Tras dos semanas de cierre parcial
de la Administración estadounidense, los problemas y las quejas de los
ciudadanos se acumulan
YOLANDA MONGE
Washington 6 ENE 2019.- Cada día que los parques nacionales de Estados
Unidos están cerrados se pierden alrededor de 400.000 dólares por entradas que
no se cobran. No hay rangers que controlen la entrada. Como no existe quien
limpie los baños, las zonas de descanso de estos monumentos de la naturaleza
han quedado clausuradas por seguridad sanitaria. Este domingo el cierre parcial
de la Administración de Estados Unidos ha superado las dos semanas de duración,
convirtiéndose en uno de los más largos de la historia.
Traducido en números, el conocido como shutdown (cierre) afecta a un cuarto
de los trabajadores gubernamentales (sobre unos dos millones de personas,
excluidos los empleados de correos). Desde mediados de los setenta han existido
19 cierres de Gobierno. El más largo, 21 días, concluyó en 1996 bajo el mandato
de Bill Clinton. Durante la Administración de Barack Obama, el Gobierno estuvo
cerrado 16 días por un pulso feroz con los republicanos por la reforma
sanitaria. Desde que Donald Trump asumiera el poder en enero de 2017 se han
producido ya tres cierres de Gobierno. Sobre este último, el mandatario amenazó
el pasado viernes con mantenerlo “durante meses o incluso años”.
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El actual cierre no ha dejado sin tarjetas de navidad a los residentes en
Estados Unidos ya que los fondos para financiar el servicio postal estaban
garantizados. Así mismo estaban aseguradas las partidas económicas para
Defensa. No las de la NASA, que mantiene trabajando al personal mínimo para
“prevenir una amenaza inminente contra la vida humana”.
Sin embargo, el departamento que se encarga de la Seguridad Nacional,
controlando fronteras e inmigración, se ha visto afectado. De los 245.000
empleados que tiene, más de 213.000 han sido declarados “esenciales” y no
pueden abandonar sus puestos de trabajo, según informa Reuters. Eso significa
que estas navidades agentes de aduanas con empleo pero sin sueldo han controlado
a más de dos millones de personas que viajaban por vacaciones. Según informaba
el viernes la cadena CNN, cientos de agentes de la conocida como TSA
(Transportation Security Administration, siglas en inglés) están declarándose
enfermos para no ir a trabajar, ya que no están dispuestos a trabajar ni un día
más sin cobrar.
En Washington, con las fiestas navideñas ya dadas por concluidas, son
muchos los turistas que se manifiestan frustrados a la entrada de los museos
cerrados. Ser turista es casi siempre una profesión de riesgo. Se pasea haga
frío o calor. Intentar retratarse en la escalinata que conduce al monumento a
Abraham Lincoln cuando cientos de personas luchan por el mismo ángulo para la
foto perfecta puede ser un trance peligroso, sobre todo cuando hay palos selfie
de por medio. Plasmar una instantánea con la Casa Blanca al fondo cuando lo que
hay es una cortina de agua en forma de lluvia es nivel de contingencia alto.
Pero en las pasadas dos semanas, a la incomodidad que suele acarrear conocer lugares
en tiempo de masificación turística se ha sumado el tristemente famoso
shutdown.
“Venimos de Nebraska con nuestros nietos y no hemos podido ver ningún museo
ni los osos panda del zoo”, se queja Nellie Sullivan en los alrededores de la
Casa Blanca mientras espera turno para comprar un perrito caliente. Junto a un
banco esperan los tres niños, de entre ocho y 13 años. A su lado, una papelera
rebosante de basura. Una imagen nada común en las zonas turísticas de la
capital de la nación.
Y sin embargo, cuando el cierre parcial de Gobierno va a entrar en su
tercera semana y no hay visos de acuerdo cercano para levantarlo, la basura
convive con los turistas. Tan solo en los márgenes del largo estanque que yace
a las escalinatas del monumento a Lincoln las papeleras están vacías. Un grupo
de voluntarios sin cabeza visible ni nombre se encargan de mantener la zona
libre de desperdicios. Decenas de personas hacen fila para utilizar los baños
portátiles cercanos al monumento a los caídos en la Guerra de Corea. La mayoría
se dan la vuelta sin usarlos cuando les toca su turno y abren la puerta. Joseph
Berger, 55 años, está indignado. “Es una vergüenza, esta es la imagen que damos
a nuestros ciudadanos. Hay gente que solo viene a Washington una vez en la vida
…”
Tampoco están felices quienes con el año nuevo tomaron la decisión de
casarse. Excepto las licencias matrimoniales que ya estaban emitidas, no se
celebran bodas en los juzgados ni se tramitan nuevas licencias. “No hay
derecho”, declara frustrada Jannine Coley-King. “Mi prometida y yo planeábamos
casarnos el 14 de febrero pero no sabemos cuándo podremos hacerlo”. Si se
atienen a las declaraciones del mandatario: meses o años.
NI UN CENTAVO PARA PAGAR LAS
FACTURAS
YOLANDA MONGE
El impacto para los funcionarios de Estados Unidos del cierre parcial del
Gobierno es brutal. Se esté en la categoría de trabajador sin sueldo o de
permiso en casa, lo cierto es que más de medio millón de personas no cuenta con
el cheque al que tienen derecho para pagar sus facturas o comprar los alimentos
básicos. Sara McLeod, consultora para la Guardia Costera, tiene sus gastos
medidos al milímetro y el colchón económico con el que cuenta se comienza a
desinflar la semana que viene. “Es así de simple, si no cobro, no como”. McLeod
vive sola (de ella solo depende un gato) pero muestra su angustia ante un
futuro incierto, por mucho que su casero sea amable y le garantice que es
consciente de la situación y que “ya pasará”. “¿Hasta cuando será comprensivo?”,
se pregunta. Por el momento, no hay respuesta.

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