Por Juan de la Cruz/debateplural.com
La rebelión de Enriquillo fue el hecho más trascendental que sacudió a la isla La Española durante las tres primeras décadas del siglo XVI, la cual tuvo sus inicios en el año 1519 y finalizó en el año 1534.
Si bien esa acción bélica tuvo su origen en motivaciones
propiamente personales, relacionadas con las injusticias cometidas por los
encomenderos y las autoridades coloniales contra el cacique del Bahoruco y su
esposa Mencía, posteriormente adquirió la dimensión de una verdadera lucha por
defensa de los derechos humanos de la etnia en extinción de los aborígenes
taínos.
Esta insurrección tuvo un gran impacto primero en la
villa de San Juan de la Maguana con la derrota de los verdugos de Enriquillo y
su mujer, Andrés de Valenzuela y el teniente de gobernador Pedro de Vadillo;
luego en toda la región del Suroeste y Santo Domingo, cuando el cacique se
adueñó de las montañas y las diferentes estribaciones de la sierra del Bahoruco
tanto en la parte oriental como occidental, derrotando de forma vergonzante a las
tropas de la gobernación colonial y la Real Audiencia, dirigidas por el
teniente Diego Peñalosa, el capitán Iñigo Ortiz y nuevamente por el teniente de
gobernador Pedro de Vadillo.
Esta revuelta tuvo un gran impacto en la península
Ibérica, cuando los sucesivos gobernadores y los presidentes de la Real
Audiencia le escribieron a la corona española, narrándole la situación
económica y social difícil que había generado el levantamiento de Enriquillo.
Esto obligó al emperador Carlos I de España y V de Alemania, a la emperatriz
Isabel de Portugal -en ausencia del monarca- y al Consejo de Indias, a adoptar
medidas decisivas para enfrentar el estado de cosas, como enviar al capitán
Francisco de Barrionuevo al frente de una armada real de doscientos combatientes
para lograr la paz, fuese a través de un proceso de negociación con los
rebeldes o mediante la implementación de una ofensiva final que lograra
aplastar la sublevación de una vez por todas.
Las causas que motivaron la Rebelión de Enriquillo en
la Sierra del Bahoruco.
La rebelión de Enriquillo tuvo sus orígenes en causas
más remotas, como el exterminio de que habían sido víctimas sus ancestros más
lejanos por parte de aquellos invasores, conquistadores y colonizadores
españoles que, sin contemplación alguna, les habían sometido a los más crueles
tratos, sojuzgamientos y explotaciones. De igual modo, en la matanza del de
Xaragua, de la que el propio Guarocuya fue víctima, pero donde fueron
asesinados su abuelo, su padre, su tío, señores y demás personas del cacicazgo
hacia el año 1503, cuando el gobernador de la isla La Española, frey Nicolás de
Ovando, arrasó con aquella comunidad próspera que dirigía la gran cacica
Anacaona, quien le recibió inocentemente con gran amabilidad y entusiasmo,
junto a todos sus caciques nitaínos, agasajándole con los cánticos y bailes
tradicionales que habían heredado de varias generaciones anteriores.
Otra causa mediata hay que buscarla en la
implementación del sistema de encomiendas que puso en ejecución el comendador
Nicolás de Ovando desde el inicio de su gestión en la colonia y que fue
profundizado durante el gobierno de Diego Colón, lo que trajo consigo una
disminución drástica de la población aborigen en poco tiempo. Para el año 1508
el Tesorero General de las Indias, Miguel de Pasamonte, realizó el primer Censo
de Población en Santo Domingo, que arrojó un total de 60 mil indígenas; pero ya
en el año 1509 tan solo habían 40 mil indígenas; en 1510 el virrey Diego Colón
hizo un nuevo censo de la población nativa, que arrojó una cifra de 33 mil 523
personas; en 1514 se llevó a cabo el Repartimiento de Alburquerque, el cual
arrojó como balance general 25 mil 503 indígenas, pero hacia el año 1518, un
año antes de la Rebelión de Enriquillo, la población aborigen era tan sólo de
11 mil personas.
Para el año de 1519, fecha en que inició la Rebelión
de Enriquillo, la población nativa no debía sobrepasar las 10 mil almas. Para
el año 1528, momento en que la insurrección indígena estaba en pleno apogeo, la
población aborigen era tan sólo de 4 mil 500 personas. Esto hace suponer que,
para el año de 1533, fecha en que concluyó el levantamiento del Bahoruco, la
población autóctona no debía sobrepasar de las mil personas. Ya para el año de
1535, dos años después de la última gran rebelión indígena, la población
vernácula era de apenas 200 personas (Moya Pons, Frank / Flores Paz, Rosario,
2013: 105-116; Franco Pichardo, Franklin., 2012: 34-38).
Enriquillo había pasado a ser el cacique principal del
encomendero y regidor de la villa de San Juan de la Maguana, Francisco de
Valenzuela, quien le acogió a él y a su futura esposa, doña Mencía o Lucía,
como si fueran sus hijos. El Repartimiento de Alburquerque, del año 1514, en
torno a esta encomienda de San Juan de la Maguana, establece lo siguiente:
“A Francisco de Valenzuela, vecino e regidor de la
dicha villa, se le encomendó cuatro naborías de casa que registró con una de su
hijo; son las dos allegadas. Mas se le encomendó en el cacique del Baoruco
[Baoraco] con cuarenta e seis personas de servicio, con mas todos los niños que
fueren sus hijos que no son de servicio. Mas se le encomendó ocho naborías de
casa que registró Diego Franco por García Soler, que se sacaron del
repartimiento de la Vera Paz. A Francisco Hernández, vecino regidor de la dicha
villa, se le encomendó cuatro naborías de casa que él registró. Mas se le
encomendó en el cacique Enrique del Baoruco [Baoraco] treinta e seis personas
de servicio, con mas todos los niños que parecieren ser sus hijos que no sean
de servicio. Mas se le encomendó en el dicho cacique diez viejos [e diez e seis
niños] que no son de servicio” (Rodríguez Demorizi, Emilio, 1971: 218).
Ese importante documento colonial pone de relieve que
Enriquillo, el cacique del Bahoruco, fue el principal jefe de los indios
encomendados por el Repartimiento de Alburquerque en la hacienda de Don
Francisco de Valenzuela, en la villa de San Juan de la Maguana hacia el año de
1514, momento en que la etnia aborigen se encontraba en el ocaso de su
existencia. Una vez falleció Don Francisco, su hijo Andrés de Valenzuela pasó a
ser el dueño absoluto de la finca de su padre y el amo de todos los aborígenes
encomendados, incluyendo al cacique Enrique, de quien pasó a codiciar la yegua
que le había regalado Fray Bartolomé de las Casas y finalmente a su esposa
Mencía, a la que trató de violar y luego le propuso dejar a su marido para que
se quedara viviendo con él. Pero Mencía tuvo la reciedumbre moral de
rechazarle, pedir auxilio, contárselo a Enriquillo y finalmente mudarse con su
esposo a una casa modesta para evitar el roce y conflicto con el amo.
No obstante, Andrés de Valenzuela continuó el acoso a
la mujer de Enriquillo y a este no le quedó otra alternativa que ir a quejarse
ante la autoridad principal de San Juan, el teniente de gobernador, Pedro de
Vadillo, de las acciones de irrespeto y desconsideración que estaba tratando de
cometer su nuevo amo con su mujer. Pero en lugar de recibir protección, apoyo,
solidaridad y justicia en la autoridad, lo único que encontró fue reprimenda,
amenazas y finalmente prisión por varios días.
No conforme con el trato recibido por parte del
teniente Vadillo, Enrique le informó a su esposa Mencía de su decisión de ir a
la ciudad de Santo Domingo para llevar ante el alto tribunal de la Real
Audiencia su denuncia de la afrenta recibida por el ultraje que fue objeto su
mujer de parte de su nuevo patrón Andrés de Valenzuela. La respuesta recibida
por el cacique Enriquillo del alto tribunal de las Indias fue la de entregarle
una carta dirigida a su verdugo, el teniente de gobernador de San Juan de la Maguana,
Pedro de Vadillo, para que le diera respuesta a sus peticiones de justicia,
después de haber pasado hambre e infinitas penurias para llegar hasta la ciudad
principal de la colonia.
