Por Rafael Enrique Correa
Algún día,
quizás cuando ya tenga muchos más años de los que tengo hoy, uno de mis nietos
podría sentarse a mi lado y preguntarme:
—Abuelo, ¿es
verdad que en Nagua duramos más de treinta años sin cine?
Y
probablemente yo sonría.
No porque la pregunta sea ab
surda, sino porque entenderé de dónde la sacó. Tal vez habrá encontrado un viejo artículo publicado el 11 de septiembre de 2026, cuando se inauguró la nueva Sala de Cine del Auditorio TDN, y habrá leído aquel titular que decía:“Nagua vuelve
a tener cine después de más de 30 años”.
Entonces
tendré que decirle:
—No, mi hijo.
Esa no es exactamente la historia. Las viejas salas comerciales desaparecieron,
sí. Durante muchos años Nagua no tuvo una sala de cine tradicional como
aquellas que conocieron generaciones anteriores. Pero el cine nunca desapareció
de Nagua.
Y entonces
comenzaría a contarle esta historia. Pero quiero comenzar por el presente.
UNA NUEVA
PANTALLA SE ENCIENDE EN NAGUA
Volvió a
encenderse una pantalla permanente en nuestra ciudad con la apertura de la Sala
de Cine del Auditorio TDN, incorporada a la Red de Salas de Cine Alternativas
Dominicanas, RESCAD, junto a la Dirección General de Cine, DGCINE.
Y eso merece
celebrarse.
Felicito a
Abraham Victoria Gelabert, a la directora general de Cine, Marianna Vargas
Gurilieva, y a todas las personas e instituciones involucradas. Me sumo a
apoyar esta iniciativa porque Nagua necesita una sala de cine, nuestros jóvenes
necesitan espacios culturales y María Trinidad Sánchez merece participar
plenamente de la industria cinematográfica dominicana.
Además,
Abraham no apareció en esta historia en 2026.
Él estuvo
antes.
Fue
patrocinador y colaborador de varios de aquellos proyectos que realizamos
cuando un grupo de soñadores comenzamos a hacer cine en Nagua prácticamente con
las uñas. Por eso me produce satisfacción verlo nuevamente apostando por una
pantalla para nuestra ciudad.
El problema no
es la nueva sala. El problema es una frase. Porque una cosa, es decir:
“Nagua vuelve
a tener una sala permanente de exhibición cinematográfica después de más de
treinta años sin una sala comercial tradicional”.
Y otra muy
distinta, es decir:
“Nagua vuelve
a tener cine después de más de treinta años”.
Porque
entonces tendría que preguntarme qué fue todo aquello que vivimos. Y para
responder tenemos que regresar algunos años.
A finales de
la década del 2000 comenzó a ocurrir algo hermoso en Nagua. La Fundación Global
Democracia y Desarrollo, FUNGLODE, a través del Festival de Cine Global
Dominicano, dirigido por Omar de la Cruz, comenzó a llevar el Festival fuera de
Santo Domingo. Nagua entró en aquel mapa. Y el entonces Centro Universitario
Regional de Nagua de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, CURNA, se
convirtió en nuestra gran sala.
Para los
jóvenes de hoy quizás un auditorio universitario convertido en cine no parezca
extraordinario. Para nosotros sí lo era. Llegaban las películas. Se preparaba
el auditorio. Entraba la gente. Se apagaban las luces. Y durante unas horas
aquella pantalla nos llevaba a otros países, otras historias y otras vidas.
Pero después
sucedió algo todavía más importante. Cuando terminaban algunas películas,
aparecían sus protagonistas. Directores. Actores. Productores. Profesores.
Personas que hasta entonces muchos solamente conocíamos por una pantalla
comenzaron a caminar por las calles de Nagua.
El cine dejó
de parecernos algo que ocurría únicamente en Santo Domingo, Nueva York, México,
Cuba o Hollywood.
De repente
estaba aquí.
