ABC.ES/ITZIAR REYERO
/ BILBAO
Día 04/01/2014 -
13.50h
El casero entró hace
ocho meses en la casa con la Policía judicial a reparar unas goteras, pero la
creyeron vacía. El cadáver fue descubierto el viernes por unos peritos y la
policía judicial
En tres años a nadie le dolió su ausencia. Solo la tímida
intentona del casero por ordenar las cuentas de la comunidad. El timbre la
llamó entonces, aunque en vano. En el barrio se pensaba que «se había ido al
asilo». Pero lo que nadie nunca imaginó es que la vecina del primero,
«Soledad», ¿o tal vez se llamaría «Olvido»?, había muerto en 2011 y esperaba en
su cama a que alguien viniera a buscarla. Han tenido que pasar tres calendarios
completos para que la Ertzaintza encontrara el pasado viernes su cuerpo,
momificado. En su cocina, el suyo decía «abril de 2011». También las recetas
del médico y los yogures en la nevera certificaban que se fue esa primavera.
«Por causas naturales», dice la autopsia que se le practicó. Pero lo cierto es
que la protagonista de esta triste crónica sí fue víctima de una enfermedad,
creciente en nuestro tiempo: la del mudo desarraigo que, como un velo
invisible, cubrió en vida a esta mujer, española de 65 años, y se la llevó
silente.
Un cuerpo
«momificado»
Dos arquitectos que el viernes 27 de diciembre hacían un
peritaje rutinario del inmueble situado en el número 25 de la calle Bilbao la
Vieja, en la capital vizcaína, se quedaron «desencajados» al hallar el cuerpo
de la víctima. Yacía en la cama, boca arriba y «momificado», según confirmaron
a ABC fuentes policiales. Fue un vecino quien avisó a la Ertzaintza y quien hubo
de atender en primera instancia a los arquitectos que se encontraban es estado
de colapso.
Acudieron varios agentes, el forense y la Policía
judicial, pero ni siquiera ayer, una semana después, en las tabernas que
pueblan la acera se habían enterado de nada. Nadie vio nada. «¡Buf! Eso lleva
cerrado hace años», soltó un residente del edificio de enfrente, que se fue sin
saber. En el balcón de la mujer fallecida, solo una bombona de butano olvidada.
Las cortinas corridas, las persianas, sin bajar. Acodados en sus respectivos
ventanales, otros vecinos del edificio de enfrente, que dan justo a la casa,
huían de la periodista, seguramente también lo ignoraban todo.
«Si no tiene
herederos, que me den el piso»
Dentro del domicilio de la víctima de soledad, la humedad
conservaba el cadáver, que no presentaba signo alguno de violencia ni
desprendía mal olor después de tanto tiempo. «La Ertzaintza nos dijo que solo
huelen en los tres primeros meses», comentó el joven que dio la llamada de
alerta y que se acaba de mudar al edificio. Tampoco en eso molestó la vecina
del primero, que había comprado su pequeña casa «hacía unos veintitrés años»,
según la dueña de la peluquería situada justo en frente del portal. «Yo viví en
ese piso, mis ‘aitas’ se lo vendieron. La Policía nos llamó hace unos días,
pero no sabemos nada. Nos dijeron que no tiene descendencia», relata a las
puertas de su negocio. «Pues si no tiene herederos, que me den a mí el piso»,
decía esta chica del barrio, con algo de ironía seca y ninguna aflicción.
«Solo sé que al mudarme aquí me comentaron que era una
familia peculiar y que si la veía, avisara», decía una voz femenina al otro
lado del telefonillo. La comunidad de propietarios le reclamaba las cuotas
atrasadas desde hacía año y medio. Según los vecinos, se intentó localizar a la
señora y a un supuesto hijo que en realidad nadie conoce.
La nota rocambolesca de esta amarga historia ocurrida en
el centro de Bilbao añade que hace ocho meses, es decir, dos primaveras después
de su muerte, la policía judicial entró en la casa. Habían sido avisados por el
administrador de la finca, que pedía acceder a la vivienda porque unas goteras
afectaban a la taberna «Itxurra», ubicada justo debajo. Entraron a arreglar la
fuga en la cocina. Creyeron que la casa estaba vacía. Entonces tampoco nadie se
percató de nada.
Un cartel de la policía judicial informando sobre que se
había procedido a entrar en la vivienda al no estar «localizable» el
propietario y por imperiosa necesidad de arreglar los desperfectos de las
goteras colgaba en la puerta. Se había cambiado la cerradura. El casero guardó
las llaves por si se producía otra incidencia. Eso permitió que los arquitectos
entraran el viernes. «Nos llamó la atención porque sí que parecía que vivía
alguien. Estaban las gafas, la lista de la compra, la medicación…», aseguró el
nuevo vecino. Vio lo que el resto no supo ver.
No hay comentarios:
Publicar un comentario