Por Roberto Amaury Reyna Liberato
Nagua, María Trinidad Sánchez, 15 agosto 2026.- Durante meses se repitió dentro del Partido Revolucionario Moderno una objeción contra David Collado: podía tener buena valoración pública, podía encabezar las encuestas, pero no conocía suficientemente el partido ni disponía de la estructura necesaria para ganar una competencia interna. Era, en esencia, la tesis de que su fortaleza estaba afuera y su debilidad adentro.
Ese argumento
empieza a envejecer.
A finales de
junio, el equipo político de Collado hizo pública una nómina de colaboradores
encabezada por Kelvin Cruz como jefe de campaña e integrada, entre otros, por
Aníbal Díaz, Alfredo Pacheco, Amado Díaz, Jean Luis Rodríguez, Víctor D’Aza y
Junior Peralta. No estamos hablando de una estructura levantada al margen del
PRM, sino de dirigentes con historia partidaria, responsabilidades públicas,
relaciones territoriales y experiencia electoral.
A esa
construcción se incorpora ahora Eduardo “Yayo” Sanz Lovatón. Y con Yayo llega
bastante más que un respaldo personal. Llega una red política que durante casi
dos años recorrió el país, articuló legisladores, alcaldes y dirigentes
territoriales y construyó su propia posibilidad presidencial antes de decidir
colocar ese capital alrededor del proyecto de Collado.
Gloria Reyes
completa una parte relevante de esa ecuación. Su elección como secretaria
nacional de Organización del PRM, tras el entendimiento político entre los
sectores de Yayo y David, coloca a una dirigente vinculada a esa convergencia
en uno de los espacios más sensibles de cualquier partido: la organización
territorial. La prensa dominicana ya ha comenzado a identificar la alianza
David-Yayo, fortalecida con Gloria, como una tercera fuerza dentro del PRM.
La expresión
podrá discutirse. Lo que resulta más difícil discutir es que el mapa interno
cambió.
David dejó de
ser solamente el dirigente que mide bien. Comienza a convertirse en el
dirigente alrededor del cual se organiza poder.
La diferencia
es sustancial. Gallup-Diario Libre lo colocó en mayo con 61.8 % de preferencia
entre los simpatizantes perremeístas consultados sobre la candidatura
presidencial. Dos meses después, ACD Media volvió a situarlo al frente, con
54.2 % dentro del oficialismo. En esa última medición también encabezó las
preferencias presidenciales individuales a escala nacional, y, en ese punto,
hay que aclarar que, ciertamente, los números construyen viabilidad, pero no
construyen por sí solos una candidatura.
Max Weber
comprendió hace más de un siglo esa diferencia cuando estudió el funcionamiento
de los partidos modernos. Alrededor del liderazgo aparece necesariamente una
organización de políticos profesionales capaz de convertir voluntad en acción.
El líder puede movilizar adhesiones; la organización transforma esa adhesión en
capacidad política efectiva.
Una campaña
presidencial necesita ambas cosas.
Aristóteles
llegó desde otro camino a una idea todavía útil. Para él, la política no era
una actividad solitaria, sino una asociación orientada hacia propósitos
comunes. En la Ética a Nicómaco relacionó la concordia con la amistad política:
no supone que todos piensen igual, sino que sean capaces de ponerse de acuerdo
sobre asuntos compartidos y actuar conjuntamente.
Esa sigue
siendo una buena definición de lo que ocurre cuando distintos liderazgos dejan
de competir separadamente y comienzan a construir una causa común.
La historia
electoral ofrece ejemplos ilustrativos. William McKinley tenía condiciones
presidenciales en Estados Unidos a finales del siglo XIX, pero fue Mark Hanna
quien convirtió aquella posibilidad en una organización nacional. Hanna
sistematizó apoyos, financiamiento, dirigentes estatales y estrategia, hasta
desarrollar en 1896 una de las primeras campañas presidenciales modernas.
Hanna no creó
el liderazgo de McKinley. Organizó políticamente las condiciones que ya lo
hacían competitivo.
Las épocas,
sistemas y personajes son distintos. La lección permanece: muchas candidaturas
exitosas han necesitado, junto al candidato, figuras capaces de ordenar fuerzas
que difícilmente se coordinarían por sí solas.