2009: CUANDO
COMENZAMOS A CREER
En enero de
2009 se realizó la Primera Muestra de Cine Dominicano de Nagua, respaldada por
el Festival de Cine Global Dominicano. Desde Santo Domingo llegaron Omar de la
Cruz, Yamile Eusebio, Paul Goris y Yanny Sánchez, entre otras personas
vinculadas a FUNGLODE y al Festival.
Y aquí debo
detenerme en un nombre que no puede desaparecer de esta historia:
Julián Guzmán.
Julián era
entonces director provincial de Cultura y se convirtió en uno de los grandes
articuladores de aquel movimiento. Junto a él estuvimos gestores y
colaboradores locales como Rafael Enrique Correa, Víctor Veras y Ramón Amparo,
además de jóvenes, actores, técnicos, estudiantes y voluntarios. La producción
del programa Rumbo al Festival llegó incluso a Nagua.
Algo estaba
ocurriendo.
Al principio
nosotros mirábamos películas. Después comenzamos a mirar las cámaras. Y
finalmente alguien hizo la pregunta inevitable:
¿Y por qué
nosotros no hacemos una película?
Ei DELIVERY
Ahí comienza
para mí una de las partes más personales de esta historia. No teníamos grandes
cámaras. No teníamos estudios cinematográficos. No teníamos millones de pesos.
La República Dominicana todavía no contaba con la industria que posteriormente
impulsaría la Ley de Cine. Pero teníamos algo que a veces vale más cuando una
historia está comenzando: teníamos deseos de hacerlo.
Así nació Ei
Delivery.
El 18 de
septiembre de 2009, el mismo auditorio del CURNA donde habíamos estado viendo
películas de otros se preparó para proyectar una película nuestra. Dirigida por
quien escribe, Rafael Enrique Correa Pérez, Choco, y realizada fundamentalmente
con talento local, Ei Delivery fue presentada por la prensa de aquellos días
como la primera película de Nagua.
Imagino que
algún día tendré que explicarle a mi nieto lo que significó aquello. No era
solamente ver nuestros nombres en una pantalla. Era mirar lugares que
conocíamos. Caras conocidas. Calles conocidas. Escuchar nuestra forma de
hablar. Y comprender algo que hasta ese momento muchos no habíamos considerado
posible: Nagua también podía contar sus historias en cine.
Aquella
película no fue perfecta. No tenía que serlo. Tenía una misión mucho más
importante que la perfección. Tenía que ser la primera puerta. Y la abrió.
En 2011
realizamos La Seixy, dirigida por mí y escrita por Gianny Mercedes, con
personas de aquella misma comunidad audiovisual que ya había comenzado a
adquirir experiencia.
Eso era
importante.
Porque una
película podía considerarse una aventura. Dos comenzaban a parecer un
movimiento. Y nosotros no éramos los únicos.
ESTEBAN
JÁQUEZ, EDDY RAMÍREZ Y LOS QUE VENÍAN DETRÁS
Dentro de
aquella efervescencia apareció Esteban Jáquez, quien escribió y dirigió Los que
hablaron no eran gente, filmada en Nagua. También estaba Eddy Ramírez, quien
comenzó a desarrollar La Botija, proyecto que posteriormente evolucionaría
hasta convertirse en el largometraje La Botija: El Destino Inesperado, rodado
igualmente en nuestra provincia.
Y alrededor de
aquellas películas comenzaron a aparecer cortometrajes. Lo que quiero ser. El
camino equivocado. Amor sin interés. SIMON. El maldito hoyo. Y otros trabajos
de jóvenes que empezaban a experimentar con una cámara y una historia. Algo
había cambiado definitivamente. Los muchachos que se sentaban en las butacas
estaban comenzando a levantarse de ellas para colocarse detrás de las cámaras.
EL PRIMER
FESTIVAL DE CORTOS DE NAGUA
En abril de
2010 decidimos abrir todavía más aquella puerta.