Enriquillo, con la ingenuidad que le caracterizaba,
acudió nuevamente ante el teniente Vadillo, quien le maltrató de nuevo verbal y
físicamente, al tiempo que le expresó que, si ponía una otra denuncia en contra
de Andrés de Valenzuela, no viviría para contarlo, porque él mismo se
encargaría de hacerlo prisionero por desacato a la autoridad. La cosa no quedó
ahí, ya que cuando Andrés de Valenzuela se dio cuenta que la ausencia de
Enrique por varios días se debía a que había ido a Santo Domingo a poner una
denuncia ante la Real Audiencia de Santo Domingo en su contra por ultraje,
intento de violación y robo, dejándolo casi por muerto, de los golpes que le
propinó. De esa manera, se ponía de manifiesto una vez más que la justicia en
una sociedad clasista siempre está del lado del poder y la riqueza, pero nunca
del lado de la verdad, los más humildes y desprotegidos, aún se hubiese criado
entre españoles, como ocurrió con el cacique Enrique.
Etapas de la rebelión del Bahoruco en su desarrollo.
La rebelión del cacique Enriquillo atravesó por
diferentes etapas claramente diferenciadas, siendo la primera el alzamiento
inicial contra los malos tratos, el acoso a su esposa Mencía y la persecución
de que fue objeto por parte del encomendero Andrés de Valenzuela y la actitud
de indiferencia asumida por la justicia colonial frente a las denuncias
reiteradas hechas por el indio rebelde ante las distintas instancias del
sistema de justicia de la villa de San Juan de la Maguana y de la ciudad de
Santo Domingo, capital de la isla La Española. En esta primera etapa las
tácticas y estrategias puestas en práctica por el cacique Enriquillo y los
suyos fue totalmente defensiva, donde jugaron un rol de gran relevancia las
diferentes acciones de inteligencia, espionaje y contraespionaje.
La Segunda etapa está relacionada con la embestida
realizada por el teniente de gobernador de San Juan de la Maguana, Pedro de
Vadillo, junto a su ejército contra la insurrección del jefe aborigen rebelde.
En esta etapa se mantuvieron las tácticas y estrategias defensivas, a lo que
sumó con gran maestría la implementación de la táctica ofensiva de guerrillas
móviles o guerra de guerrillas de autodefensa, integrada por grupos de 15 a 20
indígenas que le propinaron un golpe demoledor al teniente Vadillo.
La tercera etapa tiene que ver con las ofensivas
militares impulsadas desde la gobernación colonial y la Real Audiencia de Santo
Domingo contra la sublevación del cacique de Jaragua. En esta etapa Enriquillo
se empleó a fondo en crear una infraestructura que le permitiera sobrevivir en
las peores condiciones de lucha y adversidades, en el entrenamiento de un grupo
selecto de guerreros que tuviera en capacidad de utilizar armas convencionales
y armas no convencionales que le proporcionara la naturaleza, en el desarrollo
coordinado de una guerra de movimiento y una guerra de posiciones, en el
impulso de una guerra regular y una guerra irregular o de guerra de guerrillas,
en redoblar la labor de inteligencia y contrainteligencia frente al enemigo
para poder sobrevivir a las embestidas constantes de las autoridades coloniales.
La cuarta etapa estaba relacionada con los primeros
intentos de negociación llevados a cabo por Fray Remigio de Mejía y el capitán
Hernando de San Miguel. En tanto, la quinta y última etapa está relacionada con
el proceso de negociación que encabezaron el capitán Francisco de Barrionuevo y
el cacique Enriquillo, auspiciado por el emperador Carlos I de España y V de
Alemania, así como la emperatriz Isabel de Portugal y el Consejo de Indias.
Estas dos últimas etapas están relacionadas con la implementación de una guerra
de sobrevivencia, a la espera de mejores condiciones para llevar cabo un
proceso de negociación favorable a sus intereses, tomando en cuenta las
dificultades económicas de la colonia provocadas por diferentes causas y el
desgaste constante de las fuerzas enemigas.
Ahora procederemos a desglosar los detalles de cada
etapa de la Rebelión del Bahoruco, liderada por el cacique Enriquillo.
Alzamiento inicial contra el encomendero Andrés
Valenzuela y la indiferencia de la justicia colonial
Al comprobar que la justicia era solamente una ficción
para los descendientes de la población nativa y que nada podían esperar de las
autoridades españolas para contener los excesos y el asedio permanente del
mancebo Andrés de Valenzuela hacia su mujer, el cacique Enriquillo tomó la
determinación de sublevarse junto a los suyos para establecer comunidades en el
corazón de la sierra del Bahoruco, donde pudieran vivir en paz y tranquilidad,
alejados de todos aquellos que le habían hecho maldad.
Valenzuela, creyéndose amo y señor del cacique
Enriquillo y de todos los indígenas que estaban bajo su jefatura, fue a
buscarle en las inmediaciones de la sierra del Bahoruco para obligarles a
volver a trabajar de forma sumisa en su hacienda. Pero ya Enriquillo y su gente
habían tomado la determinación de sublevarse en las montañas encumbradas que
les vieron nacer para construir una vida digna y en abundancia para todos, por
cuya razón rechazaron la embestida de Valenzuela y sus asesinos, a varios de
los cuales eliminaron, a muchos hirieron y la vida se la perdonó al verdugo que
le había causado tanto daño, por respeto a la memoria de Don Francisco de
Valenzuela, quien en vida siempre les dio protección y buen trato.
Confrontación con el ejército del teniente de
gobernador Pedro de Vadillo de San Juan de la Maguana.
No bien se enteró el teniente de gobernador Vadillo de
lo que le había ocurrido a su protegido Andrés de Valenzuela ante Enriquillo,
procedió de inmediato a estructurar un ejército con alrededor de 250 personas
de las villas de San Juan de la Maguana y Azua para enfrentar al ejército
rebelde del cacique del Bahoruco.
Vadillo y su gente cayeron en la trampa de los
intrincados pasadizos de la sierra del Bahoruco, que los rebeldes conocían como
la palma de sus manos, pero que el ejército colonial español desconocía
totalmente, muy a pesar de que contaban con algunos indígenas prácticos que les
guiaban. De no ser por la magnanimidad de Enriquillo muchos de ellos hubiesen
muerto calcinados o asfixiados por la hoguera que varios indios rebeldes
encendieron en la entrada de una de las cuevas.
El mismo Vadillo logró salvar su vida porque abandonó
a sus compañeros de lucha a su suerte, logrando reunir al final de la acción
menos de la mitad de los soldados que le acompañaban. Muchos murieron en los
combates o aplastados por las enormes piedras y rocas, otros fueron heridos de
gravedad y otros fueron hechos prisioneros por las huestes bravías del cacique
Enriquillo.
Guerra ofensiva del ejército de la gobernación
colonial y la Real Audiencia de Santo Domingo contra la rebelión de Enriquillo
La gobernación colonial de la isla La Española
encabezada por el juez de residencia Rodrigo de Figueroa organizó una ofensiva
armada liderada por Diego de Peñalosa para someter la rebelión de Enriquillo en
el año 1520, muriendo el comandante en la acción militar y ocho soldados, los
cuales tenían como propósito apresar y esclavizar a los rebeldes. Una
declaración dada al tribunal de la Real Audiencia de Santo Domingo por
Francisco de Olmos, testigo de cargo, representante del Concejo de la Verapaz
(o más bien de la Yaguana, por el traslado de la villa a un nuevo paraje), en
comparecencia ante el Lic. Cristóbal Lebrón de Quiñónez, en representación del
Juez de residencia, Lic. Rodrigo de Figueroa, el 8 octubre de 1521, denunció
que:
“Ciertos indios que se dicen del Baoruco y Daguao, que
es en término de la dicha villa, se alzaron a los montes y sierras; e que no
sabe si fué en tiempo del dicho licenciado (Figueroa), o no; e que sabe que los
indios que así andaban alzados mataron cuatro cristianos; e que después dende
cierto tiempo mataron a un Peñalosa y a otros ocho cristianos. Preguntado qué
es lo que el dicho licenciado fizo e proveyó a cabsa desto? dijo que antes que
matasen a Peñalosa y a los otros ocho cristianos, este testigo, por parte de la
dicha villa, vino a hacer relación al licenciado de como andaban alzados
aquellos indios que habían muerto los dichos cuatro cristianos, pidiéndole que
los diese por esclavos; y que el dicho licenciado le dió un mandamiento para
que los indios que así andaban alzados, se diesen por esclavos y de los
principales dellos se hiciese justicia; y que este testigo envió el dicho
mandamiento a la dicha villa; y que por razón del dicho mandamiento, fué el
dicho Peñalosa y la otra gente con él, do le mataron a él y a ocho hombres,
como dicho tiene; y que no sabe este testigo que el dicho licenciado proveyese
más en razón de lo susodicho, e que si lo proveyera, que este testigo lo
supiera, porque estaba en esta ciudad por procurador de la dicha villa; y que
muchas veces le pidió el hierro para poder herrar los indios que asi andaban
alzados que habían sido en muerte de cristianos, y que nunca se lo quiso dar.
