Por Edwin De La Cruz
Las redes sociales han roto todas las fronteras, lo que antes estaba limitado a los frentes de batalla o a páginas interiores de los periódicos, hoy aparece, sin filtro, en la pantalla de cualquier teléfono.
En cuestión de
segundos, un usuario puede pasar de una fotografía familiar a un video de
bombardeos, soldados mutilados o civiles abatidos en plena calle. La guerra ya
no es una noticia lejana: es una transmisión constante, descarnada y brutal.
Plataformas
como Instagram se han convertido en vitrinas globales donde conviven el
entretenimiento, la tragedia y el morbo. Allí circulan imágenes que muestran la
crudeza de conflictos como el de Gaza o la guerra entre Ucrania y Rusia, muchas
veces sin advertencias claras ni mecanismos de protección efectivos. La muerte
se desliza entre historias y publicaciones como si fuera un contenido más. Y
eso debería alarmarnos.
Pero no es el
único extremo. Paralelamente, el exhibicionismo ha encontrado terreno fértil.
La exposición explícita del cuerpo se promueve como empoderamiento, estrategia
de posicionamiento o vía rápida para ganar seguidores.
La
interrogante no es moralista; es social: ¿es necesario llegar a ese punto?
¿Estamos midiendo el impacto que esto tiene en adolescentes y niños que
consumen estos contenidos sin la madurez suficiente para procesarlos?
El problema no
es la libertad, el problema es que casi no existen límites en espacios donde
navegan millones de menores de edad. Si las plataformas tienen la capacidad de
crear algoritmos complejos para dirigir publicidad y ampliar su alcance,
también pueden aplicar controles más firmes frente a contenidos violentos o
sexualmente explícitos. No se trata de censurar ideas, sino de asumir una
verdadera responsabilidad social.
¿Qué podemos
hacer? Primero, asumir que el algoritmo no educa: educamos nosotros. Padres,
tutores y formadores deben involucrarse activamente en el consumo digital de
los jóvenes. Segundo, exigir mayor transparencia en las políticas de moderación
y en la aplicación real de sus normas comunitarias. Y tercero, promover una
cultura digital que priorice la dignidad humana por encima del impacto visual.
Si
normalizamos la sangre y banalizamos el cuerpo, corremos el riesgo de
insensibilizarnos como sociedad. La pregunta no es solo hacia dónde van las
redes sociales. Es hacia dónde vamos nosotros si aceptamos todo, sin cuestionar
nada.
Sobre el autor
Edwin De La Cruz
es periodista y abogado, dedicado al ejercicio profesional del periodismo. Ha
sido reportero y se desempeña principalmente en el ámbito de las relaciones
públicas y la comunicación estratégica. Es productor de programas de televisión
y creador del espacio motivacional Edwin Inspira, orientado a promover la
superación personal y el crecimiento humano. Además, es dirigente sindical, con
una trayectoria vinculada a la defensa de los derechos laborales y sociales.
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