Desde la
Dirección Provincial de Cultura, bajo la organización de Julián Guzmán, y Grupo
Chocolate sirviendo como asesor para quienes necesitaran orientación,
convocamos el Primer Festival de Cortos de Nagua.
Las reglas
eran sencillas. Los trabajos debían
durar entre tres y ocho minutos y la historia tenía que ser escrita o dirigida
por un nagüero o por alguien residente en María Trinidad Sánchez. Pero había
una regla no escrita todavía más hermosa: Si querías hacer cine y no sabías
cómo, también podías acercarte.
Podías
escribirnos, dejar tus datos, asistir a las reuniones y comenzar a aprender.
Porque el objetivo no era descubrir quién sabía más. Era conseguir que más
personas comenzaran. Aquella convocatoria decía claramente que queríamos
ofrecer una oportunidad al talento joven y a una nueva generación de cineastas
nagüeros. Ya no se trataba solamente de traer cine a Nagua. Estábamos
intentando crear cine desde Nagua.
Y ENTONCES LOS
MAESTROS COMENZARON A LLEGAR
FUNGLODE
comprendió que aquí estaba ocurriendo algo. También lo entendió el Instituto
Global de Multimedia, IGM. Y comenzó una etapa que considero uno de los regalos
más importantes que recibió aquella generación.
A través de
esas instituciones y de la relación con la prestigiosa Escuela Internacional de
Cine y Televisión de San Antonio de los Baños, Cuba, comenzaron a llegar
profesores a Nagua. Algunos no venían por dos horas a pronunciar una
conferencia e irse.
Permanecían
días. En determinados casos, semanas. Y enseñaban: Guion cinematográfico.
Producción. Dirección. Actuación. Dirección de actores. Construcción y
caracterización de personajes. Preproducción. Edición profesional.
Postproducción. Lenguaje audiovisual. Apreciación cinematográfica. Nagua nunca
tuvo oficialmente una escuela permanente de cine. Pero durante aquellos años
ocurrió algo curioso: Por momentos tuvimos una escuela de cine sin edificio
propio.
LOS NOMBRES DE
LOS MAESTROS
Y si voy a
contar esta historia, tengo que pronunciar sus nombres. Porque la historia
también se construye recordando a quien vino a enseñar.
Estuvo Sachiko
Uzeta, productora y profesional del cine formada dentro del entorno de la
Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños, con
experiencia en importantes producciones latinoamericanas y créditos que
incluyen trabajos vinculados a cineastas de la talla de Guillermo del Toro,
llegó también a Nagua para compartir sus conocimientos con aquella generación
que comenzaba a formarse.
Estuvo Eduardo
Eimil, cineasta, director, guionista y profesor cubano vinculado a la Escuela
Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños, con experiencia
en dirección cinematográfica, actuación y dirección de actores, llegó también a
Nagua para formar a jóvenes locales y compartir herramientas profesionales
sobre interpretación, construcción de personajes y lenguaje cinematográfico.
Estuvo
Francisco López Sacha, reconocido escritor, ensayista, guionista y profesor
cubano, vinculado durante décadas a la formación de escritores y cineastas y al
entorno académico de la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San
Antonio de los Baños, llegó también a Nagua para compartir su experiencia en
narrativa, dramaturgia y construcción de historias, aportando a la formación de
aquella generación de jóvenes que comenzaba a descubrir el guion y el lenguaje
cinematográfico.
Estuvo Jorge
Mochón, reconocido especialista internacional en postproducción audiovisual,
instructor certificado de Adobe y formador de Blackmagic Design, con
experiencia académica en instituciones como la Escuela Internacional de Cine y
Televisión de San Antonio de los Baños y la Universidad Politécnica de
Valencia, y trabajos de consultoría y capacitación para importantes compañías
audiovisuales, entre ellas Sony Pictures LATAM, llegó a Nagua en abril de 2012.
Durante varios días impartió en el CURNA el taller “Postproducción con Final
Cut 7”, formando a jóvenes locales en edición profesional, transiciones,
efectos, movimiento y otros procesos de postproducción cinematográfica.