Preguntado si sabe que el dicho licenciado supiese de como los indios andaban
alzados y mataron al dicho Peñalosa y a los otros, dijo que sí supo porque fué
muy público, como porqué este testigo le dió petición sobrello y una carta en
nombre de la villa” (Archivo General de Indias, Justicia, Legajo 45, Ministerio
de Cultura y Deportes de España
http://pares.mcu.es/ParesBusquedas20/catalogo/find?idAut=94240&archivo=10&tipoAsocAut=1&nomAut=Isla+de+Santo+Domingo+%28Rep%C3%BAblica+Dominicana+y+Hait%C3%AD%29;
De Utrera, Fray Cipriano, 2004: 160-161).
Con esta acción contundente frente a las autoridades
coloniales centrales, Enriquillo mandaba un mensaje claro de que su decisión de
sublevarse contra los abusos y maltratos no tenía vuelta atrás y que estaba
dispuesto a correr los riesgos que fueran necesarios en aras de lograr el
respeto a su dignidad y a la de los suyos.
Esta y otras acciones antecedentes y subsecuentes les
demostraron a los españoles que el indio que ellos habían educado en una
actitud sumisa y dogmática como parte de la enseñanza cristiana, había
despertado de su letargo y estaba dispuesto a hacer justicia con sus propias
manos, ya que el máximo tribunal de alzada se había mostrado incompetente para
resolver un conflicto doméstico de carácter sencillo y ordinario.
Entre los años de 1521 y 1523, coincidiendo con la
mayor parte del segundo gobierno del virrey y almirante Diego Colón, no hubo
ninguna acción militar significativa contra los indios alzados del Bahoruco, lo
que en gran parte se explica por los conflictos periódicos que se suscitaban
entre la Real Audiencia y el gobernador de la isla La Española, por un lado, y
entre éste y el Tesorero General de las Indias, Miguel de Pasamonte, por el
otro.
El 16 de septiembre de 1523 el virrey Diego Colón se
marchó de Santo Domingo hacia España, requerido por el emperador Carlos I de
España y Carlos V de Alemania en virtud de los múltiples conflictos en que se
vio envuelto con el alto tribunal de justicia de Santo Domingo. Un mes después
las autoridades coloniales habían tomado la decisión de hacerle la guerra a los
indios sublevados del Bahoruco.
La disposición formal de la guerra se hizo el 18 de
octubre de 1523, lo cual quedó consignado en los libros de cuentas del Tesoro,
como testimonio de lo prescripto con relación al propósito a que se destinaban
las cantidades recaudables por la medida de contribución cargada a los vecinos
de Santo Domingo y a la población de la isla La Española en general,
consistente en el establecimiento de sisa o impuesto sobre la carne que se
consumía en esta Isla y sobre el vino que se traía a ella. El texto de la
declaración de guerra para castigar a los indios alzados del Bahoruco, de la
referida fecha, dice así:
“En la cibdad de Santo Domingo, en la Isla Española,
diez y ocho días del mes de octubre, año del Nacimiento de Nuestro Salvador
Jesucristo de mil y quinientos y veinte y tres años, estando en su Consulta los
Señores Oidores y Oficiales de S. M.; porque es muy público y notorio los
grandes daños y muertes y robos y escándalos que los indios y negros que anda
alzados hacen; por los atajar y poner remedio en ello, acordaron de les hacer
guerra; y porque para los sueldos de la gente y armadas y bastimentos…y
aparejos que para ella son necesarios, habían de hacer muchos gastos y costa en
grandes y crecidas cantidades, y esta Isla Española no tenía dineros ni propios
de que lo pagar y suplir;…y porque el bien fuese general, acordaron de echar
sisa sobre la carne que se come en esta Isla y sobre el vino que se trae a ella
en esta manera: sobre cada arrelde de carne un maravedí, y sobre cada cuartillo
de vino una blanca, y de cada pipa de vino trescientos y setenta maravedís; la
cual dicha sisa de vino se cobre de las personas que lo trajeren a esta Isla,
los cuales cobren lo que ansi prestaren de las personas que lo compraren lo que
ansi llevaren, vendiendo el dicho vino, de manera que la comunidad que gasta el
dicho vino, por menudo pague la dicha sisa, para que de ello se suplan y paguen
los dichos gastos y costas de la dicha guerra; lo que mandaron pregonar
públicamente” (Archivo General de Indias, Justicia, Legajo 50, Ministerio de
Cultura y Deportes de España.
http://pares.mcu.es/ParesBusquedas20/catalogo/find?idAut=94240&archivo=10&tipoAsocAut=1&nomAut=Isla+de+Santo+Domingo+%28Rep%C3%BAblica+Dominicana+y+Hait%C3%AD%29).
El proceso de preparación de la acción armada contra
el Bahoruco, relacionado con los barcos, hombres, armas, municiones y
mantenimientos, realizados con el oro de las cajas reales, en función de
préstamos y cargos de los negociantes de guerra, provocaron grandes retrasos en
el inicio de la ofensiva contra los sublevados, por las fianzas que se pedían
para los oficiales reales, produciéndose situaciones en que hubo que buscar
garantizadores de las fianzas.
Varios de los conquistadores y exploradores que
vinieron a vivir a La Española para desde aquí partir hacia Tierras Firmes,
como fue el caso de Rodrigo de Bastidas, que había mostrado su decisión de
involucrarse en la ofensiva contra el Bahoruco,
hacia el año de 1524 se enteró que sus epígonos en el Consejo de Indias
les tenían noticias favorables de la actitud positiva del rey en torno a la
posibilidad de conquistar y poblar a Santa Marta, lo que le llevó a asumir una
postura de indecisión en torno a la rebelión de Enriquillo y en 1525, cuando ya
tenía en sus manos los racionamientos reales para dedicarse a su propia
empresa, se mostró totalmente ajeno a esta acción rebelde. Procedió a comprar
cuatro barcos y los puso a nombre de otras personas de su confianza para evitar
litigios y aprietos hasta que pudo pagar sus deudas y sonsacar a muchos de los
hombres que se estaban alistando para ir al Bahoruco, pagándole desde 10 hasta
20 pesos de oro, lo que le permitió congregar alrededor de 450 hombres que se
fueron con él a Santa Marta. Algo similar ocurrió con el oidor Lucas Vázquez de
Ayllón, quien, tras regresar de España y Puerto Rico, se embarcó en una costosa
y desafortunada expedición de conquista y poblamiento de la península de la
Florida.
Para evitar que surgieran nuevas demoras y situaciones
que pudieran frustrar definitivamente la empresa esclavista del Bahoruco, salió
una primera expedición con el oidor Juan Ortiz de Matienzo en 1523 y
posteriormente otra con el capitán Pedro de Vadillo y su teniente Iñigo Ortiz,
durante el año de 1525.
El oidor de la Real Audiencia, Juan Ortiz de Matienzo,
aprovechó que el virrey Diego Colón había regresado a la península Ibérica
emplazado por el rey de España, armó por su cuenta en el año 1523 una
expedición para enfrentar la sublevación de Enriquillo, en la región del
Bahoruco de la isla La Española. El
propósito de esta ofensiva era obtener una mayor cantidad de oro con la venta
de los indios que tomase antes de irse a España, postergando así una licencia
que le habían concedido hasta después del triunfo de esta súbita e imprevista
acción militar. Esta operación fue totalmente desarticulada por la labor de
inteligencia y la acción coordinada desarrollada por los rebeldes del Bahoruco.
