Por Pablo Vicente
La propuesta de la magistrada del Tribunal Constitucional, Sonia Díaz, de permitir que los militares y policías ejerzan el derecho al voto, ha abierto un debate sobre los límites entre ciudadanía y neutralidad
institucional. Aunque el planteamiento resulta provocador y legítimo desde el punto de vista del debate democrático, plantea más riesgos que beneficios para la estabilidad del sistema político dominicano.La Constitución dominicana, en su artículo 40, numeral 14, prohíbe a los
miembros de las fuerzas armadas y la policía ejercer derechos políticos
mientras estén en servicio activo. Esta disposición no es un simple formalismo
jurídico; es una garantía esencial de que la fuerza pública permanezca al
margen de las disputas partidarias.
Las instituciones armadas no están diseñadas para deliberar, sino para
obedecer. Su disciplina y jerarquía las hacen vulnerables a influencias
verticales, lo que en un contexto de debilidad institucional podría traducirse
en presión, manipulación o alineamiento político. El voto, en ese marco, podría
convertirse en una herramienta de control más que en una expresión de libertad
ciudadana.
El derecho al sufragio es fundamental, pero no el único indicador de
participación cívica. Los militares y policías sirven a la nación de otra
manera: garantizando la seguridad, el orden y la soberanía. Su aporte
democrático se expresa en la lealtad a la Constitución, no en la militancia
electoral.
En sociedades con una tradición política consolidada, como España o
Estados Unidos, los uniformados votan bajo estrictos mecanismos de control.
Pero en países donde aún persisten estructuras clientelares, la apertura del
voto militar podría derivar en tensiones institucionales difíciles de manejar.
Habilitar el sufragio militar implicaría una reforma constitucional
profunda, pero también un rediseño del modelo de equilibrio civil-militar que
ha sostenido la estabilidad política dominicana desde la transición
democrática. Romper ese principio sin garantías suficientes sería un retroceso
más que un avance.
La democracia no se fortalece sumando riesgos, sino preservando los
equilibrios que la han hecho posible. La neutralidad de los cuerpos armados es
uno de ellos.
El planteamiento de la magistrada Díaz merece ser discutido en los
espacios académicos y constitucionales, pero su aplicación práctica debería
descartarse mientras no existan condiciones políticas y culturales que aseguren
la plena independencia de las fuerzas armadas y policiales frente al poder
partidario.
La República Dominicana ha aprendido, a lo largo de su historia, que
cuando la política penetra los cuarteles, la democracia se debilita.
Por eso, más que abrir el voto militar, debemos reforzar la
institucionalidad que garantiza que los uniformes sigan al servicio de la
nación, no de la política.
El autor es abogado y catedrático universitario. Presidente de fujudel fujudel@gmail.com
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