recibe de sus familiares en tierras lejanas y que hoy son responsables por el quince por ciento del Producto Interno Bruto.
No me malinterpreten, esa solidaridad es encomiable, pero promueve la creación de una dependencia que nada abona a la ética de trabajo que siempre caracterizó a nuestro pueblo y que, por obligación, tiene que ser uno de los catalizadores de cualquier proyecto de desarrollo nacional.
Otro eje fundamental que se encuentra en posición de desventaja es la educación. Contamos con una fuerza laboral que en un cincuenta y cuatro por ciento tiene una escolaridad menor al octavo grado. Esto, en momentos en que los emprendimientos de la nueva economía demandan de brazos cada día más diestros y capacitados.
En el horizonte tampoco divisamos un rayo de esperanza porque tanto la educación como la salud, aspectos básicos para la formación de las nuevas generaciones de dominicanos que servirán de sostén del modelo económico, no han recibido la debida atención de nuestra sociedad.
La Estrategia Nacional de Desarrollo así lo subraya al decirnos (y cito): “el gasto público del país en educación es considerablemente bajo para los patrones internacionales, puesto que se encuentra por debajo del gasto realizado por la mayoría de los países latinoamericanos” (fin de la cita).
En consecuencia de ello y de otros factores, como los crecientes costos de producción y las deficiencias del sistema eléctrico, cada día somos menos competitivos—tanto para atraer inversiones como para exportar y hasta para suplir la demanda interna de bienes y servicios.
Esto lo confirma la más reciente clasificación del Foro Económico Mundial sobre competitividad, en la cual ocupamos la posición número noventa y cinco, lugar que nos coloca a la zaga de, entre otros, todos los países centroamericanos con los que tenemos un tratado de libre comercio.
Este cuadro que les acabo de resumir se complejiza aún más por dos situaciones externas. Por un lado, nuestras principales fuentes de comercio e inversión—los Estados Unidos de América y España—atraviesan por serias dificultades económicas; y por otro lado, tenemos la amenaza, apenas a unos pasos de nuestra frontera, de una tragedia humana de proporciones dantescas cuyo impacto en nuestra nación es difícil de prever.
A este diagnóstico del estado de salud de nuestra economía hay que agregarle la omnipresencia de dos lacras sociales que están socavando los cimientos de la sociedad dominicana y seriamente amenazan la fibra misma de un pueblo con firmes valores cristianos y democráticos. Me refiero al flagelo de la corrupción y la creciente amenaza del narcotráfico que cada día están más intrínsecamente entrelazados.
¿Qué hacer ante el desempleo; la pobreza; la falta de educación, salud, ética laboral y un creciente problema de corrupción y narcotráfico? ¿Cruzarnos de brazos? ¿Lamentarnos? ¿Desentendernos? ¿Tirar la toalla?
Amigas y amigos, ésta no es la hora de hacer más estudios, ni de hablar desbocadamente sobre qué hacer, ni tampoco de lamentarnos por lo que no se ha hecho, ni siquiera de señalar responsables. No es la hora para más divagaciones teóricas. Ese tiempo, ya pasó.
Un país entero aguarda que adoptemos soluciones prácticas que nos permitan tomar la ruta de la prosperidad y el bienestar para todos.
Como sociedad, tenemos la urgente necesidad de trabajar en un proyecto de nación que frene efectivamente la corrupción y el narcotráfico; que aumente la inversión en la educación y salud del pueblo para, con ello, robustecer nuestro capital humano; que focalice el gasto público en actividades que incentiven a los sectores productivos para solventar una mayor creación de empleos; y que provea estímulos para la creación de riquezas orientadas a la reinversión y expansión de los negocios que operan en el país y de aquéllos otros que, de acuerdo al modelo económico que forjemos, nos interesa que se establezcan aquí.
Y, en ese esfuerzo, ¿cuál ha de ser el rol del empresariado?
No podemos permanecer impávidos ante esta realidad. No podemos mirar al costado.
