Por Pablo Vicente
El fallecimiento del diputado Jorge Frías, y la posibilidad de que su hija, Claudia Frías, sea escogida para ocupar la curul que dejó vacante, nos coloca frente a un debate que va mucho más allá de un nombre. Nos obliga a
preguntarnos si el mecanismo establecido para sustituir a un legislador fallecido es realmente el más democrático.La
Constitución establece que, cuando se produce una vacante en la Cámara de
Diputados, el partido que postuló al legislador presenta una terna y la Cámara
escoge de ella a quien ocupará la posición.
Legalmente, el
procedimiento está claro. Pero que sea constitucional no significa que no pueda
ser revisado.
El problema es
que, con el paso de los años, se ha ido convirtiendo en una costumbre que las
curules dejadas por legisladores fallecidos terminen siendo ocupadas por
familiares cercanos del titular original. Y cuando una práctica se repite,
corremos el riesgo de terminar viéndola como algo normal, aun cuando merezca
ser cuestionada desde la perspectiva democrática.
Una curul no
es una herencia.
No pertenece
al padre, a la madre, a los hijos ni exclusivamente al partido político. Una
curul representa la voluntad de los ciudadanos que acudieron a las urnas y
depositaron su confianza en una determinada propuesta electoral.
Por eso, el
debate no debe centrarse en si Claudia Frías tiene o no derecho a ocupar esa
posición. Si cumple con los requisitos constitucionales y legales, tiene todo
el derecho a participar en la vida política.
El verdadero
debate es si el parentesco debe convertirse en un criterio para sustituir a
quien fue elegido por el voto popular.
Y mi respuesta
es no.
Considero que
debemos revisar el mecanismo actual. Mi propuesta es que, cuando fallezca un
diputado, la terna presentada por su partido tenga que estar integrada,
preferentemente, por personas que participaron en la misma elección y que
obtuvieron una cantidad significativa de votos, especialmente aquellos
candidatos que quedaron inmediatamente detrás de los electos.
De esta
manera, existiría una relación directa entre la voluntad expresada en las urnas
y la persona que finalmente ocupe la vacante.
Incluso
podríamos ir más lejos: cuando la vacante se produzca al inicio del período y
todavía reste un tiempo considerable de mandato, debería contemplarse la
posibilidad de celebrar elecciones extraordinarias para que sean nuevamente los
ciudadanos quienes decidan quién debe representarlos.
No se trata de
desconocer el papel de los partidos. Los partidos postulan, organizan y
canalizan la participación política. Pero el pueblo elige.
Por eso,
cuando desaparece quien recibió ese mandato, la solución debería procurar
preservar, en la mayor medida posible, la voluntad de quienes lo eligieron.
El caso de
Jorge Frías no debería convertirse en una discusión personal contra Claudia
Frías ni contra su familia. Debe servir para abrir un debate institucional que
tarde o temprano tendremos que enfrentar
Porque mañana
puede ser otro diputado, otro partido y otra familia.
Lo importante
es establecer una regla que no dependa de apellidos, influencias o acuerdos
internos.
Una curul no
es patrimonio familiar ni propiedad partidaria. Es una expresión de la
soberanía popular.
Y si realmente
queremos fortalecer nuestra democracia, debemos procurar que quien sustituya a
un representante fallecido tenga también la mayor legitimidad posible ante los
ciudadanos a quienes habrá de representar.
Ese es el
debate que propongo abrir.
El autor es
abogado, catedrático universitario, especialista en Derecho Electoral y
presidente de FUJUDEL.

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