“¿Le serías infiel a tu esposa?”
Yo sonreí,
negué con la cabeza y respondí con firmeza:
“No, no, no…
yo soy un hombre amante de mi esposa.”
Tenemos cinco
años juntos, pero lo nuestro no es un matrimonio cualquiera… lo nuestro es un
proceso.
Un proceso que
solo el amor verdadero puede aguantar.
Mi esposa caminó conmigo cuando no había nada. Cuando lo único que teníamos era fe. Cuando
la precariedad y la miseria eran parte de nuestro día a día. Yo nunca pude decirle: “toma para el salón” o “cómprate algo para ti”… y aun así ella nunca me falló.Hubo un tiempo
en que yo no tenía ni para comprar ropa… ni para lo más básico. Recuerdo que
andaba con unos calizos sostenidos con un pincho; esos eran todos los calzados
que tenía, porque ni para eso alcanzaba. Había tiempos en que para yo salir
usaba los calzados de ella, y ella se quedaba descalza con una sonrisa.
Fue una etapa
muy dura. Ninguna empresa me daba trabajo porque me veían chiquito, flaquito y
descuidado… y en medio de todo eso, ella era mi única motivación.
Ella tenía la
esperanza que a veces ni yo mismo tenía… siempre creyó que un día todo iba a
mejorar para nosotros. Me veía de rodillas hablándole a Papá Dios, y luego me
veía salir a la calle a buscar cualquier forma de ganar algo de dinero.
Por eso hoy lo
digo con firmeza: por una aventura yo no voy a poner en riesgo una relación que
nació del dolor, de la lucha y de la fe.
Porque lo
nuestro no lo construyó la comodidad… lo construyó el amor cuando no había
nada.
Y eso… solo
Dios sabe lo que vale.
Tomado de: Aquí
lo ve todo

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