El tribunal de la Real Audiencia hacia el año 1525
también auspició una acción ofensiva durante la gestión del gobernador de la
isla La Española Sebastián Ramírez de Fuenleal, que encabezaron el capitán
Pedro de Vadillo y el teniente Íñigo Ortiz con apoyo de la ciudad de Santo
Domingo y los soldados españoles más experimentados, resultando en una derrota
totalmente aparatosa, por cuanto implicó que los alistados habían recibido una
paga de las Cajas Reales, ascendente a 4
mil 389 pesos oro, tal como se consigna en el presente documento:
“Paresce que montó el gasto que se fizo en dos armadas
que se ynbiaron contra los dichos yndios, de que fueron por capitànes Pedro de
Badillo e Iñigo Ortiz, quatro mill e trezcientos e noventa e ocho pesos e dos
tomines e cinco granos, e deste despacho tovieron cargo Xacome de Castellón e
Lope de Vardeci, e se despacharon en el año de mill e quinientos e veynte e
cinco años. Ansimesmo paresce que dio e pagó Xpbal de Sancta Clara, Recebtor de
las sisas en esta Cibdad de Sancto Domingo a la xente que tobo en las dichas
armadas quatrocientos pesos de oro, segund paresció por los libramientos e
quentas que se tomó.” (Archivo General de Indias, Justicia, Legajo 50,
Ministerio de Cultura y Deportes de España.
http://pares.mcu.es/ParesBusquedas20/catalogo/find?idAut=94240&archivo=10&tipoAsocAut=1&nomAut=Isla+de+Santo+Domingo+%28Rep%C3%BAblica+Dominicana+y+Hait%C3%AD%29).
Las dos expediciones armadas formaron un cordón entre
Yáquimo (hoy Jacmel) y la Yaguana (hoy Léogane) y avanzaron hacia el oriente,
con el propósito de asediar a los alzados en alturas que pasan de 2.300 metros
y las menores de 1.500. Ahínco infecundo, porque retirándose los indígenas y
dejando rastros para ser seguidos, invariablemente no presentaban el cuerpo
sino cuando los españoles carecían de agua, provisiones y sandalias, porque
cuando intentaban descansar para restablecer sus fuerzas, eran picados e
insultados por los rebeldes, resultando estos también con fuertes bajas.
La cédula real del 17 de noviembre de 1526 vino a
poner en estado de decadencia total la guerra esclavista en las Indias. Si bien
el oidor Ortiz de Matienzo se apartó totalmente de la empresa por la
frustración experimentada de su propia utilidad antes de emprender viaje a
España, y lo mismo hizo Pedro de Vadillo, capitán que ni en el llano fue capaz
de sacar ventajas ni propias ni en favor de la causa común, los rebeldes le
infringieron derrotas demoledoras en los intrincados vericuetos de la sierra
del Bahoruco, de las que nunca pudieron recuperarse las tropas coloniales
españolas (De Utrera, Fray Cipriano, 2004:193).
Acciones del capitán Hernando de San Miguel y primer
intento de negociación de Fray Remigio con Enriquillo
El capitán Hernando de San Miguel armó una nueva
expedición en 1526 con ochenta hombres, la cual se constituyó en la última
esperanza en que los esclavistas españoles habían depositado su confianza,
dadas las artimañas y el vigor físico que le adornaba como personaje capaz de
luchar igual al amparo y desamparo del terreno inculto, ríspido e inclemente,
como la región del Bahoruco, según la posesión que en él tenían los
combatientes. En su calidad de capitán
de guerra designado por la Real Audiencia de Santo Domingo, puso al rebelde
Enriquillo en serios aprietos tras su aparición inesperada en el cuartel
general del cacique, hasta el punto de que pidió la paz como ardid y luego la
demora que hizo para no convenir definitivamente en ella.
Es importante observar lo que dice sobre este
particular una comunicación de la Real Audiencia de Santo Domingo al emperador
Carlos I de España y Carlos V de Alemania, de fecha 30 de marzo de 1528:
S.C.R.M. — Relación de las cosas tocantes a la guerra
de Inriquillo e de otros yndios alzados que andan en el Bauruco, e de lo que en
ella se a gastado e fecho de costa fasta agora, e del estado en que agora está,
e de lo que conviene al servicio de V. M. se provea en lo de adelante fasta
fenecer e acabar la dicha guerra:
Por las cartas que últimamente se an escripto desta su
real Abdiencia a V. M. se a fecho relación de los muchos dapnos questa xente de
yndios alzados, que andan con el dicho Inriquillo, an fecho e cada día fazen en
esta ysla, ansí en matar crisptianos españoles e robar mucha cantidad de oro
que an robado, como en despoblar los caminos e estancias e ventas; e como a
esta cabsa se an proveído ciertos capitànes con xentes para hacelles la guerra,
e lo mucho quen ello se a gastado, la relación de todo lo qual embiamos
xuntamente con esta a V.M.
Por esta Real Audiencia se proveyó un capitán con
ochenta españoles e con todo lo necesario para fazer e continuar la guerra; e
este capitán e xente posieron en tanta necesidad al dicho Inriquillo e a los
dichos yndios alzados, ansí por aver tomado muchos dellos como por avelles
destruido los mantenimientos e comida que tenian en la dicha tierra del
Bauruco, que, constreñidos de anbre e de la dicha necesidad, vinieron en
plática con el dicho capitán e españoles, diciendo que querían paz, e ansi se
sentó con ellos la dicha paz por parte del dicho capitán; e para efectualla, se
llamó al Padre fray Remixio, de la Orden de San Francisco, e tomaron asiento con
ellos que se fuesen a una provincia desta ysla para que allí fiziesen su
pueblo, e se les daría lo necesario para su sustentación, como es vacas e
ovejas e otros aparexos para labrar, e que quedasen libres como los otros
vasallos de V.M., e que no toviesen otra premia, salvo de guardar e traer los
negros e yndios que se alzasen e uyesen. E ansi se partieron unos e otros muy
alegres con este asiento, para que a cierto tiempo se tornasen a xuntar; e al
día que se concertó fue el capitán en el dicho frayle, e los dichos yndios no
vinieron como quedó concertado, salvo que fallaron en el lugar fasta mill e
quinientos pesos que los yndios dexaron allí; fuese a ver por el dicho capitán
si el asiento que se señaló para el pueblo si eran ydos allá a comenzar a poblar,
e también non se falló rastro de ellos ni fasta agora se a podido fallar ni han
complido cosa, nin vuelto hablar con el dicho capitán. Agora an fecho cierto
dapno, e es que vinieron a una estancia del mismo capitán, e se la destruyeron
e mataron ciertos yndios e llevaron ciertas yndias e cavallos e todo lo que en
la estancia avía, e quemaron los bohíos e ahorcaron a un muchacho de tres años,
por manera que tenemos por ronpida la cosa, porque fasta agora todavía no se
tovo esperanzas que venían de paz a conplir las pazes, e se buscaron todos
medios para ello.
La guerra a turado e se a gastado tanta cantidad
quanto aquí imbiamos por relación a V. M., ansi por ser la tierra del dicho
Bauruco en donde estos yndios andan alzados muy áspera e de grandes montañas e
pobre de agua, que non se puede andar con bestias, e que tienen de largo más de
sesenta leguas e a esta cabsa es muy dificultosa ansi para andar españoles por
ella como por falta de agua e mantenimientos, que todo lo an de llevar los
españoles a sus cuestas e de algunos yndios que consigo traen; por manera que
cada vez que van a entrar al mexor tienpo y quando ya van en rastro o cerca de
los yndios alzados, se les acaban los bastimentos e an de tornar de necesidad
más de quarenta leguas a tornarse abastecer; de todo lo qual de todas las otras
ventajas que destas se siguen, tienen conoscimiento los yndios alzados e les
fazen andar tras si fasta que se les acaban los bastimentos a los españoles.
Por todos estos respetos y por la esperiencia de lo pasado, nos paresce que
para fazelles la guerra, conviene ante todas cosas, para que brevemente se
acaben proveer a estas dificultades, poner los bastimentos en paraxes e partes
que, andando los españoles tras los dichos yndios alzados, nos les dexen de
seguir por falta dellos, e puedan proveer en sus tienpos e logares para que la
guerra non cesase, e doquiera que les tomase la necesidad de los bastimentos,
los tengan para se proveer dellos; e con esto e con lo que adelante diremos,
creemos, con ayuda de Dios, que muy brevemente se fenescerá e acabará esta
guerra tan perjudicial e que en tanta confusión tiene esta ysla.
