Por: Yiraldy Hernández
Durante años, en República Dominicana se ha querido reducir el valor de una funda de comida a una simple fotografía o a un acto político. Algunos la han visto como un símbolo de pobreza, manipulación o dependencia.
Pero quien ha sentido el toque de una mano solidaria en los momentos difíciles sabe que esa ayuda no humilla, sino que alivia, dignifica y alimenta esperanza.Porque cuando
una ayuda llega a la puerta de un hogar, no solo llega una funda, sino que con
ella llega tranquilidad, el respiro de una madre que podrá cocinarle a sus
hijos sin preocuparse cómo hacerlo. Llega el agradecimiento de un abuelo que
siente que su país no lo ha olvidado, con la certeza de que alguien, desde
algún lugar, piensa en ellos.
En un país
donde la desigualdad todavía duele, el alimento es más que una necesidad
biológica, es una señal de que la sociedad no ha perdido su humanidad.
Quien recibe
una funda de comida no está pidiendo limosna, está recibiendo justicia, porque
la justicia social no se mide solo en discursos o cifras, sino en la capacidad
del Estado de estar presente cuando más se necesita.
Durante
décadas, el pueblo dominicano se acostumbró a ver la asistencia social como un
privilegio concedido por los gobiernos, como si ayudar al necesitado fuera un
favor y no un deber.
Hubo tiempos
en que muchas raciones se dañaban por no ser entregadas en el momento en que se
debía, peor aún, hubo gobiernos que las repartían de madrugada, solo entre los
suyos, como si el hambre tuviera partido.
Hoy la
historia comienza a contarse distinta, y no porque todo sea perfecto, sino
porque hay una nueva visión de lo que significa servir. El Plan Social, los
Comedores Económicos y la nueva Dirección de Asistencia Social y Alimentación
Comunitaria no representan ya el viejo modelo del reparto silencioso y
selectivo, sino la expresión de un Estado que ha decidido mirar de frente a la
pobreza y atenderla sin vergüenza.
Un poco
sorprendida, he leído y escuchado a algunos decir que mostrar la entrega de
ayudas es indigno, que las fotos hieren la sensibilidad o que exhiben la
necesidad. Pero los mismos que critican las imágenes son, muchas veces, los
primeros en cuestionar cuando no las hay.
Si se
publican, dicen que se busca protagonismo; si no se publican, aseguran que no
se está haciendo nada en favor de las familias vulnerables. Pero estos ignoran
que, la verdad está en otro lugar. Porque mostrar no es presumir, es
transparentar. Mostrar es decir “estamos aquí”. Mostrar es dejar constancia de
que los recursos públicos llegan donde deben llegar.
Lo humillante
no es enseñar una funda entregada, lo humillante sería esconderla, callarla o
negar su existencia. La verdadera vergüenza sería que un país con recursos
suficientes mirara hacia otro lado mientras su gente atraviesa dificultades,
como hoy, producto de un huracán y sus efectos.
Lo cierto es
que, cada ración servida, cada bolsa entregada, es una promesa cumplida a
alguien que ese día no sabía qué cocinar. Es la diferencia entre una madre que
llora y una madre que sonríe. Entre un niño que se acuesta con hambre y uno que
duerme con el estómago lleno.
Servir al
pueblo no es rebajarse; es elevar el propósito del servicio público. Porque
cuando una familia recibe ayuda del Estado, no recibe compasión, recibe
esperanza, y cuando un gobierno decide estar presente en los momentos
difíciles, como ahora, demuestra que la política sí puede ser humana, sensible
y justa.
La funda no
humilla, la funda representa el abrazo del Estado a su gente. Y en ese abrazo
hay respeto, hay empatía, hay amor. Porque al final, la verdadera grandeza de
un país no se mide en cuántas torres levanta, sino en cuántas manos sostiene.

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