Estuvo Félix
Manuel Lora, periodista, historiador, crítico e investigador, una de las
figuras dedicadas a documentar la memoria del cine dominicano, formado también
en la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños,
llegó a Nagua con una trayectoria que incluye docencia universitaria,
investigación, apreciación cinematográfica y la dirección del documental Un
Rollo en la Arena, dedicado al desarrollo del cine nacional. Autor de
importantes obras sobre nuestra cinematografía, compartió con aquella
generación nagüera una mirada histórica y crítica del séptimo arte.
Estuvo Ramón
Vázquez, “Morenito”, actor, director teatral y gestor cultural, con una
trayectoria ligada durante décadas al desarrollo de las artes escénicas. Ya en
los años noventa dirigía el Grupo de Teatro Máscara2s, participando activamente
en la formación de nuevas generaciones de actores y en el movimiento cultural,
con presencia también en expresiones populares como el carnaval. Su experiencia
en actuación, dirección y construcción escénica llegó igualmente a Nagua,
sumándose a aquella etapa en que el cine local buscaba nutrirse no solo de la
técnica cinematográfica, sino también del teatro y la interpretación.
Y estuvo Leo
Silverio, cineasta, guionista, director, productor de cine y televisión,
escritor y docente, formado en cine en la UASD y con estudios de producción
televisiva en España, desarrolló una extensa carrera como realizador y formador
audiovisual. Fue gerente de producción en RTVD, Telesistema, Televida y Cadena
de Noticias, docente en varias universidades y director y guionista del
largometraje histórico Duarte, traición y gloria. En mayo de 2014 llegó a
Nagua, de la mano de DGCINE, el Instituto Global de Multimedia y el CURNA, para
impartir durante tres días un taller intensivo de Apreciación Cinematográfica,
enseñando a nuestra gente a comprender la construcción de la imagen, el
lenguaje fílmico y la historia del cine.
Yo compartí
personalmente con varios de aquellos profesores. Fui su guía. Los acompañé
durante sus estadías. Conversamos. Comimos. Caminamos Nagua. Aprendimos. Y
todavía conservo fotografías, documentos y recuerdos de aquellos días. Por eso
cuando hablo de ellos no estoy repitiendo una historia que alguien me contó. Yo
estaba allí.
TAMBIÉN
APRENDIMOS QUE EL CINE ERA UNA INDUSTRIA
Aquellos años
coincidieron además con un momento decisivo para la República Dominicana. El
país comenzaba a discutir y construir el marco jurídico que transformaría
nuestra cinematografía. Y esa conversación también llegó a Nagua.
Aquí recibimos
figuras vinculadas con la institucionalidad cinematográfica, FUNGLODE, el
Festival Global, la antigua estructura estatal de cine y posteriormente DGCINE.
Entre ellas
estuvieron Omar de la Cruz, Marlon Soto, Bony Guerrero, Taína Mancebo y Yvette
Marichal.
Hablábamos de
la nueva Ley de Cine cuando todavía la industria dominicana que hoy conocemos
estaba construyendo sus cimientos. Es decir, mientras nosotros aprendíamos
dónde colocar una cámara, el país estaba aprendiendo cómo construir una
industria. Y Nagua participaba de ambas conversaciones.
EL DÍA QUE
HOLLYWOOD LLEGÓ A NAGUA
Ahora imagina,
nieto, que eres un muchacho de un pueblo del Nordeste dominicano en 2009. No
existen Netflix ni las plataformas como hoy las conocemos. Hollywood parece
estar a miles de kilómetros. Y un día te dicen que un actor que viste en
películas como Reservoir Dogs y Kill Bill viene a Nagua. Parecía increíble.
Pero ocurrió. Michael Madsen estuvo personalmente en el CURNA durante el
Festival Global de Cine de 2009. Hollywood, literalmente, había llegado hasta
nuestro auditorio. Y no fue el único.