Demas de proveer los bastimentos en la manera que dixe
en el capítulo antes deste, que se fará con arta costa, es menester proveer de
ciento e cinquenta onbres españoles que anden a la contina en las dichas
tierras del Bauruco en seguimiento de los dichos yndios en tres quadrillas o
capitanías, e otros tantos yndios de los domésticos; porque cada español a
menester sus yndios que ansimesmo fazen mucha costa, que cada español lleva
quatro pesos de sueldo cada mes; dos yndios ansimesmo se pagan, porque son
naborias de por fuerza de los vezinos, non yndios de repartimiento, porque casi
non los ay.
Demas desto conviene que vaya un Oydor desta Real
Abdiencia a residir en Sant Juan de la Maguana, ques el pueblo más cercano a
las dichas tierras del Bauruco, porque tengan abtoridad desta negociación, ansí
para fazer e proveer los bastimentos e solicitud necesaria e mandar e proveer
lo que fuere menester para ello, como para que vea por vista de oxos la
deligencia que se pone en el fazer la dicha guerra; porque a cabsa de faltar
persona de abtoridad, se a dexado de conplir lo uno e lo otro, e a avido mucha
floxedad e negligencia en la prosecución desta guerra; e también la xente se a
amotinado contra el capitán, todo lo qual cesará; algunos dellos se an
castigado por ello…
Y fasta en tanto que viene la respuesta e mando de V.
M. de lo que en ello es servido que se faga, nosotros entretendremos al capitán
e quarenta onbres que con él anden, porque podrá ser que la guerra se concluya
por vía de paz, o a lo menos no darán lugar a que los yndios se refagan de
labranzas e de más yndios e aparexos; sobre todo suplicamos a V. M. mande
proveer lo que su real servicio sea. Fecha en Santo Domingo a treinta días de
março de mill e quinientos e veinte e ocho años.
De V.C.R.M. umildisimos siervos e criados que sus
reales pies e manos besan, el licenciado Espinosa el licenciado Cuaço” (Archivo
General de Indias, Patronato, Legajo 174, Ministerio de Cultura y Deportes de
España
http://pares.mcu.es/ParesBusquedas20/catalogo/find?idAut=94240&archivo=10&tipoAsocAut=1&nomAut=Isla+de+Santo+Domingo+%28Rep%C3%BAblica+Dominicana+y+Hait%C3%AD%29).
En esta comunicación enviada por los miembros de la
Real Audiencia de Santo Domingo, Gaspar de Espinosa y Alonso de Zuazo,
informaban al rey Carlos I de España y V de Alemania de las dificultades
económicas por las cuales atravesaba la colonia para poder continuar la guerra
contra el cacique Enriquillo y demás indios sublevados en la sierra del
Bahoruco.
Muy rápidamente el capitán Hernando de San Miguel se
quedó sin gente, primera consecuencia de la falta de finanzas, de haberse
deshecho los antiguos tratos de captura de los indos alzados con fines
esclavistas, las fiduciarias (fianzas, hipotecas y prendas) disueltas y
convertidas en nuevas obligaciones de la hacienda real y los prestamos
voluntarios (que proveían fundamentalmente mercaderes), generando esto una
deserción masiva en virtud del atraso en la paga a aquellos soldados de guerra
(De Utrera, Fray Cipriano, 2004: 193-194).
Por otra parte, la destrucción sistemática de los
sembradíos de los alzados en terrenos ya trillados por españoles con guías
indígenas expertos de aquellos montes, obligó a Enriquillo a retirarse con su
gente mucho más al oriente, y a cesar temporalmente en sus incursiones, las
que, forzosamente, para ser eficaces, le ponían en el trance de alejarse
demasiado de sus naturales defensas; y, por la misma razón, una parte de los
combatientes advenedizos se vio tentada a abandonar el Bahoruco y al irse a
otras provincias, contagió con su rebeldía a los hatos, estancias y conucos que
había por doquier. La guerra cambió de aspecto; se crearon diversas cuadrillas
que, acantonadas en parajes determinados, estuvieron a la mira de novedades y
que, con el favor natural de la tierra, pudieran destruir a otras tropas
similares de indios alzados (De Utrera, Fray Cipriano, 2004: 194).
El monto que se gastó en esta expedición liderada por
el capitán Hernando de San Miguel fue del orden de los 10 mil 663 pesos oro,
mientras que lo gastado en general hasta el mes de marzo de 1528 en la guerra
contra los rebeldes del Bahoruco ascendió a 19 mil 61 pesos oro y las sisas o
impuestos recaudados entre la población por los gravámenes que se les
impusieron a la carne y al vino rondaban los 11 mil 632 pesos. Así lo confirma
un documento de Contaduría firmado por el contador Diego Caballero, que dice lo
siguiente:
“Íten, paresce que fue dado e pagado a Pero de
Talavera de la dicha guerra diez mill e seiscientos e sesenta e tres pesos para
el despacho de la armada de que fue por capitán Hernando de San Miguel, y para
la paga de la xente que en ella a servido, paresce que suma lo gastado fasta
agora en la guerra e conquista del Baoruco diez e nueve mill e sesenta e un
pesos e dos tomines e cinco granos de oro, sin muchas contías de pesos de oro
de cosas que se an tomado e prestado, para la guerra de sueldos e la xente, e
de mantenimientos e otros adereços que an sido necesarios para ella por la
paga, de lo qual nos fallamos muy fatigados. (Sigue la relación del monto de
las sisas que fue) «fasta agora onze mill e seiscientos e treinta e dos pesos e
cinco tomines e onze granos”. Firma de Diego Caballero, contador, 31 de marzo
de 1528 (De Utrera, Fray Cipriano, 2004: 194).
Esta situación puso de manifiesto que el principal
escollo con que contó el ejército colonial español fueron las dificultades
financieras, que le impedían mantener un ejército regular y profesional que
asediara permanentemente a las tropas sublevadas que lideraba el cacique
Enriquillo en las encumbradas montañas de la sierra del Bahoruco. A esto hay
que agregar la desmoralización que sufrieron estos hombres sin ninguna
experiencia militar reclutados supuestamente en calidad de voluntarios, pero en
su mayoría por la fuerza, frente a un grupo rebelde bien entrenado,
disciplinado, con una mística, una táctica y una estrategia muy bien diseñadas
y aplicadas al pie de la letra.
Tras el encuentro inesperado de Enriquillo con el
capitán Hernando de San Miguel, el sacerdote Fray Remigio Martínez, de la orden
de los Franciscanos, intervino ante su antiguo alumno Enrique para que
considerara la posibilidad de un proceso de negociación que le permitiera
reintegrarse a la sociedad colonial, para lo cual le pidió que, como primer
paso, procediera a entregar el tesoro en oro y perlas que habían incautado a un
barco español que provenía de Tierra Firme y que trataba de capturar a los
rebeldes para esclavizarlos.
Lo único que le prometió Enriquillo a su maestro, el
padre Remigio, fue devolverle el tesoro sustraído al día siguiente al capitán
San Miguel, a quien le había prometido juntarse para discutir los términos de
un proceso de negociación. Temprano de la mañana envió a varios de sus acólitos
a colocar el oro y perlas en el lugar acordado, ocasión que aprovechó para
moverse con su gente al lado oriental de la sierra del Bahoruco.
Cuando San Miguel fue a buscarle a donde le había
tomado por sorpresa, Enriquillo y su gente ya se habían ubicado en lugares
inaccesibles de las montañas y tras esfuerzos inútiles por encontrarles sus
fuerzas se fueron debilitando hasta reducirse a su mínima expresión y se vio
obligado a regresar a Santo Domingo con el botín recuperado.
Acuerdo de paz del Cacique Enriquillo-Capitán
Barrionuevo-Pedro Romero para poner fin a la Rebelión del Bahoruco
Ante los múltiples gastos en que habían incurrido la
corona española y la colonia de Santo Domingo para sofocar la sublevación del
cacique Enriquillo, el Consejo de Indias, presidido por el rey Carlos I de
España y V de Alemania y por la emperatriz Isabel de Portugal, al encontrarse
el soberano en guerra contra otras naciones europeas, tomó la decisión de
designar al capitán general Francisco de Barrionuevo.
Barrionuevo, aspirante a gobernador en las Indias,
antiguo poblador de Puerto Rico, hacendado en la Mona, proveedor de bastimentos
para la guerra del Bahoruco y conocedor de los pormenores de la guerra contra
Enriquillo, fue designado como el responsable de una flota de 200 hombres que
debía conseguir en la región de Andalucía para embarcarse a La Española y así
combatir al cacique rebelde. A estos se les proveyó armas, municiones y barcos
para que le trasladasen al puerto de Santo Domingo, con la encomienda de poner
fin al alzamiento de Enriquillo en un tiempo no mayor de tres meses tras su
llegada a La Española.