Si volvemos la
mirada hacia el 2019, el PRM conoce una experiencia más cercana, cuando Hipólito Mejía compitió por la candidatura
presidencial, reconoció la victoria de Luis Abinader inmediatamente después de
las primarias y ofreció su apoyo. Aquel entendimiento no explica por sí solo el
triunfo electoral de 2020, pero permitió que una competencia interna importante
no terminara convirtiéndose en una ruptura y contribuyó a concentrar alrededor
de Abinader las fuerzas necesarias para llegar unidos a las elecciones.
Ese
aprendizaje tiene valor hacia 2028.
Lo que ocurre
alrededor de David presenta una particularidad: la articulación comienza antes
del momento decisivo. Yayo no esperó a que la competencia estuviera resuelta.
Tomó posición cuando hacerlo todavía supone riesgos y cuando los demás actores
continúan leyendo la correlación de fuerzas.
En política,
esa clase de definición funciona como una señal.
Un dirigente
nacional nunca se mueve completamente solo. A su alrededor existen relaciones,
equipos, legisladores, alcaldes, funcionarios, autoridades locales, cuadros
medios y militantes. Cuando varias de esas redes comienzan a converger, un
proyecto deja de crecer solamente en números y empieza a crecer en capacidad
política.
Ahí adquieren
verdadero peso la incorporación de Yayo y el posicionamiento de Gloria.
David ya tenía
electorado potencial. Kelvin Cruz y el equipo que desde hace tiempo trabaja
alrededor suyo demostraban que tampoco estaba huérfano de partido. La nueva
convergencia agrega conocimiento organizativo, estructuras previamente
construidas, vínculos territoriales y capacidad de negociación interna.
La vieja
crítica de que David no tenía estructura pudo responder a una fotografía válida
en determinado momento. El problema de las fotografías políticas es que
envejecen con extraordinaria rapidez.
El momento
ahora es otro. Ya no se trata de determinar si David tiene dirigentes capaces
de acompañarlo o si puede penetrar las estructuras del PRM. El debate comienza
a desplazarse hacia la capacidad de esa estructura para seguir creciendo,
incorporar otros sectores y terminar convirtiéndose en mayoría.
Ganar una
competencia interna nunca será suficiente para alcanzar la Presidencia. Pero
tampoco se llega al Palacio Nacional sin resolver primero las condiciones
políticas necesarias para competir por ella.
Y algunas de
esas condiciones comienzan a alinearse: liderazgo sostenido en las mediciones,
un equipo formado por dirigentes reconocidos, expansión de la estructura
partidaria, articulación territorial y una coalición interna que acaba de
adquirir nuevo peso dentro del PRM.
Hace más de un
siglo, Mark Hanna entendió que el momento de McKinley necesitaba organización.
Yayo parece haber llegado a una conclusión semejante sobre David.
Faltan dos
años para 2028 y en política ese tiempo basta para alterar cualquier
pronóstico. Sería imprudente presentar como concluido un proceso que apenas
comienza a ordenarse. Pero sería igualmente equivocado ignorar lo que ya está
ocurriendo: David no solo encabeza las preferencias; empieza también a rodearse
de dirigentes, estructuras y alianzas capaces de responder precisamente a la
debilidad que durante años le atribuyeron sus críticos.
Ahí está el
cambio.
Las encuestas
pueden indicar quién tiene un buen momento. La política determina quién
consigue convertir ese momento en organización, mayoría y capacidad real para
disputar el poder. Con un equipo de dirigentes experimentados, la incorporación
de Yayo y el peso organizativo que agrega Gloria, el proyecto de David comienza
a transitar de la fortaleza electoral hacia una construcción política mucho más
completa.
El 2028
todavía no está escrito. Pero las candidaturas presidenciales suelen comenzar a
reconocerse antes de que llegue la hora de proclamarlas: cuando alrededor del
liderazgo empiezan a alinearse las estructuras, los dirigentes y las voluntades
necesarias para ganar.
David ya tenía
el momento, ahora comienza a tener la arquitectura política para convertirlo en
destino.

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