Lo escribió en su
muro de facebook
Cuando Ania me hizo caso y hasta se atrevió a contraer
matrimonio conmigo (1992), dejando todo en Santiago para hacerse cómplice de
mis aventuras sociales en San José de Ocoa, supe que la vida me iba a ser una
hermosa fuente de felicidad. No sabía que me esperaban felicidades mayores,
como las de ver nacer y crecer a Ixim, a Chantal y a Itzel. Yo que disfruto
tanto de mis recuerdos de infancia, de aquellos días en Mata Bonita, o en Los
Indios de El Factor, o cuando nuestros padres solían llevarnos a las playas de
Nagua, no me imaginaba que la vida podía revelarse con satisfacciones mayores.
Creo que a mis 47 años, nada ha sido más gratificante que tener los mejores
padres del mundo, tener la compañía de Ania en mi vida y tener los hijos que
tenemos.
Estos sueños de felicidad no se forjan sin el trabajo. Una
vez le contaba a mis padres, que lo más grande para mi vida y la de mis
hermanos, no sólo fue el esfuerzo con que nuestros padres nos enviaron a la
universidad y nos legaron la formación académica básica para vivir, sino, el
espíritu de servicio y la educación para el trabajo con que fuimos forjados.
Aprender desde niño la dignidad del trabajo es la mejor herencia que tengo de
mis padres, ojalá sea la de mis hijos, que crecen hoy en otro ámbito social. Es
el trabajo que también me ha ido legando a los mejores amigos y amigas, que son
pocos, pero eternos.
No recuerdo bien cuándo y cómo fui adquiriendo el hábito
de la lectura (que no siempre lo tuve) aunque mi madre es una asidua lectora.
Mi padre es más predicador que lector. De una gran amiga aprendí a conocer
música distinta a la romántica, que también me gustaba mucho en la adolescencia
(José José, José Luis Perales, etc.). Esa afición por la música de nueva trova
que persiste, se me fue ampliando hacia otros géneros.
Cuando mi padre (1987) en una visita sorpresa a mi
habitación de estudiante universitario en San Pedro de Macorís, desprendió de
las paredes unos afiches que le resultaron extraños, entendí que la guerra fría
nos había colocado a cada uno en su trinchera. Uno de los afiches decía
“Libertad para Nelson Mandela”, otro decía “Fuera el racismo de Sudáfrica”, uno
más tenía la foto del Ché Guevara, en fin. Mis padres que me motivaron a
estudiar y a leer, no se habían dado cuenta que mis primeros libros de lectura
en casa, fueron los revolucionarios documentos del Concilio Vaticano II, los
documentos críticos de la sociedad productora de desigualdad contenidos en el
documento de Puebla y todo libro o folleto de la Pastoral Social de la iglesia,
en aquellos tiempos en que la Promoción Humana era piedra angular de la iglesia
católica. Esa evangelización liberadora y la fe en un Dios de justicia es un
regalo de mis padres, que llevo conmigo a todas partes.
En 47 años aprendí todo lo que me fue posible. Cada vez me
doy cuenta que “solo sé que no sé nada”. Me siento a media vida, con demasiado
por vivir y aprender. Con “un ojo en el cielo y otro en la tierra”.


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