El capitán Francisco de Barrionuevo llegó al puerto de
Santo Domingo el 20 de febrero de 1533 con una tropa de 180 hombres y de inmediato
se comunicó con el gobernador de la isla La Española, Alonso de Zuazo, y los
demás miembros de la Real Audiencia de Santo Domingo a quienes le presentó la
comunicación que le envió la emperatriz Isabel de Portugal y con los cuales
coordinó todo lo relacionado con la guerra que debían hacerle a Enriquillo y a
los demás sublevados de la sierra del Bahoruco.
A continuación, se presenta la carta enviada por los
miembros de la Real Audiencia a la emperatriz o reina Isabel de Portugal
firmada por los miembros de la Real Audiencia Zuazo, Infante y Vadillo, de
fecha 12 de marzo de 1533:
“La nao imperial de V. M. entró en este puerto de
Santo Domingo a veinte de este mes; navegó desde Gibraltar cuarenta y cinco
días. En ella vino Francisco de Barrionuevo, capitán de la guerra del Bauruco,
y trajo ciento y ochenta hombres labradores y oficiales, al parecer muy buena
gente, de la que esta Isla tiene necesidad para la población de ella; y luego
que llegó, los hicimos aposentar entre los vecinos, y se les da el mantenimiento
necesario; y porque con mayor voluntad lo hiciesen, nosotros fuimos de los
primeros que en nuestras casas los recibimos (al margen: que está bien). Y porque no ha más de cuatro días que la nao
es llegada, no habemos dado asiento en la orden que se tendrá en el hacer la
guerra porque, como sea cosa de tanta calidad, hase de hacer con parecer de
todos los vecinos, y así se ha comunicado con los más principales, y con las
primeras naos haremos relación de lo que en ello se hiciere. Fue muy gran merced
la que V. M. hizo a esta Isla en les enviar este socorro de gente.
A la continua habemos hecho relación a V. M. de
trabajo que en esta Real Audiencia se ha tenido y tiene en el proveimiento
delas cosas para la guerra del Bauruco, y que no ha bastado ni basta mandarlo a
los que tienen cargo de ello, sino con nuestras mismas personas solicitar el
despacho de ello como cosa que tanto importa para la pacificación y población
de esta tierra; porque si así no se hubiera hecho, según las cosas de esta guerra
han sucedido, tenemos por cierto que esta Isla estuviera muy al cabo. Y sobre
todo sufrir a nuestras orejas cada día los clamores de toda la tierra, que se
quejan y han quejado de las sisas y repartimientos que se les han echado para
este negocio; a tanto ha llegado la cosa que en los púlpitos los predicadores
lo decían, queriendo dar a entender que V. M. a costa de su Real Hacienda es
obligado a pacificar la tierra y allanar los caminos de ella. Y, sobre todo, un
trabajo intolerable con estos Oficiales para lo que de hacienda de V. M. se
manda gastar en ello; y como los días pasados hicimos relación a causa del
Tesorero dilatar la paga de una cuadrilla, fue ocasión que los indios
cimarrones matasen la mujer del español y otros indios, y robos que hicieron en
la villa de Puerto Real; y el mayor de todos es que agora habemos sabido que
los Oficiales hicieron cierta relación a V. M. que en esto de los gastos no se
hacía como convenía, y que sería más bien el tomar de las cuentas se cometiese
al licenciado Pedro Vázquez, habiendo sucedido con ellos que por esta Real
Audiencia aquella sazón que ellos hicieron la relación, les fue mandado que
luego entendiesen en tomar las cuentas a los receptores y otras personas que
tenían cargo de ello, y, si en ello hallasen algún fraude, nos lo hiciesen
saber para que se proveyese.
Agora, estando entendiendo en este despacho del
capitán Francisco de Barrionuevo, como adelante haremos relación, el licenciado
Pero Vásquez nos trajo a mostrar una su Real Provisión por donde V. M. le
comete el tomar de las cuentas de las que no han sido tomadas, que no ha sido
poco embarazo para este despacho, porque los mercaderes que proveían estas
cuadrillas para cobrar la dicha sisa, no quieren dar de sus tiendas más ropa, y
ha sido necesario sanear nosotros a otros mercaderes que lo provean porque no
cese la guerra, como V. M. nos lo manda, que no hay hombre que quiera servir en
la guerra, ni persona que ose dar fiado para ella, como antes lo solían hacer.
El capitán de la nao de V. M. presentó en esta Real
Audiencia una cédula de V. M., por donde manda que se tome toda la carga de
cualesquier navíos que hubiese en este puerto y se dé a la nao imperial, y,
conforme a ella, se hará lo que V. M. manda, y a esta causa se ha detenido el
despacho de esta nave, de manera que ha habido lugar de platicar y dar orden en
las cosas del Bauruco; y así habemos juntado a los vecinos principales de la
tierra todas las veces que nos ha parecido, y después de haberles propuesto la
voluntad de V. M., que es que esta guerra se acabe, y la merced que a esta Isla
hace en le ayudar con esta gente que el capitán Barrionuevo trajo, y comunicado
con ellos y con el capitán lo que en este negocio nos parecía, y, habiéndoles
oído a cada uno en común y particular, y recibido algunos pareceres de personas
que por escrito lo han dado, habiéndolo primeramente encomendado a Dios Nuestro
Señor como cosa de tanta importancia, dimos en ello el asiento y parecer que
con la presente enviamos a V. M. que va juntamente con todo lo que en este caso
ha pasado después de venido Francisco de Barrionuevo; que, en suma, es que la
guerra se haga con todo el número de gente que de la Isla se pudiere sacar,
según la posibilidad de la tierra, y que para juntar toda la gente y llegar los
mantenimientos y armas y otros aderezos que serán necesarios, será necesario
dilación de tiempo.
Que entretanto el capitán Barrionuevo vaya con treinta
y cinco hombres de las cuadrillas que en el campo se traen con otros tantos
indios domésticos y algunas guías, y lleve consigo dos parientes del cacique
Enrique, de quien él se ha confiado otras veces que le han hablado y procure de
asentar con él la paz que V. M. manda, enviándole con uno de sus deudos la
carta que V. M. le manda escribir, que podrá ser que viendo la real firma de V.
M., él concluya con él lo que tantas veces por el Presidente y por esta Real
Audiencia se ha procurado, y que, no queriendo venir en lo de la paz, que con
la gente que llevare, que será la mejor que en toda la tierra se hallare, procure
de hacer una entrada en el Bauruco y ver el estado en que está aquella tierra,
y qué gente trae Enrique, y escriba luego a esta Real Audiencia lo que será
necesario proveerle para que luego se le envíe. Y que para mejor lo efectuar
vaya de este puerto por la mar en una carabela, que será camino mucho más
presto y de más ventaja que ir por la tierra, con los avíos y guías y otros
aderezos que para la guerra son necesarios, según la experiencia que de ello se
tiene. Y así se queda entendiendo en este despacho, y el capitán aprestándose
para ello, y lo más en breve que se pudiere lo despacharemos de este puerto. Y
a los pueblos se enviaron las cartas que V. M. les mandó escribir para que
todos estén prestos para cada y cuando el capitán escribiere.
En lo de la gente que Francisco de Barrionuevo trajo,
ya hicimos relación que toda era gente para el campo, y por nuevamente venidos
de esos Reinos no era cosa de enviarlas a la guerra, porque demás que no se
hacía ninguna hacienda con ellos, parecía inhumunidad enviarlos a padecer en
aquellas sierras; y así el capitán dijo por escrito que la intención de V. M.
no fue que éstos fuesen a la guerra, sino que quedasen en las haciendas de los
españoles en lugar de los otros que de ellos se sacasen para la guerra, porque
no ignoraron que no eran gente para ello, y conforme a esto se les dio licencia
que asentasen con los vecinos de la Isla e hiciesen sus partidos como mejor
pudiesen; conque quedaron obligados de servir en la guerra cada y cuando que
los llamasen, y así están repartidos por los pueblos de ella.
