¿Y los límites de la razón?
Aquí tocamos un tema interesante. En cierto sentido, la
razón no tiene límites, en otro sentido, sí los tiene.
Por ejemplo. Para un cristiano, el misterio de la
Santísima Trinidad no es demostrable por la razón, ni tampoco plenamente
comprensible para la razón. Es por la fe en la Palabra de Dios que el cristiano
cree en la Trinidad.
Sin embargo, el cristiano comprende perfectamente que si
en Dios hay tres Personas, entonces no hay solamente dos.
Esto quiere decir que hasta los territorios a los que
nuestra razón no puede llegar están regidos por la razón.
No es algo tan extraño después de todo: los recónditos
secretos de la naturaleza cuyas leyes sólo la investigación científica más
reciente ha podido sacar a la luz se regían por esas leyes mucho antes de que
hubiese seres humanos sobre el planeta.
La razón es anterior a nuestra razón.
Por eso, nuestra razón tiene límites, la razón no tiene
límites.
Hasta el partidario más radical de la interpretación de
Copenhague de los fenómenos cuánticos confía en que es posible una teoría
científica correcta al respecto. O sea, confía en que la realidad es racional,
antes de que llegue nuestra razón. Nadie ha dejado la física y se ha dedicado a
la astrología por culpa del "principio de incertidumbre". Y el astrólogo
también cree que la realidad es racional. Sólo que su método, el del astrólogo,
no lo es.
Hegel logró cosechar un gran caudal de desprestigio entre
nuestros contemporáneos por haber dicho que "todo lo real es racional y
todo lo racional es real".
Nosotros no suscribimos la segunda parte. Y en cuanto a la
primera, distinguimos: respecto de la razón: cierto. Respecto de nuestra razón:
falso.
Si por último alguien se pregunta cómo nuestra razón puede
ser distinta de la razón, entonces la única respuesta coherente es la del
teísmo: nuestra razón, del mismo modo que las leyes que rigen la naturaleza
antes e independientemente de nuestra razón, son una participación, solamente,
de la Razón divina.
La Razón divina (en realidad, la Inteligencia divina, porque
Dios no razona ), no es algo distinto de Dios mismo. Por eso, no es que Dios
esté sujeto a la Razón, a no ser en el sentido de que Él coincide plena,
inmutable, y eternamente, consigo mismo.
No queremos terminar una exposición como ésta sin citar el
cuento "La cruz azul" del gran maestro G.K. Chesterton.
Se trata, por supuesto, del Padre Brown. En este cuento se
narra su primer encuentro con el gran ladrón internacional Flambeau, que se ha
disfrazado de sacerdote para poder robar una valiosa cruz enjoyada que Brown
traslada hacia la sede de un Congreso Eucarístico en Londres. Brown se da
cuenta, y se las arregla para que los
siga y encuentre Aristide Valentin, el gran inspector de policía francés que
vino a Inglaterra a buscar a Flambeau. En el
diálogo final, en un lugar apartado y agreste, con Brown y Flambeau
sentados sobre un tronco, y Valentin y sus gendarmes agazapados detrás de unos
arbustos, Flambeau, que ignora la presencia de los detectives, así como la
lucidez de Brown, intenta desplegar, de acuerdo con su "pose"
sacerdotal, el siguiente discurso "teológico":
"Ah, sí, estos infieles modernos apelan a su razón,
pero: ¿quién puede mirar a esos millones de mundos y no sentir que puede muy
bien haber maravillosos universos allá arriba en los cuales la razón sea
completamente irrazonable?
"No", dijo el otro sacerdote, "la razón
siempre es razonable, aún en el último limbo, en la perdida frontera de las
cosas. Sé que la gente acusa a la Iglesia de menospreciar la razón, pero es
exactamente lo contrario. Solo la Iglesia en la tierra hace a la razón
realmente suprema. Sólo la Iglesia en la tierra afirma que Dios mismo está
ligado por la razón. "
El otro sacerdote elevó su austero rostro hacia el cielo
estrellado y dijo:
"Sin embargo, quién sabe si en ese infinitio
universo..."
"Sólo infinito físicamente", dijo el pequeño
sacerdote, volviéndose repentinamente en su asiento, "no infinito en el
sentido de escapar a las leyes de la verdad" (...) "La razón y la
justicia alcanzan la más remota y
solitaria estrella. Mire a esas estrellas. ¿No parecen como si fueran meros
diamantes o zafiros? Bien, Ud. puede imaginar cualquier loca botánica o
zoología que le agrade. Piense en selvas de diamante con hojas de brillantes.
Piense que la luna es una luna azul, un solo y elefantino zafiro. Pero no
piense que toda esa frenética astronomía haría la más pequeña diferencia en lo
que tiene que ver con la razón y justicia de la conducta. Sobre llanuras de
ópalo, bajo barrancos de perla, todavía encontraría este aviso: "No
robarás"."
Y cuando finalmente Brown ha revelado a los ojos de un
azorado Flambeau tanto su plena conciencia de la situación como el dominio que
tiene de la misma, y la presencia de los detectives, así como otras cosas que
dejamos a la curiosidad del lector, termina diciéndole esto:
"Pero en realidad, otra parte de mi oficio, también,
me dio la seguridad de que Ud. no era un sacerdote."
"¿Qué?" preguntó el ladrón, casi boquiabierto.
"Usted atacó a la razón," dijo el Padre Brown.
"Es mala teología".
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