No podemos mantenernos al margen de esa tarea por completar, ni señalar al gobierno como el único responsable de la situación en la que estamos, ni esperar que las respuestas provengan sólo de los partidos políticos.
La sociedad civil, el empresariado, el gobierno, y todos los partidos políticos en fin, todas las fuerzas vivas del país, tienen la responsabilidad de hacerle frente a esos desafíos y son las llamadas a tornar este círculo vicioso de limitaciones en un círculo virtuoso de realizaciones que sumen calidad de vida, bienestar y progreso para todos los dominicanos.
El nuevo modelo que emerja de la suma colectiva de nuestro pensamiento tiene que reflejar el pensar de todos los sectores de nuestra sociedad y debe de ser forjado tomando en consideración de que sólo a través de la más amplia participación en su confección es que el país va a tener un modelo, con el apoyo y sentido de pertenencia necesario, para sacarnos de este inaceptable círculo vicioso que promueve el desempleo y la pobreza, así como el narcotráfico y la corrupción.
En la consecución de ese objetivo es necesario, sin embargo, que revisemos algunas actitudes, conductas y costumbres que, según mi parecer, afectan y dificultan la concretización de un gran consenso nacional para sacar al país de este entuerto.
Primero, la frecuente actitud de muchos, expresada a través del egoísmo particular o sectario, presente tanto en el sector público como en el privado, que busca resolver el problema o la situación que les afecta sin consideración alguna de si ello también contribuye al bien nacional. “Yo, resuelvo y punto”, independientemente de las consecuencias que ello tenga para otros.
No pocos pensarán que el rol de una persona o sector es el de defender sus propios intereses. No disputo ese pensar. De hecho, si uno no defiende lo suyo, no puede defender aquello que es de todos. Es más, estoy convencido de que para mejorar el vecindario, hay que empezar por casa, pero sin olvidar aquello que a cada cual nos corresponde hacer en favor del bienestar del resto del vecindario.
Segundo, denoto una creciente actitud de resignación ante el mal de la corrupción, tanto pública como privada, que hoy también es incentivada por la ola de narcotráfico que nos arropa.
Aceptar que “así son las cosas en este país”, quedarnos indiferentes y dejar que el parche de la impunidad disimule la herida de la corrupción y esconda el tumor del narcotráfico, es hipotecar valores esenciales de lo que debe de ser la conducta de un pueblo.
La corrupción es inaceptable bajo cualquier concepto o explicación porque ocasiona un enorme gasto inútil, crea deformaciones sociales y, como nos dijera el querido Padre José Luis Alemán, trae consigo serias consecuencias económicas para todos los dominicanos.
Hoy, desgraciadamente vemos cómo la corrupción y el narcotráfico erosionan los cimientos de los valores nacionales de un pueblo democrático que aspira a seguir disfrutando nuestras libertades en un Estado de Derecho que garantice la justicia para todos. Esos males demandan nuestro más decidido rechazo.
En esa la lucha, contra la corrupción y el narcotráfico, de la que pende el futuro de nuestra sociedad, necesitamos contar con la decidida participación de todos. Necesitamos de un empresariado que observe una conducta vigilante y de estricto apego al cumplimiento de la Ley; de un Ejecutivo resuelto en ponerle fin tanto a lo uno como lo otro; de un Poder Judicial que aplique la Ley de manera justa pero firme; así como de una Sociedad Civil que exija una mayor institucionalidad y censure cualquier intento, provenga de dónde provenga, por desarticular nuestro Estado de Derecho.
Tercero, resulta lastimoso que en un país en el que muchos sacrificaron tanto, algunos hasta sus vidas, para que contáramos con las libertades plenas que nos garantiza una sociedad organizada a través del establecimiento de instituciones democráticas, tengamos que presenciar la consciente abstención de parte de miles de nuestros ciudadanos que han decidido no ejercer el sagrado derecho al voto.
