Reír es otra forma de decir “Te amo”: la psicología de la complicidad en la pareja

lunes, 9 de febrero de 2026

Publicado por prensalibrenagua.blogspot.com


Por Esteban Jáquez Hernández, M.A.

Psicólogo clínico y de la salud – Terapeuta familiar.

No es habitual iniciar un artículo con una frase; normalmente se reserva para el cierre, como una reflexión final. Sin embargo, comienzo con esta idea porque resume una convicción central que atraviesa todo este texto:

“El amor es como la menstruación: es un proceso natural que no debería doler de forma constante; cuando el dolor aparece o se vuelve intenso, suele ser una señal de que algo necesita atención.”

La comparación no pretende banalizar el amor, sino aclararlo. La menstruación es un proceso fisiológico normal que, en condiciones saludables, no debería generar dolor incapacitante. Cuando el dolor aparece de manera persistente, el cuerpo está comunicando que algo requiere revisión. Con el

amor ocurre algo similar: amar no implica ausencia total de conflicto, pero sí debería ofrecer una experiencia básica de seguridad, bienestar y cuidado mutuo. Cuando el sufrimiento se vuelve la norma, no estamos frente a una expresión madura del amor, sino ante una dinámica que merece ser cuestionada.

Desde mi fe personal, considero importante incluir una referencia bíblica al hablar de este tema. En 1 Corintios 13:4 se afirma que “el amor es sufrido”. Este versículo ha sido interpretado, en muchos contextos, como una invitación a tolerar el dolor dentro de la relación. Sin embargo, un análisis más cuidadoso revela que el texto se refiere a la paciencia, a la capacidad de sostener al otro con respeto, templanza y compromiso, no a la aceptación pasiva del daño. El amor, desde esta mirada, puede exigir esfuerzo, pero no está llamado a convertirse en una experiencia de sufrimiento permanente.

Si el amor sano no se define por el dolor constante, entonces surge una pregunta fundamental: ¿cómo se manifiesta, en la práctica cotidiana, un amor que cuida y regula emocionalmente a la pareja? Una de las respuestas más claras y paradójicamente más subestimadas es el humor compartido.

El humor como indicador de salud relacional

La atracción física suele iniciar la relación, pero rara vez es suficiente para sostenerla en el tiempo. El sentido del humor, en cambio, cumple una función estructural en los vínculos duraderos. Reír juntos no es un simple pasatiempo: es una señal de sintonía emocional. Cuando una pareja puede reír, demuestra que existe confianza, flexibilidad y una lectura benévola del otro.

Víctor Borge afirmaba que “la risa es la distancia más corta entre dos personas”, y esta idea encuentra respaldo en la psicología contemporánea. La risa compartida reduce la defensividad, facilita la conexión y permite que las diferencias se tramiten sin convertirse inmediatamente en amenazas al vínculo.

La risa y el cerebro: una alianza química

Desde la neuropsicología, el humor tiene efectos directos sobre el sistema nervioso. La risa activa circuitos de recompensa asociados a la dopamina y a las endorfinas, sustancias que fortalecen la sensación de bienestar y cercanía. Al mismo tiempo, reduce los niveles de cortisol, la hormona del estrés.

Esto explica por qué las parejas que ríen juntas suelen manejar mejor los conflictos: su sistema nervioso no percibe al otro como un peligro, sino como una fuente de regulación emocional. Una relación sin humor, por el contrario, mantiene al organismo en un estado de alerta constante, favoreciendo la irritabilidad, la distancia emocional y el desgaste progresivo.

Cuando el humor se pierde

Desde el psicoanálisis, Sigmund Freud describió el humor como uno de los mecanismos de defensa más elevados del ser humano, ya que permite transformar la tensión en alivio sin dañar al otro. Cuando el humor desaparece, suele ser reemplazado por el sarcasmo, que no une, sino que hiere. El sarcasmo es agresividad encubierta; la risa genuina, en cambio, es una invitación al encuentro.

Las relaciones dominadas por la rigidez, el mal humor crónico o la seriedad excesiva se vuelven emocionalmente pesadas. Estar con alguien permanentemente malhumorado no solo desgasta la convivencia, sino que erosiona el deseo, que necesita ligereza y juego para sostenerse.

La complicidad que predice la duración

Las investigaciones de John Gottman han demostrado que la capacidad de introducir humor incluso en medio del conflicto es uno de los mejores predictores de estabilidad conyugal. No se trata de evitar los problemas, sino de la forma en que se enfrentan. El humor compartido actúa como un recordatorio silencioso de que, aun en la diferencia, existe un “nosotros” que vale la pena cuidar.

Las parejas que perduran suelen desarrollar un lenguaje propio: chistes internos, gestos compartidos, códigos que refuerzan la identidad común y funcionan como un refugio frente a las tensiones externas.

Recomendaciones

Desde la experiencia clínica, algunas orientaciones fundamentales son:

No normalizar el dolor constante dentro de la relación.

Diferenciar claramente paciencia de aguante.

Cuidar activamente los espacios de humor como una forma de salud emocional.

Revisar creencias culturales o religiosas que asocian amar con sufrir.

Buscar acompañamiento profesional cuando la relación deja de ser un espacio seguro.

Así como el dolor persistente en el cuerpo merece atención, el dolor persistente en una relación también la merece.

El amor se construye, pero también se disfruta

El amor es una experiencia profunda y seria, pero no está destinada a vivirse desde la pesadez. Elegir a alguien con quien se puede reír incluso en medio de la dificultad es una expresión de madurez emocional. Reír juntos es una forma silenciosa de decir: te veo, te acepto y sigo eligiéndote.

Como escribió Friedrich Nietzsche:

“El hombre sufre tan terriblemente en el mundo que se ha visto obligado a inventar la risa.”

Tal vez, en la vida en pareja, la risa no sea una evasión, sino una de las expresiones más sanas del amor.

Nota del autor:

Esteban Jáquez Hernández, M.A. es psicólogo clínico y de la salud, terapeuta familiar y director de la Escuela de Ciencias de la Salud y Psicología de la UAPA (Recinto Cibao Oriental, Nagua). Ofrece servicios psicológicos en el Centro de Psicología Integral Jáquez.

Citas: 809-359-3928.


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