EL MUNDO
COMENZÓ A ENTRAR POR AQUEL AUDITORIO
Por aquella
etapa también tuvimos actividades relacionadas con Shalim Ortiz. El actor
venezolano Fernando Carrillo llegó a impartir formación de actuación. La actriz
dominicana Solly Durán desarrolló un Actor's Studio. El reconocido director
chileno Gonzalo Justiniano compartió su cine con nuestro público. La cineasta
Jennifer Arnold estuvo con nosotros conversando alrededor de su trabajo. Y hubo
momentos extraordinarios. En 2010 llegó a nuestra programación Pecados de mi
padre, documental sobre Pablo Escobar visto desde la mirada de su hijo. Y con
aquella historia apareció Sebastián Marroquín, anteriormente Juan Pablo
Escobar.
El hijo de uno
de los hombres más conocidos y controvertidos de la historia latinoamericana
estaba conversando con público de Nagua.
También llegó
Restrepo y dentro de aquella experiencia estuvo Lamonta Caldwell, uno de los
hombres vinculados al documental, compartiendo con nuestra gente.
Eran
experiencias que abrían la mente. Veíamos una película y después podíamos
conversar con alguien que estaba dentro de la historia. Eso también era cine.
LOS DIRECTORES
DOMINICANOS TAMBIÉN ENCONTRARON UNA CASA
Mientras
recibíamos visitantes internacionales, el cine dominicano estaba experimentando
su propia transformación. Y varios de sus protagonistas pasaron por Nagua.
Entre ellos
estuvieron Alfonso Rodríguez y José María Cabral, junto a otros realizadores
dominicanos que llevaron películas, experiencias y conversaciones a aquel
auditorio.
De repente, el
joven que soñaba con dirigir podía tener delante a un director dominicano y
preguntarle cómo se hacía una película. El muchacho que quería actuar podía
recibir un taller. Quien quería editar podía aprender postproducción. Quien
solamente quería ver buen cine también tenía su lugar. Por eso el CURNA terminó
convirtiéndose para nosotros en algo que ninguna resolución universitaria había
decretado: Era la casa del cine en Nagua.
ENTONCES LLEGÓ
LA INSTITUCIONALIZACIÓN
Y aquí la
historia cambia de tono.
En agosto de
2012, la Universidad Autónoma de Santo Domingo creó formalmente su Circuito
Universitario de Exhibiciones Cinematográficas, CUECINE. En Nagua fue
presentado con Agustín Lara Robles, entonces director de la Escuela de Cine,
Televisión y Fotografía de la UASD, y Andrés Quezada como coordinador. La
película escogida para aquella apertura fue Un Pasaje de Ida, del director
Agliberto Meléndez.
Nosotros
recibimos la noticia con esperanza.
Pensábamos:
—Ahora sí.
Creíamos que
la llegada de una estructura formal de la Universidad iba a fortalecer todo
aquello que llevábamos años construyendo.
Que tendríamos
más películas. Más talleres. Más oportunidades. Más apoyo. Pero ocurrió algo
diferente. La estructura comenzó a centralizarse. Llegaron responsables
designados desde fuera y, poco a poco, quienes habíamos construido y sostenido
el movimiento cinematográfico local comenzamos a ser apartados. No ocurrió en
una noche. No hubo un interruptor que alguien bajara y dijera: “se acabó el
cine”.
De hecho,
Nagua continuó durante años participando como sede del Festival Global. Pero
algo mucho más difícil de medir comenzó a desaparecer: La gente de Nagua dejó
de sentirse dueña de aquel movimiento.
Antes no
solamente recibíamos una película. La promovíamos. Buscábamos público.
Recibíamos al director. Acompañábamos al profesor. Movilizábamos estudiantes.
Organizábamos. Proponíamos. Aprendíamos. Y después agarrábamos una cámara e
intentábamos hacer nuestras propias historias.