Esa renuncia a ser parte del proyecto de nación que todo país ejerce cuando elige a sus gobernantes y que desgraciadamente, según la más reciente evidencia, parece estar adquiriendo proporciones pandémicas en nuestra región, es similar a la abdicación de muchos de expresar su sentir y aportar sus ideas para buscar soluciones prácticas a los grandes desafíos que enfrentamos.
La abstención electoral, al igual que la corrupción y el narcotráfico, erosionan fundamentales valores y organismos que nutren la salud y bienestar institucional de los pueblos, dejando en manos de aquéllos que sí van a votar, aún cuando en su agregado puedan ser una representación minoritaria de la sociedad, la decisión sobre el rumbo de nuestro país creando, de paso, otra bipolaridad social que divide aún más a nuestro pueblo entre los que acuden a las urnas y los que se quedan en sus casas.
Peor servicio no se le puede hacer a una democracia. Por ello, es necesario fortalecer el conocimiento popular de porqué, en una sociedad con interés de preservar su democracia y sus libertades, es importante participar en las consultas electorales. No hacerlo sería darle la espalda a la democracia.
Por último, necesitamos buscar un nuevo tono y estilo de dialogo que permita el libre flujo de ideas sin recriminaciones ni reprobaciones.
A diario vemos como las discusiones de los grandes temas nacionales adquieren un nivel de confrontación inusual más afín con el de enemigos a ultranza que con el clima que debiera existir en una sociedad compuesta por fuerzas vivas que persiguen, a través de una abierta discusión de ideas, la búsqueda de soluciones consensuadas a los problemas del país.
No es a través del insulto y la descalificación que vamos a resolver los grandes temas nacionales. Recordemos que nadie es dueño absoluto de la verdad y que no es mediante la exclusión que vamos a crear un verdadero proyecto de nación.
Para ilustrar esto, permítanme compartir con ustedes una experiencia familiar. Mi padre, desde su lecho de muerte, aconsejó a mis hermanos mayores que la familia debiera permanecer siempre unida y que, en la medida en que actuáramos con apego a ello, esa habría de ser la base de nuestro éxito.
Los cuatro hijos que estuvimos, hasta hace poco, al frente de los negocios familiares teníamos temperamentos y, en ocasiones, visiones distintas sobre las cosas, pero teníamos a nuestro favor que aunque no siempre pensábamos igual, siempre pensábamos juntos, pues sabíamos que esta sería la base de nuestra unión.
Dios nos ha premiado con algo que me llena de satisfacción y de confianza en el futuro, y es, que la tercera generación de nuestra familia, a quien le toca asumir el liderazgo de nuestros negocios, ha organizado un Consejo Familiar donde están representadas las siete ramas de los hermanos León Asensio. Entre ellos, un grupo mucho más numeroso, prima el mismo principio, pues es imposible que piensen siempre igual, pero están y, así confío, habrán de seguir pensando juntos. Esa ha sido una lección que ha orientado bien a nuestra familia por más de cien años.
Apliquemos este principio a la discusión pública que necesitamos propiciar entre todos los sectores de nuestra sociedad sobre el nuevo modelo económico y todos los demás desafíos fundamentales que tenemos por delante y les aseguro que de esa manera vamos a trabajar con mejores resultados en pos del bien común. Recordemos que aunque portemos distintas banderas, al fin de cuentas, todos somos dominicanos y eso debe primar por sobre todo lo demás.
El camino por delante es uno tortuoso y repleto de obstáculos. Los tiempos no son fáciles. Son tiempos que demandan de la visión, compromiso y solidaridad de hombres y mujeres de buenas voluntades prestos a trabajar, juntos, por el bienestar de nuestro pueblo y a encarar el futuro de la misma manera en que lo visualizó el gran pensador francés Víctor Hugo (cito): “El futuro tiene muchos nombres. Para los débiles es lo inalcanzable. Para los temerosos, lo desconocido. Para los valientes es la oportunidad”.
Amigas y amigos, nos ha llegado el momento de volver a ser valientes y, aprovechar la oportunidad de trabajar en un común propósito: el de forjar una mejor nación para el beneficio de las nuevas generaciones de dominicanos.
Muchas gracias.

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