Edwin Guzmán García: A propósito de mis 47 años.

jueves, 12 de diciembre de 2013

Publicado por prensalibrenagua.blogspot.com

Lo escribió en su muro de facebook
Cuando Ania me hizo caso y hasta se atrevió a contraer matrimonio conmigo (1992), dejando todo en Santiago para hacerse cómplice de mis aventuras sociales en San José de Ocoa, supe que la vida me iba a ser una hermosa fuente de felicidad. No sabía que me esperaban felicidades mayores, como las de ver nacer y crecer a Ixim, a Chantal y a Itzel. Yo que disfruto tanto de mis recuerdos de infancia, de aquellos días en Mata Bonita, o en Los Indios de El Factor, o cuando nuestros padres solían llevarnos a las playas de Nagua, no me imaginaba que la vida podía revelarse con satisfacciones mayores. Creo que a mis 47 años, nada ha sido más gratificante que tener los mejores padres del mundo, tener la compañía de Ania en mi vida y tener los hijos que tenemos.
Estos sueños de felicidad no se forjan sin el trabajo. Una vez le contaba a mis padres, que lo más grande para mi vida y la de mis hermanos, no sólo fue el esfuerzo con que nuestros padres nos enviaron a la universidad y nos legaron la formación académica básica para vivir, sino, el espíritu de servicio y la educación para el trabajo con que fuimos forjados. Aprender desde niño la dignidad del trabajo es la mejor herencia que tengo de mis padres, ojalá sea la de mis hijos, que crecen hoy en otro ámbito social. Es el trabajo que también me ha ido legando a los mejores amigos y amigas, que son pocos, pero eternos.

No recuerdo bien cuándo y cómo fui adquiriendo el hábito de la lectura (que no siempre lo tuve) aunque mi madre es una asidua lectora. Mi padre es más predicador que lector. De una gran amiga aprendí a conocer música distinta a la romántica, que también me gustaba mucho en la adolescencia (José José, José Luis Perales, etc.). Esa afición por la música de nueva trova que persiste, se me fue ampliando hacia otros géneros.
Cuando mi padre (1987) en una visita sorpresa a mi habitación de estudiante universitario en San Pedro de Macorís, desprendió de las paredes unos afiches que le resultaron extraños, entendí que la guerra fría nos había colocado a cada uno en su trinchera. Uno de los afiches decía “Libertad para Nelson Mandela”, otro decía “Fuera el racismo de Sudáfrica”, uno más tenía la foto del Ché Guevara, en fin. Mis padres que me motivaron a estudiar y a leer, no se habían dado cuenta que mis primeros libros de lectura en casa, fueron los revolucionarios documentos del Concilio Vaticano II, los documentos críticos de la sociedad productora de desigualdad contenidos en el documento de Puebla y todo libro o folleto de la Pastoral Social de la iglesia, en aquellos tiempos en que la Promoción Humana era piedra angular de la iglesia católica. Esa evangelización liberadora y la fe en un Dios de justicia es un regalo de mis padres, que llevo conmigo a todas partes.

En 47 años aprendí todo lo que me fue posible. Cada vez me doy cuenta que “solo sé que no sé nada”. Me siento a media vida, con demasiado por vivir y aprender. Con “un ojo en el cielo y otro en la tierra”.

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