Y en tanto que el capitán va a asentar la paz y hacer
la entrada, se harán a los mantenimientos de la Isla y les habrá probado la
tierra de manera que para entonces, si la guerra hubiere de ir adelante, a lo
menos estarán algunos de ellos para poder servir en ella. Y éste fue el mejor
asiento que en este negocio nos pareció que se debía tener” (Archivo General de
las Indias, Santo Domingo, Legajo 49, Ministerio de Cultura y Deportes de
España. http://pares.mcu.es/ParesBusquedas20/catalogo/find?idAut=94240&archivo=10&tipoAsocAut=1&nomAut=Isla+de+Santo+Domingo+%28Rep%C3%BAblica+Dominicana+y+Hait%C3%AD%29).
Como se ha podido leer, las personas que trajo consigo
el capitán Francisco de Barrionuevo eran personas sin ninguna o muy poca
experiencia en el arte de la guerra y mucho menos para enlistarse para
participar en una campaña tan difícil como la de las escabrosas e inhóspitas
montañas del Bahoruco. Esta fue una de las razones que se valoró en la reunión
que sostuvieron las autoridades coloniales y Francisco de Barrionuevo con
algunos vecinos de la ciudad de Santo Domingo, en favor de que se optara en
primer lugar por la paz con el cacique Enriquillo y su gente, antes de
declararle la guerra abierta.
Para llevar a cabo esa acción, Barrionuevo se haría
acompañar de tan sólo de 35 hombres de las cuadrillas que estaban en el campo
con igual cantidad de indios domésticos, algunos guías y dos parientes del
cacique Enrique, en quien él había confiado en otras ocasiones en que se le
había hablado y procurado asentar la paz. Este proceso de paz lo había
dispuesto el emperador Carlos I de España y V de Alemania mediante carta
dirigida a Enrique, la cual se le enviaría con uno de sus familiares, en la que
pudiera ver la firma real del soberano español.
En esta comunicación se le solicitaba al cacique
Enriquillo la sumisión ante Su Majestad, le perdonarían todo lo ocurrido
anteriormente, se le otorgarían a él y a su gente tierra y todo tipo de
facilidades para que pudieran establecerse donde ellos decidieran y ejercieran
su propio gobierno, teniendo como única sujeción la autoridad del Monarca.
Trascurridos cincuenta días de haber llegado Francisco
de Barrionuevo a la Isla, salió del puerto de Santo Domingo por mar para
desembarcar en la villa de Yáquimo. El capitán Barrionuevo duró dos meses y
medio para dar con el paradero del cacique Enriquillo, la sumisión de éste se
logró como resultado de la acogida del perdón real.
Tan solo hubo dos o tres horas de comunicación entre
españoles e indios, el mayor tiempo empleado entre el capitán Barrionuevo y
Enriquillo, el cual no fue suficiente para que la paz quedase asegurada o que
siquiera el cacique quedara totalmente convencido de ella. Incluso los acompañantes de Barrionuevo
volvieron con él a la carabela con la mala impresión de dejar a Enriquillo tan
receloso y poco menos que malhumorado por las evasivas del capitán a
presentarles los indios que lo habían conducido hasta él y que permanecieron a
bordo del barco.
Barrionuevo tenía apuro de volver a Santo Domingo y
continuar a su destino. No hubo en él la intención de mantener el diálogo con
el cacique rebelde, habiendo hecho mil reparos de la verdad del negocio. De
aquí se derivó que Enriquillo, asesorado de los españoles y aún por el mismo
capitán, proporcionase como comisionado a uno de los suyos, al indio Gonzalo,
para que, yéndose con los españoles, hablase con los Oidores y recibiese de
ellos cuanto le había pedido a Barrionuevo, considerando que por este medio
llegaría a convencerse de la sinceridad con que aquel perdón se le había
prometido.
Como el Soberano estaba personalmente empeñado en este
asunto, la celeridad de Barrionuevo en esta situación era un caso grave en
materia de buen gobierno, y se hizo necesario remediarla con providencias
inmediatas. Los Oidores de la Real Audiencia de Santo Domingo convocaron al
obispo Bastidas, oficiales reales, regidores y principales vecinos, al debate
acaecido con asistencia del propio Barrionuevo. De esto se dió cuenta el
emperador Carlos I y Carlos V por las palabras contenidas en la carta que le
enviaron 1 de septiembre de 1533, quince días después de haber sido despachado
Pedro Romero para sosegar al indio y perfeccionar la obra inconclusa del
capitán Barrionuevo, convicto de haber procedido con demasiada precipitación en
un negocio tan importante y serio, después que la realeza había puesto tanta
confianza a su cuidado:
“Los españoles que fueron con Barrionuevo nos
certificaron que don Enrique les había dicho que holgaría de comunicarse más
con el capitán y con ellos, y que conviniera que no se viniera tan presto,
porque quedase más asentada y afijada la paz, y que de no haberse quedado con
él algunos días, el don Enrique quedaba sospechoso; y para sanear esta duda nos
enviaba su indio; y lo mismo nos han dicho algunos vecinos de la Isla, porque
casi de este mismo tenor fué la paz que con él concertó en días pasados el
capitán Hernando de San Miguel, que por no venirse a ver y estar con él, no
hubo efecto; y porque no sucediera agora en esto lo que en lo pasado, juntamos
en esta Real Audiencia al Obispo de Venezuela y a los Oficiales y regidores y
vecinos más principales, y después de haber platicado en ello, a todos pareció
que para asentar y confirmar esta paz, pues tan sospechosa quedaba, era
menester más comunicarse con Enrique, y lo mismo pareció al capitán, el cual no
fuera inconveniente que volviera allá; y para ello se acordó que fuese allá un
Pedro Romero, vecino de esta Isla que ha traído a su cargo mucho tiempo una
cuadrilla de españoles, porque a todos nos pareció que lo haría bien, además de
haberse hallado junto con Barrionuevo y que mostró confiarse de él porque lo
conocía de tiempos pasados; el cual enviamos por la mar y con él al indio que
nos envió don Enrique, y a un Martín Alonso, lengua de esta Isla, y otros dos
indios principales. Con él le enviamos de vestir para su persona y de su mujer
y para sus capitànes e indios principales, e imágenes y una campana para su
iglesia, porque esto fué lo que pidió a Barrionuevo. Y asimismo le enviamos algunas
herramientas de azadas, hachas y vino y bizcocho y otras cosas de los
mantenimientos de Castilla, que todo costó ciento y veinte pesos, porque así
convino para asegurarlo, porque los indios naturales son sospechosos y de poca
constancia.
Después de escrita esta carta hacía cuatro días que al
pié de una sierra en cierta parte fragosa, dos leguas de la villa de Azua,
había venido el dicho cacique don Enrique con cinco indios armados, y que les
había venido a decir con un capitán suyo que venía a ver a los alcaldes de
aquella villa, y a saber si era cierto lo de las paces, que fuesen allá que les
quería hablar, y así lo hicieron, que ellos y ciertos vecinos de esta ciudad
que aquella sazón allí se hallaron, entre los cuales estaba Francisco Dávila,
que fueron hasta treinta y cinco de caballo, fueron a donde el dicho don
Enrique estaba, y le hallaron metido en un monte a él y a su gente, y lo
abrazaron y hablaron muy bien y lo asosegaron todo lo más que pudieron, porque
les pareció que estaba muy temeroso, y le certificaron que las paces eran
verdaderas y que nosotros las habíamos hecho pregonar. Además, le dijeron que
hacía cuatro días que se habían partido del puerto de Azua el barco en que iba
Pedro Romero y su indio y le dijeron de todo lo que allí se le enviaba, con lo
cual, dicen, que mostró mucho contentamiento; y allí estuvieron con él, etc., y
se fueron (los indios) para alcanzar el barco, de manera que cada día nos vamos
más satisfaciendo de la paz que creemos que muy en breve lo traeremos a tierra
llana.
Dícennos que cuando Barrionuevo estuvo con él, y agora
cuando se vido con los de Azua, aunque muchas veces le han convidado a comer,
no ha querido comer ni beber cosa ninguna, y sus indios han comido y bebido de
todo lo que les han dado los españoles; de que nos parece está sospechoso, y
porque conviene todavía andarle asegurando todo lo que pudiéremos hasta que del
todo conozca la merced que V.M. le ha hecho. Zuazo, Infante y Badillo, en Santo
Domingo 1º de septiembre de 1533 (Archivo General de Indias, Santo Domingo,
Legajo 49, Ministerio de Cultura y Deportes de
España.http://pares.mcu.es/ParesBusquedas20/catalogo/find?idAut=94240&archivo=10&tipoAsocAut=1&nomAut=Isla+de+Santo+Domingo+%28Rep%C3%BAblica+Dominicana+y+Hait%C3%AD%29).