Cuando esa
comunidad fue desplazada por una estructura más centralizada, se perdió la
espontaneidad que había convertido aquella experiencia en un movimiento. El
cine seguía llegando. Lo que comenzó a apagarse fue el cine local. Y con el
tiempo aquel brillo se perdió. No cuento esto para buscar culpables. Han pasado
demasiados años para eso.
Lo cuento
porque contiene una enseñanza que no deberíamos olvidar ahora:
cuando una
institución llega a un territorio donde ya existe una comunidad cultural, no
debe sustituirla. Debe fortalecerla.
Y AHORA,
MUCHOS AÑOS DESPUÉS...
Volvamos al
presente.
Otra sala.
Otra pantalla. Otra generación. La Sala TDN abre sus puertas y DGCINE llega con
RESCAD a Nagua. Y yo celebro. Pero miro alrededor y noto que muchos de quienes
estuvimos en aquella primera etapa no fuimos tomados en cuenta. No estaban
nuestras películas. No estaban nuestros cortometrajes. No estaba aquella
generación. No estaba aquella memoria. Y al día siguiente leo: “Nagua vuelve a
tener cine después de más de 30 años”. Entonces comprendo que debo escribir. No
porque quiera quitarle brillo a lo que está comenzando. Precisamente porque sé
cuánto cuesta encender una pantalla quiero ayudar a que esta permanezca
encendida. Pero no podemos iluminar el presente oscureciendo el pasado.
ABRAHAM ESTUVO
AYER Y ESTÁ HOY
Y por eso
vuelvo a mencionar a Abraham Victoria Gelabert. Porque él es uno de los puentes
entre ambas etapas. Abraham apoyó proyectos de aquella generación y hoy vuelve
a apostar por el cine desde el Auditorio TDN. Eso merece reconocimiento. Su
espacio pasó de gallera a auditorio y ahora incorpora una sala cinematográfica.
Ojalá esta nueva etapa dure muchos años. Ojalá nuestros jóvenes la hagan suya.
Ojalá DGCINE encuentre aquí futuros actores, directores, productores, técnicos,
guionistas y cineastas. Pero DGCINE debe conocer algo cuando llega: No está
llegando a tierra virgen. Está entrando en una provincia que ya tiene memoria
cinematográfica.
Y aquí es
donde esta historia puede tener un final diferente. Porque no tenemos que
utilizar la Sala TDN para discutir eternamente quién estuvo primero. Podemos
utilizarla para encontrarnos. Imagino una noche. Las luces apagándose
nuevamente. Un muchacho de 16 años sentado en una butaca. Y en la pantalla
aparece: Ei Delivery. Después: La Seixy. Otra noche: Los que hablaron no eran
gente. Después: La Botija.
Y luego
nuestros cortometrajes.
Imagino a
Gianny Mercedes, Esteban Jáquez, Eddy Ramírez, actores, técnicos y personas de
aquella generación sentados junto a jóvenes que quizás hoy están grabando su
primera película con un teléfono.
Imagino
fotografías de Julián Guzmán y de aquellos primeros años.
Imagino
recordar a Sachiko Uzeta, Eduardo Eimil, Francisco López Sacha, Jorge Mochón,
Félix Manuel Lora, Ramón Vázquez “Morenito” y Leo Silverio.
Imagino
contarles que por aquí estuvieron Michael Madsen, Shalim Ortiz, Fernando
Carrillo, Solly Durán, Gonzalo Justiniano, Jennifer Arnold, Sebastián Marroquín
y Lamonta Caldwell.
Que también
compartimos con realizadores dominicanos como Alfonso Rodríguez y José María
Cabral.
Que figuras
institucionales como Omar de la Cruz, Marlon Soto, Bony Guerrero, Taína Mancebo
y Yvette Marichal fueron parte de aquellos años de formación y transformación
del cine dominicano.
Y entonces
quizás ese muchacho comprenda que no es el primero en soñar con una cámara en
las manos. Hubo otros antes. Y eso no disminuye su sueño. Lo hace más grande.
