Por Edwin DeLaCruz
Hay experiencias que, aunque en su momento duelen, terminan convirtiéndose en las mejores lecciones de vida. La mía tuvo como protagonista un automóvil al que, con una mezcla de humor y resignación, bauticé como **mi carro Frankenstein**.
Lo llamaba así
porque parecía ensamblado con piezas de diferentes vehículos. No era
precisamente un automóvil que despertara admiración. Sin embargo, llegó a mis
manos en el momento en que más lo necesitaba.
Después de la
ruptura de mi primer matrimonio perdí mucho más que una relación. También perdí
estabilidad económica, el vehículo que utilizaba para trabajar como vendedor y,
poco tiempo después, el empleo. De un día para otro tuve que comenzar
prácticamente desde cero.
Fue entonces
cuando mi hermano mayor me ofreció un automóvil viejo que tenía en Santiago. Lo
acepté sin pensarlo. No era el carro de mis sueños, pero sí el que me
permitiría salir nuevamente a buscar oportunidades.
Con ese
vehículo recorrí calles, asistí a entrevistas de trabajo y visité empresas con
la esperanza de encontrar una nueva oportunidad. Nunca olvidaré una de esas
entrevistas. Todo marchaba bien hasta que el entrevistador me preguntó qué
vehículo conducía.
Al responder
con sinceridad, su actitud cambió por completo. Sin preguntar por mi historia
ni interesarse por las circunstancias que me habían llevado hasta allí, decidió
que aquel automóvil hablaba más de mí que mi experiencia, mi preparación y mis
deseos de trabajar.
Salí de
aquella oficina con una profunda sensación de frustración. Comprendí que muchas
personas juzgan la vida de los demás por lo que ven en un instante, sin
detenerse a conocer el camino recorrido para llegar hasta ese momento.
Tiempo
después, un amigo me hizo otro comentario que también me marcó. Al verme en
aquel vehículo, me dijo que no entendía cómo podía soportar andar en un carro
así después de haber tenido uno mucho mejor. Tal vez no quiso herirme, pero sus
palabras confirmaron que vivimos en una sociedad que suele valorar más las
apariencias que las circunstancias.
Afortunadamente,
decidí no quedarme atrapado en esas opiniones. Continué buscando oportunidades,
conseguí empleo, volví a ahorrar y, con el paso del tiempo, pude cambiar aquel
viejo automóvil por otros en mejores condiciones.
Hoy, cuando
recuerdo mi carro Frankenstein, ya no siento vergüenza. Siento gratitud. Aquel
vehículo, que muchos habrían despreciado, fue el puente que me permitió
reconstruir mi vida. Me enseñó que ninguna crisis es permanente y que el
verdadero valor de una persona no puede medirse por el automóvil que conduce,
la ropa que viste o los bienes que posee.
Desde entonces
procuro no juzgar a nadie por las apariencias. Detrás de cada rostro, de cada
vehículo y de cada realidad hay una historia que desconocemos. Hay batallas
silenciosas, pérdidas que no se cuentan y esfuerzos que no siempre son
visibles.
Todos podemos
atravesar momentos difíciles. Lo importante no es el lugar desde donde
comenzamos de nuevo, sino la determinación de seguir avanzando.
Mi carro
Frankenstein nunca fue un símbolo de derrota. Fue el recordatorio de que, aun
cuando la vida parece desarmarse en mil pedazos, siempre existe la posibilidad
de reconstruirla y volver a ponerse en marcha.
Sobre el autor
Edwin de la
Cruz es periodista y abogado con una trayectoria dedicada a la comunicación y
la promoción de la justicia social. Su trabajo combina la cobertura informativa
con un profundo compromiso con los derechos humanos y la defensa de la dignidad
de las personas.
A lo largo de
su carrera, Edwin ha mostrado un alto interés en la lucha por los derechos
laborales y en visibilizar las causas sociales que fortalecen la equidad y la
protección de los más vulnerables. Su enfoque periodístico busca generar
conciencia, fomentar el respeto y promover un diálogo ético en torno a temas de
relevancia social y humana.

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