E1 capitán Francisco de Barrionuevo, ni corto ni
perezoso, en carta que envió a Su Majestad el 26 de agosto de 1533, a los diez
días de despachado Pedro Romero, procedió a explicar su conducta, poniendo el
defecto de su misión no en sí mismo sino en el cacique Enriquillo, con quien
había sostenido el efímero encuentro para el logro de la paz.
El enviado Pedro Romero estuvo ocho días con
Enriquillo, al cual le aseguró una y mil veces que la paz era cierta de parte
de españoles y el perdón real tan efectivo como en su letra constaba. Asimismo,
los regalos fueron tan bien dados como bien recibidos, con lo cual el cacique
depuso su temor y recelos. Lo que no hizo con el capitán Barrionuevo,
Enriquillo lo hizo con el enviado Pedro Romero, al proceder a entregarle una
carta para el rey de España, agradeciendo a S. M. el perdón que tan
piadosamente le había concedido.
La carta que le escribió el cacique Enriquillo a Su
Majestad Carlos I de España y Carlos V de Alemania, fechada el 5 de junio de
1534, dice así:
C. C. M.
– con francisco de barrionuevo governador de la tierra
firme recebi vna Real cedula de vuestra magestad por la qual y por las crecidas
mercedes que por ella vuestra magestad me manda hazer beso los ynperiales pies
y manos de vuestra magestad luego que vi su Real mandado con la obidiencia
devida y como su menor vasallo la obedeci y puse en efecto y asi todos los
yndios de my tierra y yo nas benymos a los pueblos de los españoles y despues
de yo aver ydo asegurar algunos cimarrones que andavan por las otras partes de
esta ysla vine a esta cibdad a consultar con e1 presidente y oydores algunas
cosas que a seruicio de vuestra magestad convenya para en paz y sosiego de la
tierra y en ellos y en todus los demas españoles he hallado mucha voluntad y
asi yo me parto para procurar de (roto).
. . der y desarraygar algunos otros yndios que andan
syn venir a vuestro Real seruicio en el qual me ocupare todos los dias de my
vida a toda my posibilidad. a vuestra magestad suplico que en el número de sus
seruidores y vasallos sea yo contado por vno dellos. y por qué yo he comunicado
con el padre vicario prouincial de nuestra señora de la merced frey francisco
de bobadilla al qual de my yntencion y cbras hara relacion a vuestra magestad
suplico cerca dello le mande dar abdiencia nuestro señor la sacra catolica real
magestad con acrecentamiento de mayores reynos y señorios prospere y abmente
como su ynperial corazon desea de santo domingo Vi de junio de IUDXXXIIII años.
de vuestra . . . (roto) vmilde seruidor y menor
vasallo que sus ynperiales…. (roto) y manos besa” (Revista Clío. Número 114.
Enero-junio 1959:15-16).
En esta carta de Enriquillo al emperador Carlos I de
España y Calos V de Alemania se evidenciaba claramente una actitud de sumisión
y subordinación del cacique a Su Majestad, al tiempo de comprometerse a
integrar a todos los indios de su tierra para que vinieran a vivir a los
pueblos españoles, al tiempo de convencer a los indios cimarrones que andaban
descarriados a venir a su Real servicio, de lo cual se ocuparía todos los días
de su vida.
De igual manera, hizo votos por el mantenimiento de la
paz y el sosiego de la isla La Española, para lo cual se apersonó al presidente
y demás miembros de la Real Audiencia, destacando que había sido acogido con
muy buena voluntad por todos los españoles, lo que le llevó a prometerle a Su
Majestad que se partiría el lomo para corresponderle siempre.
También se comprometió a comunicarse con el padre
vicario provincial de la Parroquia Nuestra Señora de la Merced de Azua, Fray
Francisco de Bobadilla, al cual le mostró su intención y las obras que haría
con relación a Su Majestad, suplicándole que el señor escuche sus ruegos de que
la sagrada real majestad católica tenga el acrecentamiento de mayores reinos y
señoríos prósperos y aumente como su corazón imperial lo que desea ocurra con
Santo Domingo.
Los resultados tangibles obtenidos por el cacique
Enriquillo y los indios que le acompañaban fueron la obtención de las tierras que
estaban en los alrededores del lago Comendador, que luego pasó a denominarse
lago Enriquillo, la construcción en el lugar de una comunidad indígena que le
sobrevivió varios años después de su muerte, la obtención de aperos de labranza
para cultivar la tierra y el ejercicio de una autonomía relativa en el gobierno
local con respecto al gobierno central colonial.
No obstante, tuvo que someterse a la máxima autoridad
de la corona española en la persona del emperador Carlos I de España y Carlos V
de Alemania, al tiempo de comprometerse a colaborar con las autoridades
coloniales en la pacificación de la sierra del Bahoruco, a través de la entrega
de los indios y negros cimarrones o rebeldes a sus antiguos dueños encomenderos
a cambio de una paga en dinero, lo que desnaturalizó y desmeritó totalmente el
sentido de su lucha en favor de la justicia, de la libertad y la dignidad de su
raza.
En la parte posterior de la carta que envió Enriquillo
a Su Majestad, se hizo acuse de recibo de esta, con las siguientes palabras:
“ysla española. a su magestad vista 1534 de don enrrique yndio. respondida.
respondase el proceso y que syenpre avise. 6 fr junio. A la sacra cessarea
catolica magisted el emperador y Rey nuestro señor” (Revista Clío. Número 114.
Enero-junio 1959:16).
Así quedó reparada la prisa con que actuó el capitán
Francisco de Barrionuevo y su corta percepción de la responsabilidad de su
cometido. Enriquillo más tarde viajó a Santo Domingo, vestido de seda y con
porte gentil de indio españolizado, donde manifestó querer radicarse o
avecindarse en Azua, mientras que el pueblo definitivo de sus indios se levantó
al pie del Bahoruco, cerca del lago que en la actualidad lleva su nombre.
Enriquillo no sobrevivió mucho.
El 27 de septiembre de 1535, moría el Cacique y el
Escribano de la Audiencia, Diego Caballero, le daba la noticia al Emperador
Carlos I de España y Carlos V de Alemania:
“El Cacique Don Enrrique, falleció. Murió como buen
cristiano, habiendo recibido los sacramentos y se hizo traer a enterrar a un pueblo
de esta isla que se dize la villa de Acua. Hizo testamento y mandó que su mujer
Doña Mencía y un primo suyo que se dezía el Capitán Martín de Alfaro, fuessen
caciques en su lugar” (Revista Clío. Número 114. Enero-junio 1959:15-16).
Como se pudo leer, el cacique Enriquillo en su
testamento ordenó que su cuerpo fuese sepultado en la iglesia parroquial
Nuestra Señora de las Mercedes de la provincia de Azua, al tiempo de disponer
que su esposa Doña Mencía y su primo, el capitán Martín Alfaro, fuesen los
caciques que en lo adelante ocupasen el lugar suyo.
Las circunstancias que posibilitaron el acuerdo de paz
entre Enriquillo y el capitán español Francisco de Barrionuevo, solidificado
con la intermediación del enviado Pedro Romero, fueron múltiples, entre las
cuales podrían mencionarse el colapso de la explotación aurífera y el sistema
de encomiendas de aborígenes en la isla La Española, el exterminio casi total
del grupo étnico de los taínos, el auge de la industria azucarera, el aumento
extraordinario de la de la población esclava de origen africano y el incremento
cada vez mayor de las rebeliones de los esclavos de origen africano. Asimismo,
la decadencia económica de la colonia como consecuencia de los procesos de
exploraciones y conquistas en Tierra Firme o la América continental, la que
atraía a la mayor parte de los españoles codiciosos y aventureros, deseosos de
hacer fortunas, sin que le importasen los resultados de su acción.
Pero sobre todo, la necesidad que tenía la corona
española, representada por emperador Carlos I de España y V de Alemania y la
emperatriz Isabel de Portugal de crear un clima de tranquilidad y estabilidad
en la colonia de Santo Domingo para garantizar el aumento de sus riquezas, a
propósito del nuevo rubro económico de la caña de azúcar que los frailes
jerónimos contribuyeron a desarrollar al otorgar múltiples facilidades a los
funcionarios coloniales e inversionistas españoles residentes en la isla La
Española.
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