No quiero que
quienes estuvimos antes seamos dueños del cine de Nagua. El cine no tiene
dueño. Quiero algo mucho mejor. Quiero que los jóvenes de hoy lleguen más lejos
que nosotros. Que tengan mejores cámaras. Mejores guiones. Mejor formación. Más
recursos. Que aprovechen la Ley de Cine. Que encuentren apoyo en DGCINE. Que
accedan a FONPROCINE. Que filmen nuestras montañas, nuestras playas, nuestros
campos, nuestras calles y nuestra gente.
Que, desde
Nagua, Cabrera, Río San Juan, El Factor y toda María Trinidad Sánchez salgan
historias capaces de viajar por el mundo. Y si uno de esos muchachos llega
mañana a Cannes, Venecia, San Sebastián, Sundance o Hollywood, quiero poder
decir:
—Valió la
pena.
Porque
nosotros solamente comenzamos. Ellos tenían que continuar.
Y entonces
regreso a aquel niño imaginario del comienzo.
—Abuelo,
entonces, ¿Nagua estuvo treinta años sin cine?
Y ahora podría
responderle tranquilamente:
—No, mi hijo.
Las viejas
salas comerciales desaparecieron.
Pero el cine
no.
El cine
sobrevivió en un auditorio universitario. Sobrevivió en los festivales. En los
talleres. En profesores que viajaron kilómetros para enseñarnos. En jóvenes
escribiendo guiones. En actores aprendiendo personajes. En muchachos editando
de madrugada. En cortometrajes hechos con pocos recursos. En cada persona que
alguna vez se sentó frente a aquella pantalla y pensó:
“Yo también
puedo hacer esto”.
Por eso no
quiero que la llegada de RESCAD, pase a nuestra historia como el día en que el
cine regresó a Nagua después de treinta años. Quiero que sea recordado por algo
mucho más hermoso: Como el día en que comenzó un nuevo capítulo de una historia
que ya llevaba muchos años escribiéndose.
A Abraham
Victoria, a Marianna Vargas, a DGCINE, a RESCAD y a quienes están levantando
esta nueva etapa: cuentan con nuestro apoyo.
No venimos a
reclamar una silla. Venimos a entregar una memoria. Porque llegará el día en
que nosotros tampoco estaremos. Y entonces solamente quedarán las películas,
las fotografías, los documentos, los nombres y las historias que hayamos sido
capaces de conservar. Que los nuevos cineastas escriban sus páginas. Que sean
mejores que las nuestras. Que lleguen mucho más lejos.
Pero que
cuando abran el libro de la historia cinematográfica de Nagua encuentren
también las páginas que escribieron Julián Guzmán, Rafael Enrique Correa,
Gianny Mercedes, Víctor Veras, Ramón Amparo, Esteban Jáquez, Eddy Ramírez,
nuestros profesores, actores, técnicos, colaboradores, patrocinadores y todos
aquellos jóvenes que un día creyeron que desde un pueblo llamado Nagua también
se podía hacer cine.
Porque esa es,
al final, la única precisión que quiero dejar escrita: Nagua pudo quedarse sin
salas comerciales. Pero Nagua nunca se quedó sin cine. Y ahora que una nueva
pantalla vuelve a encenderse, no arranquemos las páginas anteriores. Sentemos a
la nueva generación frente a ellas y dejemos que continúe la película.
Sobre Rafael
Enrique Correa
Comunicador,
escritor y autor de Guerreros del Edén.
Director de La
Revista Chocolate y miembro del SNTP, ADOMPRETUR e IFJ.
La mejor
información muchas veces nace de una conversación con la comunidad. Si conoce
una situación que merece ser investigada, una historia inspiradora o desea
compartir una iniciativa empresarial, puede escribirme por WhatsApp al
809-584-1220. Solo mensajes de texto y asuntos de carácter profesional.
Comunicador y
director de Revista Chocolate
https://chocolatelarevista.blogspot.com/

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